lunes, 3 de marzo de 2014

REVOLTIJO


- La familia se reúne -
  
Pausadamente, como los primeros rayos matutinos disipan la oscuridad de la noche, así fueron llegando, uno tras otro, eludiendo disciplinadamente cualquier atropello. Buscaron en su escalonada presencia que degustásemos individualmente la alegría del reencuentro.
Es ya un inusitado regalo hallarnos reunida toda la familia: ¡cuarenta y ocho volátiles horas!
¡Misterio! ¿Cómo nos vamos a ajustar en espacios milimetrados padres, hijos, yerno, nueras y nietos? Primera opción… ¡bueno, no!, segunda…
El llanto de Candela por aquí, los juegos y risas de Lola por allá…
Pablo pone un poco de “cordura” y descansa placidamente después de un largo trayecto. Ha sido el último en llegar. Aunque el “Alvia” vuele y acorte distancias, son demasiadas horas para tan sólo seis meses entre nosotros.
Las habitaciones son un revoltijo;  ¿quién pone orden? Maletas abiertas, coches capota, cambiador de bebé, trasvase de enseres domésticos que han perdido su ubicación habitual…
El abuelo, sentado en la esquina del sofá, anota improvisadamente, en un momento de calma, las cuatro impresiones que bullen en su cabeza. La abuela es la señora de la cocina.
¿Preparamos la mesa aquí mismo o en salón? Preferimos reservar el salón, aunque sea para no “marearnos” buscando dónde encontrar emplazamiento provisional a tantos bártulos.
Abrimos espacios, hacemos hueco que parecía imposible y nueve adultos nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina.
Lola ya ha comido. Pero ¿quién le quita el gusto de acomodarse en el regazo de su madrina y compartir con ella mínimamente el pastel de carne? Candela prefiere alternativamente los brazos paternos y maternos ¡es la costumbre que crea hábito! Pablo, tranquilo, estrena la trona que tiempo atrás ocupó su prima Lola.
Las aguas vuelven a su cauce y mientras el lavavajillas realiza su función, pequeños y mayores sesteamos reposadamente o simplemente cabeceamos sentados en el sofá un inquieto sueño arrullados por el monótono susurro de la película de la tele y pendientes del despertar de los niños.
Hemos esperado el encuentro familiar para celebrar con cuatro días de retraso el tercer cumpleaños de Lola.
Los abuelos somos madrugadores y cuando empiezan a desfilar los dormilones hemos completado nuestra rutina diaria mañanera: primer café, oración, lectura, hemos “engrasado” la maquinaria que nos permite iniciar las labores domésticas…
Lola es bullanguera, se siente protagonista en la celebración de su aniversario.
“A la tercera va la vencida” y con un poco de ayuda las velitas encendidas dejan de parpadear sobre la tarta.
El desayuno es un momento más en el que nos hallamos reunidos. Las miradas solícitas y cariñosas, los comentarios y carantoñas se dirigen a los tres príncipes de la casa.
El abuelo observa y al tiempo que obtiene algunas instantáneas con su cámara, va grabando toda una película que almacena en los recovecos del recuerdo.
No hay cumpleaños sin regalos y Lola va de sorpresa en sorpresa deshaciendo nerviosa el envoltorio de cada obsequio.
Paco, en Colombia durante la pasada Navidad, entrega también un detalle personal a cada miembro de la familia.
Hay un momento en que las horas comienzan a resultar aviesas. El tiempo se transforma en adversario: juega en nuestra contra. Descubrimos que inexorable se acorta. Vivir con más intensidad el instante, la coyuntura, es el único remedio.
Así lo hacemos hasta que comienza el fatídico trance de la despedida.
Los abuelos quisiéramos disfrutar individualmente de nuestros hijos y nietos. Expresarle a cada uno la inmensidad del cariño que, en la ausencia, vamos acumulando diariamente. Los abuelos quisiéramos tenerlos a todos juntos en casa, como cuando jóvenes, pletóricos de ilusiones y proyectos no pensábamos en nosotros porque teníamos en nuestras manos lo más preciado que pudiéramos desear. Los abuelos quisiéramos todo…, lo posible y lo imposible.
Pero…, la casa vuelve a quedarse vacía. Tan sólo en algún rincón del recuerdo resuenan la inquietud de Candela, la algarabía de Lola, la sonrisa dibujada de Pablo…
Contamos los días para el próximo encuentro. Mientras, nos llena el corazón la súplica, la exigencia de Lola a los padres camino de su casa en Sevilla: “¡No quiero dormir aquí, quiero dormir en casa de los abuelos!”,


