domingo, 29 de septiembre de 2013

"OLOR A OVEJAS"

"En torno a la ordenación presbiteral de mi hijo Paco"

A los que efusivamente le felicitaban, sobre todo jóvenes, a quienes mi hijo Paco acompaña en el proceso de maduración de la fe y que con insistencia se dirigían a él: “Paco, hoy es tu día”, mi hijo les remitía al único protagonista: el Padre que regala la gracia de la vocación.
El pasado 28 de septiembre en Sevilla, Parroquia “Sagrados Corazones”, mi hijo recibió la ordenación presbiteral, mediante la imposición de manos, de don Santiago Gómez Sierra, obispo auxiliar de la archidiócesis hispalense.
Aun con la salvedad con que he iniciado estas líneas, me atrevo a declarar que, si  ha habido un instante en el que, como padre, me he sentido, en cierto modo protagonista, durante la ordenación presbiteral de mi hijo ha sido en la presentación de la patena y el cáliz. Y ello no porque en la ritual procesión hacia el altar pudiera concentrar la atención de los participantes en la celebración, sino por el significado que el gesto litúrgico adquiría en aquel momento para mí.
Ofrecer la patena y el cáliz es poner en manos del neopresbítero los objetos sagrados en los que se hacen presentes el Cuerpo y Sangre del Señor.
Dos reflexiones afloraron a mi mente en tan breve recorrido.
Mi hijo Paco, por primera vez, evocaría sobre el Pan y el Vino el memorial de la Cena del Señor: “Este es mi Cuerpo (…), esta es mi Sangre…”, pero ello implica el compromiso firme de servicio a los hermanos: “Tomad aquello que sois, Cuerpo de Cristo; sed aquello que tomáis, Cuerpo de Cristo (San Agustín).
¡Qué enorme responsabilidad! Por eso he rezado mucho, he rogado al Padre que otorgue fortaleza a mi hijo para que no le defraude nunca, como tampoco a aquellos a quienes, como presbítero, ha de atender y servir.
“Sed aquello que tomáis” es despojarse de uno mismo, a imitación de Aquel que tomó la condición de esclavo (Filp 2, 6-7) y hacerse uno, con quienes está llamado a ser servidor. En palabras del Papa Francisco, tan reiteradamente comentadas, “ir a las periferias existenciales”.
“Sed aquello que tomáis” es revelarse tan diáfano y transparente que cuando enfocamos la mirada hacia el presbítero hallamos la imagen de Cristo.
“Sed aquello que tomáis” es asumir plenamente el testimonio de Pablo: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo” (1Cor 12, 27) y, por consiguiente, descubrir en cada hermano el Cristo de la fe: “lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).
“Sed aquello que tomáis” es adentrarse como pastor en medio del rebaño, acogiendo con pasión afectuosa cada una de las ovejas del redil. “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-19) es la cita elegida en la invitación a la ordenación sacerdotal, perteneciente al evangelio leído durante la celebración. “Olor a ovejas”, reclama el Papa Francisco de todos los pastores y ha recordado mi hijo en las palabras de agradecimiento al finalizar la Eucaristía.
Fortaleza, servicio, transparencia, coherencia, actitud que evite la distorsión entre la Palabra proclamada,  Cuerpo y Sangre en la Eucaristía, y la Palabra vivida.
La segunda reflexión expresa, de algún modo, los sentimientos que me embargaban en aquellos momentos.
La única ofrenda es el Hijo que el Padre ha entregado por nuestra salvación.
Pero en lo más profundo de mi desgastado corazón yo tenía la sensación paternal de que lo que presentaba, aquello de lo que me desprendía, alegóricamente, como Abrahán (Gen 22, 1-19) y ponía en las manos del Padre era mi propio hijo Paco.
No quiero ser presuntuoso al evocar la figura del Padre de los creyentes. La fe de Abrahán es un estímulo y una meta de la que me considero muy alejado.
Sin embargo durante aquellos pasos que me acercaban al altar tuve ocasión de rememorar, como  un destello instantáneo, todas las experiencias vividas, años y años: infancia, adolescencia, juventud, madurez, de una relación única y entrañable paternofilial.
Y yo deducía, invocando mis propias vivencias, cómo el Señor va guiando nuestros pasos, abriendo caminos, cuando, a veces, nos perdemos en la oscuridad y parece que ha desaparecido el horizonte.
Sé que la consagración sacerdotal y absoluta entrega al ministerio nunca cercenan disponibilidades y afectos enraizados en el ámbito familiar, aunque siempre podamos sentir la lejanía física; al contrario, ensanchan el corazón, multiplican la ternura y el cariño, de modo que en el reparto, todos saciados, llegamos a recoger “doce cestos llenos de sobras” (Mt 14, 20).
Doy gracias a Dios en mi nombre, en el de mi mujer y resto de la familia porque el Señor ha dirigido su mirada y sorprendente y gratuitamente ha posado sus ojos sobre mi hijo. ¡Que, en todo momento, el mismo Espíritu del Señor que vino sobre David (1Sam 16, 13) esté sobre mi hijo Paco desde “aquel día en adelante”!