Salvador Egea Solórzano

viernes, 14 de febrero de 2014

MIEDOS


Tantos años leyendo o escuchando en las celebraciones litúrgicas las cartas de Pablo para que, sorpresivamente, hace sólo unos días, me sintieran desconcertado por la confesión del apóstol: “Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo” (1Cor 2, 3).
¿Quién, Saulo de Tarso? ¿El arrogante inquisidor de los seguidores del Camino, según testimonia Lucas? (Hch 9, 1-30). ¿El converso discípulo del Resucitado?
¡El incansable mensajero del kerigma cristiano que en la Carta a los Romanos interpela: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”! (Rom 8, 35).

Verdaderamente quedé algo confuso. La imagen “temblando de miedo” no encajaba en el estereotipo que me había construido de Pablo. Más bien he tenido siempre la percepción de su recia, impetuosa y valiente personalidad, capaz de soportar por la extensión del Reino las más diversas pruebas: “Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado;
tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligro de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer y desnudez” (2Cor 11, 24-27).
El Pablo que recorrió tenaz e incansable, de un extremo a otro, los límites del Imperio es el mismo Pablo que abre su corazón a los corintios con la citada y sincera declaración.
Reflexionando y dirigiendo una mirada introspectiva fui rememorando los “miedos” que, en tantas ocasiones, en mi vida han paralizado proyectos, ralentizando “sine die” propósitos, relajando actitudes comprometidas…
Podía identificarme totalmente con el icono de Pablo en su presentación a los corintios. Pero…
Es evidente que el miedo de Pablo no fue paralizante.
En mi caso, atrás quedaron los temores infantiles, los desasosiegos adolescentes e incluso las aprensiones y desconfianzas de la madurez.
El incierto o tal vez vislumbrado futuro que estamos dejando a la generación que hemos engendrado es lo que me desvela e intranquiliza.
Se repite reiteradamente que es la primera vez que una generación posterior vivirá peor que la precedente.
Lo estamos experimentando ya. Trabajo precario, por lo general, cuando se ha logrado evadir la pesada losa del paro crónico. Recortes en prestaciones sociales, sanidad, educación… Condiciones leoninas para obtener una pensión digna.
Los análisis e informes socioeconómicos confirman cómo se acrecienta la brecha entre los extremos de las clases sociales, diluyéndose la hasta ahora clase media. Se denuncia el incremento alarmante y desgarrador del número de familias, ciudadanos que malviven por debajo del umbral de la pobreza.
Cuando estas perspectivas dejan de ser exclusivamente titulares en las portadas de los rotativos y medios audiovisuales y las descubrimos en el ámbito próximo en el que convivimos allegados, vecinos, conocidos y amigos, la ansiedad se adueña fácilmente de nosotros al reconocer rostros con nombres y apellidos.
Tal vez sea porque llevaba tiempo preocupado por esta realidad social de un presente y un futuro degradado por lo que tan incisivamente me impactó la confesión de Pablo.
El miedo de Pablo no fue paralizante, me repito a mi mismo. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer? He aquí la pregunta clave.
Atrapados estamos en una tupida tela de araña tejida por fuerzas que nos sobrepasan y a las que nos resulta difícil, ahora sí, señalar con nombres y apellidos: macroeconomía, capitalismo salvaje, ingeniería financiera…
Ya ni el poder político escapa al desmedido control y ambición de los anónimos fantasmas que dictan directrices que acatan sumisamente los gobiernos y que nos aprisionan con sus tentáculos.
He leído que la crisis terminará cuando esos depredadores e insaciables monstruos oligárquicos lleguen a la convicción de que una mayor depauperación de la sociedad pondría en riesgo sus ilimitados beneficios económicos.
Vuelvo mis ojos a Pablo porque, a pesar del declarado miedo, su actitud es paradigmática. La vida de Pablo certifica que el miedo no puede, ni debe ser obstáculo para avanzar en la tarea de transformación de la sociedad.
En el empeño Pablo culminó su vida truncada violentamente.
Probablemente no veamos cumplidos todos nuestros más apremiantes anhelos. No obstante la utopía ha de tener la atracción suficiente para polarizar nuestras energías en una lenta, aunque definitiva instauración de una sociedad más justa, equilibrada y fraternalmente solidaria.

                                                                                         Salvador Egea Solórzano   

jueves, 16 de enero de 2014

LLEGÓ CANDELA


         
Calificamos y clasificamos ya en la primera infancia, aunque no acertemos a verbalizar nuestras valoraciones. Es un elemento más en el proceso de aprendizaje.
Desde la incipiente experiencia infantil nuestro vocabulario se enriquece con un sin número de categorías que referimos a objetos y personas: necesario, prescindible; útil, inadecuado; lucrativo, ruinoso; fascinante, repelente…
Nuestro cerebro se configura y estructura de tal modo que, llegado el momento, catalogamos, encasillamos y jerarquizamos, a menudo, instintivamente.
¡Cuántas veces sobre todo jóvenes y adultos  hemos rectificado, impulsados por la evidencia,  apreciaciones con que etiquetamos fácilmente sin más análisis previo!
Los años y la  vida ayudan a relativizar juicios apriorísticos y estimaciones basadas en criterios nada objetivos.
Observar cuidadosamente y ser capaz de tamizar criterios aparentemente indiscutibles nos ayuda a ser más comprensivos y, a la postre, hasta más humanos.
Estas cavilaciones afloraban en mi mente mientras mis ojos cautivos contemplaban a la recién nacida nieta Candela.
¿Qué tendrían que ver tales elucubraciones pseudofilosóficas con el primer regalo que recibía en la pasada Navidad?
Candela llegó a los brazos de quienes la esperábamos expectantes el 15 de diciembre pasado a las 5:05 h. Abundante cabellera negra y unos ojos que se abrieron pronto a la vida la singularizaban respecto a su hermana.
El 24 de febrero de 2011 nació Lola. En unos días cumplirá tres años. Los kilómetros que nos distancian no han impedido que haya podido seguir su evolución desde bebé hasta la fantasiosa, mimosa y vivaracha princesa (perdón, no quiere que la llamen princesa) que gozosamente me sorprende cada vez que llega la ocasión de estrecharla en un abrazo.
Entre Lola y Candela, Pablo. Madrileño, “Pichi”, como cariñosamente he escuchado decir al padre. Nacido el 26 de agosto, tan sólo unos meses se anticipó a Candela. Tenía prisa por integrarse en la familia.
¡Qué rápidamente se ha incrementado la prole! ¡En qué poco tiempo he llegado a abuelo de tres nietos!
Ahora que cada mañana al despertar los atraigo a mi recuerdo soy incapaz de sentenciar quien de los tres es el primero.
He aquí una de esas categorías que me rechinan como si sólo rememorarla produjera la repulsa de la jerarquización y clasificaciones a las que me refería al principio de estas líneas.
Con razonamiento cronológico intentarán convencerme, aludiendo a la evidencia, que hay una jerarquía: Lola, Pablo, Candela.
Pero a mis años y en calidad de abuelo justifico mi rechazo a cualquier orden, rango y escalafón.
Ya mi cerebro está desestructurado, ya no concibo ni entiendo tantas declaraciones y asertos categóricos, ya prefiero quedarme con el corazón abierto: sensaciones, sentimientos, emociones…
¿En función de qué criterios voy a jerarquizar lo que mi corazón experimenta como irrepetible e injerarquizable?
Lola será siempre Lola, Pablo será siempre Pablo, Candela será siempre Candela.  Mi corazón no entiende de rangos ni jerarquías.
“Hipertrofia del ventrículo izquierdo” han dictaminado los galenos hace ya muchos años. Yo creo que si los modernos artilugios de diagnósticos (T.A.C., Resonancia Magnética) fueran más eficientes escudriñadores descubrirían que desde hace tres años es mi corazón entero el que está hipertrofiado, pues cada uno de mis nietos llena por completo la cavidad cardíaca. Y en ella Lola, Pablo y Candela intuyen un personal e intransferible ¡te quiero!