Salvador Egea Solórzano

domingo, 15 de septiembre de 2013

VUELAN

Vuelan las horas, vuelan los días…, los acontecimientos se precipitan en vorágine permanente. Lo dejó sentenciado el poeta: “Nuestras vidas son los ríos…” Así han ido cayendo las hojas del calendario durante este verano que termina, preludio e imagen de un otoño en el que se desnudan las higueras de mi pequeña parcela.
En la antesala del estío, el 19 de junio, me adentré en la década de los 70. Recordé la sapiencia del salmista: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan” (s. 90,10).
Sentado, cobijado en el porche, percibiendo la atmósfera relajante del atardecer, cuando la calima cede paso al crepúsculo, presidido por la luna, los sentidos se abren a múltiples sensaciones: el olor del césped recién cortado y regado, el silencio envolvente, interrumpido, a veces, por el chirrido del grillo que pretende atraer a sus hembras, los pálidos colores de la anochecida…
Y la imaginación vuela y la mente elabora sueños y el corazón palpita al ritmo de mil y una nostalgias…
Las fuerzas ya me abandonaron hace unos años cuando el chasquido fustigante del infarto me acercó al umbral de lo desconocido y me abrió los ojos a la relatividad de tantos absolutos con los que he ido jalonando los años.
Atrás ha quedado aquel primer periodo de jubilación en el que, novato jardinero y hortelano, cosechaba ilusionado, en estos días, el fruto del trabajo realizado.
Debilitada la fuerza física, la lectura ha sido mi refugio. Ha absorbido largas horas estivales y así por mis manos han pasado estos meses páginas y páginas casi monotemáticas:
Bonhoeffer, Dietrich, “El precio de la gracia. El seguimiento”
Castillo, J.M., “La humanización de Dios. Ensayo de Cristología. 2010”
Etxebarría, Lucía, “Lo verdadero es un momento de lo falso”
Francisco. Papa, “Lumen fidei”
González, Félix, “Jesús su vida oculta”
Küng, Hans, “Verdad controvertida. Memorias”
Picaza, Xabier. “Hijo de hombre. Historia de Jesús Galileo”
Leer me recuerda al caminante que ambiciona el horizonte que nunca alcanza por sus pies. Y así, este verano, un libro me ha llevado a otro y este a otro: Picaza, Bonhoeffer, Küng… y finalmente J.M. Castillo.
Es sorprendente que cuando he considerado haber recorrido el trayecto que colma mi ansia de conocimiento sobre un tema determinado, se amplía la perspectiva descubriendo nuevos horizontes, nuevos interrogantes, nuevas posibilidades y respuestas.
Bonhoeffer interpeló reiteradamente mi fe cristiana. He seleccionado dos citas:
“Sólo puede buscar a Dios quien ya le conoce." (p.133)
“Asemejarse a la forma de Jesucristo no es un ideal que se nos haya encomendado, consistente en conseguir cualquier parecido con Cristo. No somos nosotros quienes nos convertimos en imágenes; es la imagen de Dios, la persona misma de Cristo, la que quiere configurarse en nosotros (GaI 4,19). Es su propia forma la que quiere hacer brotar en nosotros. (…) Ahora quien atenta contra el hombre más pequeño atenta contra Cristo, que ha tomado una forma humana y ha restaurado en él la imagen de Dios”. (p.232)