Salvador Egea Solórzano



            

sábado, 7 de diciembre de 2013

TÚ Y YO SOMOS DOCE

Son recuerdos permanentes, huellas indelebles, ¿cómo puede esfumarse la memoria del primer encuentro, de aquellos momentos en los que juntos fuimos tejiendo el proyecto del que hoy, con la mirada retrospectiva, nos sentimos legítima y honradamente satisfechos?
El destino, el azar, nosotros siempre hemos entendido que la mano providente del Padre, fue determinando el camino hacia la ocasión del acercamiento.
Seguimos convencidos de que nuestras vidas, errantes hasta entonces, estaban convocadas hacia una fructífera confluencia.
Nuestro proyecto, como todo diseño juvenil, se fraguó pletórico de ilusiones y sueños: Tú y yo, dos vidas que decidimos iniciar la aventura...
“Los sueños, sueños son”, sentencia nuestro clásico Calderón por boca de Segismundo.
En nuestro caso, los sueños se han visto superados por la realidad, como si al despertar y abrir los ojos cada mañana fuéramos descubriendo el regalo diario del amanecer, de los hijos que, sin darnos cuenta, o tal vez sí, se han hecho hombres, de las respectivas parejas que han enriquecido la familia, de los nietos que hoy colman nuestro renqueante corazón de felicidad.
Y muy pronto, sólo dentro de unos días, Candela. Ambos la esperamos como Navidad que adelanta unas horas. Pues, nacida del amor, es también, de alguna forma, imagen del Amor que ha estado siempre presente en nuestras vidas.
¿Quién nos lo iba a decir hace treinta y siete años, cuando en la Nochebuena de 1976 nos comprometimos ante el altar, testigo de tantos eventos familiares posteriores, a caminar juntos de por vida?
“Ciencia exacta” es la expresión con que se alude a las Matemáticas, dada la indefectible seguridad que determinan sus postulados y axiomas lógicos.
Pero al contemplar todo el proceso que nos ha traído al momento presente hoy quiero reconocer que “las cuentas no me cuadran”.
He aprendido con los años que, en determinadas circunstancias, debo prescindir de la lógica.
¿No hay un pequeño resquicio que permita, por una sola vez al menos, violar la pétrea estructura del razonamiento matemático? ¿Todo en la vida es silogismo deductivo?
¡No!, a mí hoy  no me “salen las cuentas”.
Con el aplomo que permite y facilita nuestra propia experiencia y sin ánimo de irritar a los académicos matemáticos, afirmo rotundo: ¡Puri, tú y yo somos doce!


Salvador Egea Solórzano

domingo, 17 de noviembre de 2013

¡YA ERA HORA!

¡Ya era hora! Últimamente mis hijos aguardan, ignoro si con ansiada expectación o cierta dosis de frivolidad cariñosa, mi comentario sobre cualquier evento familiar. El inicio del otoño ha sido prolijo en este tipo de acontecimientos. Uno de ellos, la boda de mi hija Irene y Manuel.
Yo me voy a permitir también una cuota de ligereza en esta glosa dejando a la sabia interpretación del lector el significado de la exclamación con que encabezo el artículo. ¿Ya era hora que escribiera el comentario o que mi hija pasase por la vicaría?
Doy algunas pistas. Manuel y mi hija contrajeron matrimonio canónico el pasado 19 de octubre en la parroquia de “El  Buen Pastor” de San Fernando. Ha transcurrido un mes desde tan feliz y emotiva celebración presidida por mi hijo Paco, recién ordenado presbítero.
Ni mi bolígrafo se había quedado sin tinta, ni el ordenador había sido infectado por algún virus pernicioso que afectara a su sistema operativo. Mi blog (http://salvadoregea.blogspot.com.es/) siguió activo, admitiendo entradas.
¡Qué de tiempo he tardado en decidirme a escribir sobre la boda de Irene y Manuel! ¡Ya era hora!
Por otra parte, Irene y Manuel llevan conviviendo alrededor de un lustro. Han sido pioneros en hacerme abuelo. Mi adorada nieta Lola cumplirá muy pronto tres años. Próximamente ambos pondrán nuevamente en mis brazos el fruto de su entrega y cariño recíprocos: mi nieta Candela.
Tengo que dejar bien claro en este momento que desde que Irene y Manuel confirmaron mutuamente su propósito de proyecto común de vida, a partir de entonces, constituyeron tanto para mi mujer como para mi, un matrimonio en el que Dios ha estado presente. Esto no fue un simple e ingenuo anhelo, sino una realidad consumada.
Manuel comenzó a formar parte de nuestra familia. Yerno es el término del que la R.A.E. se sirve en su diccionario para definir la relación, aunque nosotros apreciamos más, en estos casos, los tan significativos y expresivos hijo e hija.
Pues bien, el enlace matrimonial ha tardado cinco años en ratificarse. ¡Ya era hora!
Como padrino viví intensamente la celebración religiosa, consciente de la importante función de testigo privilegiado del sacramento que unía indisolublemente a los contrayentes ante Dios y la Iglesia. Unión de la que mi nieta Lola era ya presencia viva y gratificante.
Mi nieta, muy despierta, suele afirmar que ella también se casó el 19 de octubre. Tal vez sea porque, en algún instante, se sintió protagonista portando las alianzas y las arras…, o quizás porque, como su madre, se recreó vestida de “princesa”.
En una celebración tan familiar, en el pleno sentido de la palabra, pues, como quedó escrito, estuvo presidida por el hermano de la novia, hay momentos reservados para la oración espontánea y la expresión libre de sentimientos.
Transcribo dos párrafos del sentido y emotivo texto que Irene leyó al final de la celebración.
El primero termina con una lacónica respuesta de Manuel que especialmente me cautivó y que yo hubiera suscrito en mi juventud en circunstancia análoga. También en algún momento de la relación previa al matrimonio se me sugirió que aparcáramos durante cierto tiempo nuestro proyecto. Mi suegra se encontraba en situación de extrema dependencia y mi mujer consideraba que no era oportuno seguir adelante.
He aquí el párrafo, leído por Irene: “Aquel verano que comenzamos, yo tenía un lío muy grande en mi interior. El iba y venía y me rondaba como envuelve el aire de Sevilla, cálido y más tranquilo. Yo que por aquel entonces ya me encontraba agustísimo con él, le respondí un día como el viento de levante gaditano:
- Vamos a cortar aquí. Que sepas que yo estoy muy “liá”, y que esto a lo mejor sólo dura dos días.
 Él me contestó muy tranquilo:
- Quiero esos dos días.”
Confieso que escuchar, por primera vez, la reacción de Manuel me impactó y emocionó, pues no pudo condensar más brevemente los sentimientos de cariño y entrega absoluta hacia mi hija. Lo viene confirmando tantas veces y de mil formas diferentes, pasados esos dos días…
Luego, como narra mi hija, vino lo del infarto. Pero eso ya es continuación de la historia que dejo en sus manos, aún a riesgo de alargar estas líneas.