J.M. Castillo ilustró la óptica desde la que había de iniciar el recorrido de la Cristología, al abogar por una Cristología “ascendente”, desde el hombre Jesús, en contraste con la Cristología “descendente”, tradicional, que toma como punto de partida la encarnación del Hijo de Dios.
Quiero destacar el resumen conclusivo del capítulo 2:
“Se puede decir que mientras la cristología no tenga la libertad y el coraje de afrontar seriamente los tres presupuestos que, durante siglos, se han dado por asuntos resueltos, no saldrá del callejón sin salida en que está metida. Quiero decir: si seguimos dando por supuesto que nosotros sabemos quién es Dios y, a partir de eso, pretendemos saber quién es Jesús, por ese camino nunca sabremos ni quién es Dios, ni quién es Jesús. Por otra parte, si damos por supuesto que Jesús es el único Salvador y, por tanto, el único camino de salvación, tampoco por ese camino podremos ponernos a dialogar en serio con los hombres y mujeres que tienen otras creencias religiosas. Finalmente, si damos por supuesto que, para salvarnos y acercarnos a Dios, el mismo Dios quiso y necesitó el sufrimiento y la muerte de Jesús, no nos será posible hablar en serio y cara a cara del Dios que quiere que seamos felices, que gocemos de todo lo bello y bueno que hay en la vida. (p. 73)
Muy ilustrativo es asimismo el párrafo que cito:
Hemos montado un cristianismo en el que ya no es Jesús el que nos dice cómo es la religión, sino que es la religión la que nos dice cómo es Jesús. Y entonces, lo que ha ocurrido es que la religión de toda la vida es el filtro, la rejilla hermenéutica, que nos interpreta a Jesús y que nos explica cómo hemos de entender a Jesús. De lo cual ha resultado que la religión ha deformado a Jesús. Y lo ha deformado hasta el extremo de que nos ha incapacitado para entender a Jesús, su persona, su vida y su mensaje. Un Jesús filtrado por la religión es un Jesús que pierde su originalidad, su significado y sobre todo sus exigencias. (p. 278)
Esta pasión por la lectura no ha impedido verme y considerarme afectado y sensibilizado por sucesivos acontecimientos familiares: la enfermedad de mi cuñado y la prolongada estancia hospitalaria de mi sobrina nieta, los intensos momentos en los que apreciaba la cercanía de mi nieta Lola, mientras veíamos en la tablet, una y otra vez, las aventuras de “la abeja Maya” o competíamos en alocadas carreras por el pasillo al grito imperativo de: ¡Preparado, listo, ya! He disfrutado con mis hijos sus breves días de descanso veraniego. He esperado ansioso e ilusionado el nacimiento de mi nieto Pablo y la boda de mi hija Irene, la ordenación presbiteral de mi hijo Paco…
La vida es un enmarañado acontecer de sucesos, a veces gratificantes, en ocasiones dolorosos y lamentablemente penosos. Junto a la incorporación como funcionario al ayuntamiento de Madrid de mi hijo Luis, he tenido que deplorar la reciente anexión de mi hijo Salvador al largo y deprimente listado de solicitantes de empleo en el INEM.
Me he excedido en el relato de mis vivencias, lecturas y reflexiones y vuelvo al comienzo de estas líneas con la cita del salmo 90: “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna” (s. 90,4).
Las palabras del apóstol Pedro (2 Pe 3,8) reafirman la relatividad de tantos afanes y obsesiones que se incrustan en nuestro cotidiano devenir: “Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”.
Bellamente expresó Joan Manuel Serrat la leyenda del caminante en “Cantares”:
 “Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos.
caminos sobre la mar” (…).