“Al poco, mi padre se puso muy malito. Varias anginas de pecho una detrás de otra que terminaron con tres by-pass en el Puerta del Mar. Mi padre, siempre que se pone malo, malo de verdad, lo hace en Navidades (esta era la tercera ocasión). Yo estaba muy triste, preocupada, nerviosa... ¿Os acordáis aquel invierno en que se desbordó el Guadalete de 
lo que llovía y llovía? Pues Manolo se hacía casi a diario Sevilla-Cádiz, Cádiz-Sevilla y trabajando al día siguiente sólo por acompañarme.
Llegó el día de la operación de mi padre. Entrando a quirófano, otra angina de pecho. No es lo que los cirujanos desean. Está la cosa chunga. Por fin termina la operación. Ha salido bien. Yo cruzo la Avenida y corro a la playa. No quería que mi madre me viera llorar. Manolo me persigue (como siempre, esta vez por detrás) y yo me echo a llorar en sus brazos y entonces me pongo a hablar como un "sacamuelas" que es lo que hago cuando estoy muy nerviosa. "Y esto y lo otro... y ahora vienen la Navidades... y yo sé lo importante que es para ti tu familia... y que Mónica esté acompañada en estas fechas...Y tu ahora vete... que allí también haces falta y bla bla bla"
Él me cogió la mano, me la apretó fuerte y me dijo: "Irene, no te hagas más líos. Yo estaré donde tenga que estar... Y donde tengo que estar es contigo".
Y así seguimos, juntos, cogidos de la mano. Con la certeza de que siempre va a ser así”.
Mi reseña o comentario debería terminar aquí. Quedarnos con el lento rumiar las palabras de mi hija. ¡Es tanto lo que expresan también entre líneas…!
“La certeza de que siempre va a ser así”  es la disposición firme a no poner límites de ningún tipo, conscientes de que caminar juntos, “cogidos de la mano”  es la única forma de superar dificultades y desencuentros.
Yo también tengo “la certeza” que día a día, Irene y Manuel, sabréis vivir y  transmitir a mis nietas todo aquello con lo que “juntos”, mi mujer y yo, hemos intentando colmar nuestras vidas.


Salvador Egea Solórzano

martes, 5 de noviembre de 2013

SEGURIDADES. ¿EL CIELO TAMBIÉN SE COMPRA?



Con ocasión del “Día de los difuntos”, 2 de noviembre, algunos medios de comunicación se hicieron eco de la información que estimaba entre 2.500 € y 3000 € el coste de un entierro con un servicio funerario estándar. Hacienda grava estos servicios con el tipo impositivo del 21 %, como si morir fuera un artículo de lujo. El dato me llamó la atención.
Muchas familias españolas, continuaba el reportaje, tienen suscrita póliza de seguro de deceso con alguna de las tres grandes empresas del ramo que se reparten el mercado, al objeto de evitar así una inquietud más en momentos tan dolorosos.
Al hilo de la noticia mi reflexión derivó hacia la gran preocupación que nos embarga por tener “seguridades” en nuestra vida.
Y así, desde el seguro obligatorio del automóvil, pasando por el seguro de la vivienda, seguro médico, el citado seguro de deceso, seguro de vida…, las compañías abren un amplio abanico de ofertas para satisfacer cualquier demanda del cliente.
Recientemente he vuelto a vivir la experiencia de abuelo con un segundo nieto. Es enternecedor observar cómo el bebé recién nacido encuentra en el regazo materno y en los brazos acogedores del padre la cálida seguridad que pareció haber perdido en el primer llanto después del parto.
Puede afirmarse, sin margen de error, que desde que abrimos los ojos a la luz de la vida vamos buscando instintivamente “seguridades”.
En mi dilatada trayectoria profesional he sido testigo reiteradamente del desasosiego manifestado por el párvulo de tres años cuando, alejado de la seguridad materna, se pierde en el mundo desconocido de la escuela.
El adolescente navega en un mar de inseguridades en búsqueda permanente de tierra firme en que asentar sus dudas, desequilibrios e inestabilidades.
En la madurez, conscientes de los riesgos que nos asedian, nos afanamos por tener previsto lo imprevisible, atada y bien atada cualquier contingencia que pueda desestabilizarnos. Aún así ¡tantas incidencias escapan a nuestro control…!
Algunos de nosotros vivimos la llamada “tercera edad” frecuentando los controles médicos, ingiriendo  fármacos que regulen nuestras constantes vitales. No es sino una póstuma búsqueda de seguridad vital.
Parece que nuestra vida se refleja metafóricamente como náufrago en persecución de la tabla de salvación.
Tan asumidas tenemos estas vivencias que no nos resulta extraño extrapolarlas al límite del más allá. Y este es el núcleo de mi reflexión.
¿Podremos asegurar también la “vida eterna”? ¿Necesitamos una cuota mensual, semanal…, tal vez diaria, de buenas acciones, oraciones, donativos… que incrementen el depósito a plazo fijo con el que reivindicar, llegado el momento, nuestro derecho al cielo?
¡Qué mercadeo tan ajeno al espíritu evangélico! ¿Es este el precio de la gracia? (Dietrich Bonhoeffer, “El precio de la gracia”).  ¿El cielo también se compra?
La mentalidad y actitud mercantilistas, tan arraigadas en nuestro “modus vivendi” cotidiano, no se corresponden con la palabra y vida de Jesús de Nazaret.
“Dios hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 45). El trabajador llamado por el dueño de la viña a última hora recibió el mismo denario que el que soportó íntegra la jornada (Mt 20, 1-16). “Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10). Publicanos y prostitutas nos precederán en el Reino de los Cielos (Mt 21, 31).
¡Son tantas las referencias evangélicas en las que el amor del Padre y la consiguiente participación en el Reino se manifiestan como don gratuito…! El hijo pródigo enmudeció su discurso entre los brazos expectantes y afectuosos del padre (Lc 15, 11-32).
Pablo ha experimentado en sí mismo la gratuidad del amor misericordioso de Dios y, de este modo, elabora su teología de la justificación.
“No hay distinción (…) todos pecaron (…) y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús” (Rom 3, 22-25). “El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 16).
¡Todo es gracia! Nuestro mercantilismo, nuestras previsiones de seguridad y de conquista del Reino, encallan ante palabras tan categóricas y elocuentes: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo – estáis salvados por pura gracia-; (…) En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios” (Ef 2, 4-9).
Respecto al Reino nuestra única compañía aseguradora es el amor infinito del Padre. No hay entidad bancaria, ni gestora de fondos de inversión mobiliarios en las que podamos ir depositando la plusvalía de nuestro caminar en la fe y nuestra solidaridad y servicio al hermano.