Salvador Egea Solórzano



domingo, 1 de septiembre de 2013

PABLO



 
Plácidamente duerme en el moisés, dispuesto con diligencia y mimo por sus primerizos mamá y papá, Cristina y Luis. Saciado después de ser amamantado en una efusiva imagen en la que hijo y madre se funden en una  alegoría inefable, única.
Hoy, treinta y uno de agosto, día en el que redacto estas líneas, no ha cumplido aún una semana. Han pasado tan sólo cuatro jornadas desde que Pablo, mi nieto, expresó con el primer llanto su amanecer entre nosotros.
Sentado, muy cercano al moisés, como en un palco privilegiado, transcurre el tiempo, fijos mis ojos, pendiente mi mirada de su sueño reconfortante. En algún momento, durante segundos, agita instintivamente los brazos queriendo reafirmar su presencia. “Estoy aquí”, le digo mudamente, acercando mi dedo meñique al que se aferra buscando seguridad y protección.
Mientras contemplo absorto la fragilidad de Pablo mi mente bulle de recuerdo en recuerdo, de proyecto en proyecto, de deseo en deseo, como queriendo atrapar el tiempo y configurarlo a mi medida, a mi ansia de vivir  y no perderme nunca nada, ningún instante, ningún hito de la historia incipiente de mi nieto.
Su nacimiento no tuvo en cuenta las necias previsiones. Cambié con urgencia los billetes del “Alvia”. La “alta velocidad” parecía lentísima para acercar Cádiz a Madrid. Imposible que los kilómetros se redujeran a metros, tal vez a decámetros… Lo esperaba y paradójicamente fue Pablo quien me estaba esperando en el regazo materno.
Seguro que mi presencia de hoy jamás se difuminará perdida en los recodos del espacio y el tiempo. El afecto no queda limitado por  categorías espacio-temporales.
He vuelto a contemplarlo esta tarde. Nuevamente he acercado mi mano hasta que ha aprisionado mi dedo. He querido que, a través del contacto físico, se estableciera un canal que transmitiera imperceptiblemente todo el legado de familia, toda la ternura de generaciones. Sí, ya sé que la genética confirma lazos imperecederos. Pero no se trata de esta herencia genética que la naturaleza se encarga por sí misma de transferir. El cariño, los buenos augurios se perciben y reciben por cauces no regidos por normas y leyes inexorables.
Cuando algún día, Pablo, el distanciamiento físico sea lamentablemente una ineludible realidad, yo te sentiré a mi lado, muy dentro de mí, porque mis ojos fatigados, pero incisivos, han penetrado hasta tu corazón y allí, con el fuego del cariño, ha quedado grabada la mirada tierna y complacida del abuelo Salvador.
Salvador Egea Solórzano

miércoles, 26 de junio de 2013

FRONTERAS

Había concluido la lectura del último libro de mi viejo compañero y amigo Apuleyo Soto, “A lo largo del río Riaza”. Necesitaba continuar leyendo, no dejar pasar los días sin volver a tener entre mis manos un nuevo ejemplar que colmase la pasión lectora y simultáneamente estimulara la segregación de endorfina, como si, en lugar de reposar tranquilo y ensimismado en la creación literaria, estuviera realizando un apacible ejercicio físico, recomendado insistentemente por el especialista cardiovascular.
Hacía tiempo que había atraído mi atención un título que sesteaba sobre la mesa de la habitación que suelen ocupar mi yerno e hija en sus habituales fines de semana en casa: Javier Cercas, “Las leyes de la frontera”.
Imaginé que iba a encontrarme con un relato centrado en el tema migratorio. Un par de semanas antes había tenido ocasión de escuchar la intervención – testimonio del “Padre Patera” en la parroquia de “El Buen Pastor” de San Fernando (Cádiz). Fue un impulso más para iniciar la lectura del libro.
Pero la frontera a la que aludía el autor y el argumento del texto nada tenían que ver con el flujo migratorio. Nuestra sociedad establece fronteras que deslindan territorios que no son precisamente espacios físicos o geográficos. Fronteras entre el amor y la violencia, entre la verdad y la mentira, entre la libertad y los grilletes, símbolos de esclavitudes que nos encadenan en este ya bien entrado siglo 21.
Dos temas se deslizan destacados a través de las páginas del libro, dirigiendo mi atención hacia ellos, como trasfondo del argumento literario de la novela: ¿qué es la verdad? y el miedo a la libertad.
Este último tema me retrotrajo a la década de los setenta del siglo pasado, cuando, joven y sumido en un periodo de crisis personal, leí el ensayo, así titulado, de Erich Fromm. Todavía conservo en la biblioteca de casa el libro, con las hojas amarillentas, de la edición argentina, fechada en 1971.
El Zarco, protagonista de la novela de Javier Cercas, aún no era el Zarco, pues el autor remonta su historia a principios del verano del 78.
La lectura de Erich Fromm, en las circunstancias personales del momento, me ayudó determinantemente en decisiones que dieron un vuelco o enfoque nuevo y definitivo a mi proyecto vital. 
El “miedo a la libertad” atenazaba al Zarco que, una y otra vez reiteró el tránsito a la otra orilla de la frontera, como si las rejas y barrotes de la cárcel fueran su hábitat natural.
En el transcurso de los años se originan, a veces, situaciones en las que el “salto al vacío”, sin red protectora, es la metáfora de la única alternativa consecuente al concurrir circunstancias que parecen comprimir y encorsetar la vida sin margen para la ansiada y debida realización personal.
Es el momento, orillando el “miedo a la libertad”, de los compromisos arriesgados, hondamente meditados y por ello firmemente involucrados en llevarlos a término.
La capacidad de asumir decisiones, liberados de la mediación de agentes externos que las condicionen, es exponente máximo de la madurez y libertad.
Respecto al primer tema, ¿qué es la verdad?,  deduje en el relato una visión poliédrica, no ajena a la experiencia y perspectiva de cada uno de los personajes.
La verdad no siempre se percibe de forma unívoca.
Es cierto que lo objetivo tiene entidad en sí mismo, independientemente de juicios personales. Es una de las acepciones del término “verdad”, cuando se vincula a algo real y no ilusorio o aparente. Es el legado de la filosofía clásica griega.
Pero tanto el relato de Javier Cercas, como la experiencia cotidiana, en muy diversos ámbitos, nos revelan con frecuencia la dificultad de alcanzar la sintonía y confluencia para identificar y definir la verdad como predicado de una realidad que se transforma en calidoscopio a los ojos dispares de cada observador.
En este caso prefiero remitirme a la verdad según lo entendía el pueblo hebreo: “La verdad es primariamente la seguridad, o, mejor dicho, la confianza. La verdad de las cosas no es entonces su realidad frente a su apariencia, sino su fidelidad frente a su infidelidad. Verdadero es, pues, para el hebreo lo que es fiel, lo que cumple o cumplirá su promesa, y por eso Dios es lo único verdadero, porque es lo único fiel (…). Lo contrario de la verdad es para el hebreo la decepción; lo contrario de ella es para el griego la desilusión”.
Entre la decepción y la desilusión se mueve Ignacio Cañas, miembro fortuito y tempranero de la basca, reciclado en un brillante abogado, ante el previsible final del Zarco.
A modo de conclusión, sin miedo a la libertad, yo elijo abrir “fronteras”, permeabilizar lo que aparece compacto e impenetrable, porque ese es el camino trazado y recorrido por Aquel que “es el único fiel”.






Salvador Egea Solórzano

sábado, 8 de junio de 2013

PATIO DE VECINOS


Calle Real nº 248,  era hace seis décadas una típica vivienda isleña, frente a la “Esquina del Gordo”, en la que, desde un patio central, se accedía directamente o mediante una escalera en codo, al hogar de cada una de las familias que la habitaban.
Nos conocíamos todos. Sin llegar a ser el clásico “patio de vecinos”, tan común en alguna zona de la ciudad, la estructura del edificio facilitaba el encuentro, la intercomunicación y junto al cotilleo, la solidaridad entre sus moradores.
Hoy aquel emplazamiento lo ocupa un inmueble con una fachada que distorsiona el urbanismo isleño: “Pasaje de la Música”, comercio de electrodomésticos y viviendas construidas en la década de los sesenta del siglo pasado, sin considerar la estética urbanística específica de la Isla.
Evoco esta parcela de mi infancia porque la imagen de aquella lejana, pero interrelacionada forma de vida, se me hace presente cuando pretendo describir cómo percibo el cotidiano discurrir de mi parroquia.
Ubicada en la barriada del mismo nombre, la parroquia de “El Buen Pastor”, cercana al muelle de “Gallineras”, tiene exteriormente aspecto de nave industrial. La singularizan e identifican los símbolos cristianos: cruces en la fachada y férreo campanario.
Aún así es la catedral de “El Buen Pastor”, apelativo cariñoso e hiperbólico con que la distinguió Paco Piñero, ss.cc., uno de los últimos párrocos en regirla.
Pero una parroquia no se define fundamentalmente por la edificación que delimita el espacio sagrado, ni por el ámbito físico de calles, plazas y avenidas que jurídicamente la integran. Son los miembros que participan y conforman la comunidad los que constituyen la esencia parroquial.
La auténtica riqueza de la parroquia no está fundada en compactos contrafuertes, volátiles arbotantes, bóvedas de crucería, retablos barrocos y vidrieras multicolores.
El patrimonio lo constituyen la vitalidad y el compromiso de los miembros de la parroquia, la multiplicidad de tareas programadas desde el objetivo de la instauración del Reino, la atención, desde el espíritu evangélico, a todas y cada una de las individualidades que aproximan a ella sus pasos y corazones, la experiencia de la cercanía de Jesús en la vida y en el testimonio de los parroquianos, la celebración jubilosa de los misterios de nuestra fe, la memoria, hecha realidad, de la Cena del Señor en la Eucaristía
Catequesis de infancia, grupos juveniles, comunidades de adultos; servicios específicos: apoyo escolar, juego de niños, caritas asistencial, tercera edad y una prolija serie de actividades, no enumeradas, que proyectan la imagen de una parroquia viva y volcada en la barriada. Toda esta fertilidad es el capital de mi parroquia.
Por ello, este ir y venir, este bullicio regulado, este cruce de feligreses en el patio “Padre Damián”: niños, jóvenes y adultos, estas celebraciones festivas…, rememoran la imagen del patio de vecinos, en el que, sin lazos de sangre entre familias, y sin las connotaciones peyorativas que, en ocasiones, se le ha adjudicado a esta peculiar forma de convivencia,  veo reflejado el diario devenir de mi parroquia.
Desde el insondable designio que guía nuestros pasos, El me acercó hace décadas a este rincón de la Isla y posibilitó el encuentro con la congregación religiosa de los Sagrados Corazones.
Con absoluta certeza este “patio de vecinos” es la alegoría tangible de la mansión en la que todos, algún día, nos encontraremos en una convivencia fraterna e imperecedera: la casa del Padre.


jueves, 16 de mayo de 2013

"CASA PEPE"


Salgo de casa, cruzo la calle donde resido y a escasos cincuenta metros abre acogedora sus puertas a la barriada la cafetería – baguetería “Carona”.
Su emplazamiento, equidistante de los extremos de la avenida, facilita los encuentros habituales de vecinos a lo largo de la jornada.
Los asiduos clientes ignoramos el rótulo del establecimiento. Sólo algún despistado proveedor localizará por “Carona” lo que para todos los residentes de la barriada ha sido y será “Casa Pepe”.
No preguntéis por los apellidos. ¿Qué importancia tienen cuando basta el nombre para identificar a la persona entre todos los moradores del barrio?
Aquí el apelativo con el que nos referimos al personaje es la metonimia del local.
Pepe es un hombre emprendedor, con el impulso y apoyo siempre de su mujer, Isabel. Veterano en la barriada, inició su actividad comercial entre nosotros inaugurando un pequeño local, almacén de ultramarinos. En él encontrábamos los vecinos los desavíos diarios, provisiones pendientes u olvidadas en el listado de compras llevadas a cabo en las grandes y medianas superficies comerciales.
Los intentos por adecuar el negocio a la demanda de los clientes y a las exigencias del mercado colisionaron con la feroz competencia de los centros comerciales. De ahí que audazmente, haciendo gala de su espíritu innovador, Pepe transformó el almacén en la actual cafetería – baguetería.
Fiel a la cita de cada mañana, alrededor de las siete la baraja metálica se avista a media altura. Es la puesta a punto del local. Poco más tarde se abren las puertas de par en par. Van llegando los primeros clientes tempraneros. Vecinos y conocidos que iniciamos la jornada con un desayuno reconfortante y unos “buenos días”, expresados con el más sincero y amistoso de los deseos.
El diseño se repite casi ineludiblemente cada mañana. Aquel es el rincón de las jóvenes y laboriosas peluqueras del local cercano. En la barra apuran el cafelito rostros reconocidos que ojean la prensa diaria, emiten apasionadas opiniones  y sentencias, si la jornada anterior ha habido competición deportiva o simplemente comentan las primeras incidencias mañaneras.
Rafaela, tras la barra, dispone solícita la comanda de cada cliente, que no es necesario verbalizar.
No hay reserva previa. Pero cada uno, salvo raras excepciones, parece tiene asignado un lugar, una mesa de su preferencia. Así la cafetería va completando el aforo y Pepe, con maestría y profesionalidad, va de allá para acá y de acá para allá atendiendo a cada uno.
No puede regentarse un pequeño negocio, sortear trabas administrativas, estar al día en cotizaciones y tasas municipales, satisfacer los variopintos requerimientos de la clientela, con un talante huraño y arisco. Pepe es comunicativo y servicial, afable y cercano, al menos mientras no rivalicemos con él en sus grandes pasiones futboleras: Cádiz C.F. y Real Madrid.
“Casa Pepe”, se transforma en peña madridista, concentra los días de fútbol televisado a los aficionados más fanáticos de la barriada.
En cualquier rincón de la avenida resuena el rugido estruendoso ¡gol!, cuando el balón impacta en la portería del equipo adversario del Real Madrid.
Pero, más allá de este delirio futbolístico, es emotivo contemplar en Pepe su ternura con los niños. Pienso que hasta los gorriones son conscientes de ello y, huidizos, se atreven a adentrarse en el local a recoger las migajas que caen de las mesas o aquellas otras que, intencionadamente, el mismo dueño les oferta.
Recientemente y tras el pertinente proceso administrativo de tan lenta tramitación, Pepe ha habilitado una terraza que ocupa dos antiguas plazas de aparcamientos.
En ella, además de disponer de una zona apropiada los clientes fumadores, encontramos los vecinos el emplazamiento propicio para una conversación relajante a la hora del aperitivo mañanero y el lugar idóneo para la tertulia vespertina o la velada estival.
Expreso el sentimiento general de la clientela al desear larga vida al negocio, lo que implica la satisfacción de todos los que nos acercamos al local y el reconocimiento del buen hacer de su propietario.

San Fernando, 16 de mayo de 2013.

Salvador Egea Solórzano

martes, 30 de abril de 2013

EFFETÁ



Hace ya algún tiempo me insisten reiteradamente: “Tienes que ir al otorrino”. Con firme presunción, mezcla de cariño y cierta dosis de: “¿ves como tenemos razón?”, mi familia me urge para que verifique la pérdida de capacidad auditiva.

Dejo pasar el tiempo y mi tozudez parece un acicate para animar su afectuoso empecinamiento.

Yo suelo salir al paso sentenciando que soy “sordo selectivo”, tal vez debiera decir “ocasional”, lo que, en determinadas coyunturas, no deja de ser una concesión para justificar algunos “olvidos” más o menos intencionados.

El tiempo y el envejecimiento son factores inexorables y soy consciente de que mi agudeza auditiva decrece, sin haber llegado al extremo de impedir la interrelación personal y la comunicación.

De momento no constituye un problema prioritario, ante otros chequeos facultativos más apremiantes.

Como la degradación sensorial, que acompaña al paso de los años, no suele afectar sólo a uno de los sentidos corporales, también mi agudeza visual se resiente, si bien, en este caso, la atención a la miopía y presbicia ha sido más temprana e inmediata.

Vista y oído son dos ventanas que nos abren al exterior, aunque, a veces, ensimismados en nosotros mismos, nos empeñemos en que permanezcan cerradas.

Así, ciegos y sordos, por decisión propia, a lo que acontece a nuestro alrededor, también nuestra sensibilidad a las circunstancias y problemas extraños decae, como si lo ajeno a nosotros constituyera una película que visionamos, simples espectadores de una realidad que no nos implica en absoluto.

Intento que la degeneración de mis órganos sensoriales no induzca a la insolidaridad y al aislamiento. Jueces, respecto a estas actitudes, dictarán sentencia en el ámbito en el que me desenvuelvo.

Pero cierto es que llega el momento en que todo el bagaje de lo que hemos percibido año tras año y que constituye, en gran medida, nuestra experiencia vital, nos permite relativizar; aventar lo importante de lo accesorio y secundario; conservar lo significativo y sustancial; orillar y olvidar lo accidental.

Es como si la mirada se dirigiera ahora hacia lo recóndito de uno mismo y la sensibilidad auditiva permaneciera atenta al murmullo interior, que no deja de ser caja de resonancia de lo vivido  y de lo que contemplamos en nuestro entorno.

Y es así que la introversión induce a la reflexión y a rumiar sosegadamente unas y otras vivencias dándole a los días un sentido más íntegro y trascendente.

En esta tesitura advienen a mi mente las curaciones del sordomudo en territorio fenicio, escena narrada por el evangelista Marcos (Mc 7,31-37) y del ciego de la piscina de Siloé (Jn 9,1-41).

En ambos casos el sentido profundo del relato va más allá de la simple sanación física. Se trata de, como personas, abrirnos a la trascendencia y reconocer a Jesús, Profeta e Hijo de Dios.

El suspiro e invocación de Jesús: “Effetá”, sólo admite una reacción válida y consecuente: “Creo, Señor”.

Ante el paulatino ocaso inevitable de las propias facultades, no pretendo el proceso de la regeneración física, sino más bien el milagro de que la alegoría del deterioro auditivo y visual sea ocasión propicia de impulsar mayor agudeza para, desde la fe, descubrir el genuino y definitivo sentido de la existencia.



Salvador Egea Solórzano

sábado, 6 de abril de 2013

“BIENAVENTURADA LA QUE HA CREÍDO…” Lc 1, 45




Nunca he estado integrado en el ámbito cofrade. Mis recuerdos me retrotraen a la infancia, callejeando los itinerarios de las veteranas cofradías isleñas: “Estudiantes”, “los Olivos”, “la Columna y Medinaceli”, “la Caridad”, “el Silencio”…, desde “el Cristo” hasta “San Francisco”, “la Pastora”, la “Iglesia Mayor”…

Aquellas imágenes de largas filas de nazarenos que preceden a los “pasos” permanecen grabadas en la memoria con olor a incienso, colorido de túnicas y estandartes y acordes musicales de marchas procesionales. Todo como si no hubieran transcurrido seis décadas.

Junto a la evocación de lo percibido a través de los sentidos, también ocupan un espacio reservado los sentimientos religiosos que la educación recibida y la atmósfera envolvente alentaban.

Hace muchos años que no había vuelto a realizar los recorridos de la infancia. Algún resorte interior me ha impulsado en esta ocasión a contemplar una salida procesional.

Había de antiguo cierta reticencia por mi parte hacia esta expresión religiosa popular. Mi análisis se quedaba en lo más superficial del acontecimiento, incluso prejuzgando actitudes y sentimientos personales, sin alcanzar elementos más objetivos y profundos que descubrieran la autenticidad de la experiencia religiosa de los integrantes de las hermandades.

A este distanciamiento, tal vez, contribuyera lo que públicamente se ha criticado, a veces desde el mismo mundo cofrade, aludiendo a “actitudes poco respetuosas del público hacia las cofradías” (“Diario de Cádiz”, jueves, 28 de marzo de 2013).

He leído en la prensa escrita y escuchado durante los días pasados en los medios televisivos, opiniones divergentes sobre esta manifestación de religiosidad popular. En algún caso se ha llegado incluso a la caricatura despreciativa e hiriente, sin medir adecuadamente el alcance de las opiniones vertidas, que parecen buscar el aplauso fácil de una audiencia predispuesta.

En mi caso los años han ido flexibilizando actitudes rígidas y dogmáticas, a medida que he ido saliendo de mi mismo, acercándome al otro en disposición receptiva e integradora.

La experiencia de fe no es unívoca y en lo recóndito de cada creyente está la clave que certifica la autenticidad de su creencia y conducta, asumiendo como básica referencia el evangelio de Jesús.

Admiro y quedo anonadado personalmente ante la firme convicción religiosa expresada en la manifestación de fe del grupo de gente sencilla que procesiona tras los “pasos”.
Es posible que haya que depurar algunos elementos que contrastan con la sencillez evangélica y potenciar, en el intervalo anual, otras actividades de orden formativo y catequético. En ello  están comprometidos, año tras años, las juntas directivas de las hermandades.

Pero hoy prefiero destacar, en estas reflexiones, el testimonio de fe, que sin alardes de ningún tipo, he recibido del pueblo llano. También estas vivencias transmitidas con la sola presencia es una catequesis para quienes con mirada limpia y transparente, con ojos de fe, nos hemos acercado a contemplar los desfiles procesionales.



Salvador Egea Solórzano