Salvador Egea Solórzano

sábado, 12 de octubre de 2013

ACOGIDA Y AGRADECIMIENTO

“Virgen del Camino – San Andrés” son los titulares de la parroquia malagueña enclavada en la confluencia de  las barriadas “Dos Hermanas”, “El Torcal” y “San Andrés” que la circundan y abrazan.
Con esta última expresión no aludo simplemente a su localización geográfica, sino, alegóricamente, sobre todo a la reacción cariñosa que los asiduos parroquianos manifiestan y he tenido ocasión de constatar, ante eventos singulares o en el devenir ordinario de la vida cotidiana.
La parroquia no es ajena a las necesidades de estas sencillas familias que componen la comunidad parroquial, pero, en justa correspondencia, estos hombres y mujeres, de cualquier edad, consideran algo propio, muy suyo,  lo que a “Virgen del Camino – San Andrés” se refiere.
Es una parroquia viva, dinámica, como todas las que he tenido ocasión de conocer regidas por la “Congregación religiosa de los Sagrados Corazones”.
En este marco acogedor celebró el pasado domingo, 6 de octubre, la primera Eucaristía en Málaga, mi hijo Paco, recién ordenado presbítero en Sevilla la semana anterior. De la ordenación dejé constancia en mi última entrada del blog.
Lo que trato de expresar en estas líneas no conforma una crónica, es la exteriorización de una intensa experiencia vivida las horas que conviví con los parroquianos.
Por un momento medité titular “Abrumado” este relato. Pero soy consciente de que ello supondría asumir un protagonismo que en modo alguno me corresponde. No obstante el término refleja adecuadamente los sentimientos que me embargaban.
Mi mujer y yo fuimos recibidos calurosamente por la comunidad parroquial como si se tratara de miembros permanentes de una familia que no entiende de discriminación y que abre espontáneamente sus brazos de acogida.
Este ambiente familiar fue resaltado por mi hijo en la breve alocución al comienzo de la Eucaristía.
Ya  en Sevilla, después de la ordenación de mi hijo, fueron numerosas las felicitaciones y enhorabuenas recibidas precisamente de feligreses de la parroquia malagueña desplazados desde la capital costasoleña.
Pero ha sido aquí, en Málaga, donde he podido estimar con nitidez el aprecio o cariño que la comunidad parroquial dispensa a mi hijo.
Nada puede colmar de mayor satisfacción a unos padres que contemplar estas afectuosas manifestaciones.
Por eso en el momento de la acción de gracias, después de haber recibido en la comunión el Cuerpo del Señor y ante la invitación formulada a la asamblea me atreví a expresar públicamente mi agradecimiento.
Agradecimiento al Padre porque nos ha dirigido su mirada benevolente y ha nominado a nuestro hijo Paco para ser pastor de una porción del rebaño, la Iglesia.
Agradecimiento también a toda la asamblea por tan cálida acogida, no ya a nosotros, sino a nuestro hijo durante el periodo que lleva ejerciendo su ministerio como lector y acólito, como diácono y ya como presbítero al servicio de la comunidad parroquial.
El Espíritu hará que el neopresbítero, nuestro hijo, sepa responder con generosidad, absoluta dedicación y autenticidad a tantas expectativas y tantos afectos por parte de la comunidad que lo ha recibido como regalo del Padre.



Salvador Egea Solórzano

Ordenación Sacerdotal Paco Egea SSCC 1: http://www.youtube.com/watch?v=iqgWbyIqvnM
Ordenación Sacerdotal Paco Egea SSCC 2: http://www.youtube.com/watch?v=y3Lq-lbNe1U
Primeras pinceladas de las ordenaciones: http://www.sscc.es/ampliar_noticia.php?id=970
“Olor a ovejas”. En torno a la ordenación presbiteral de mi hijo Paco: http://salvadoregea.blogspot.com.es/2013/09/olor-ovejas.html
Una primera Eucaristía que desprende amor del Padre. (Crónica "Virgen del Camino-San Andrés", Málaga):
http://www.pjvsscc.com/BlogEntrada.aspx?I=125&T=Una-primera-eucarist%C3%ADa-que-desprende-amor-del-Padre&utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

domingo, 29 de septiembre de 2013

"OLOR A OVEJAS"

"En torno a la ordenación presbiteral de mi hijo Paco"

A los que efusivamente le felicitaban, sobre todo jóvenes, a quienes mi hijo Paco acompaña en el proceso de maduración de la fe y que con insistencia se dirigían a él: “Paco, hoy es tu día”, mi hijo les remitía al único protagonista: el Padre que regala la gracia de la vocación.
El pasado 28 de septiembre en Sevilla, Parroquia “Sagrados Corazones”, mi hijo recibió la ordenación presbiteral, mediante la imposición de manos, de don Santiago Gómez Sierra, obispo auxiliar de la archidiócesis hispalense.
Aun con la salvedad con que he iniciado estas líneas, me atrevo a declarar que, si  ha habido un instante en el que, como padre, me he sentido, en cierto modo protagonista, durante la ordenación presbiteral de mi hijo ha sido en la presentación de la patena y el cáliz. Y ello no porque en la ritual procesión hacia el altar pudiera concentrar la atención de los participantes en la celebración, sino por el significado que el gesto litúrgico adquiría en aquel momento para mí.
Ofrecer la patena y el cáliz es poner en manos del neopresbítero los objetos sagrados en los que se hacen presentes el Cuerpo y Sangre del Señor.
Dos reflexiones afloraron a mi mente en tan breve recorrido.
Mi hijo Paco, por primera vez, evocaría sobre el Pan y el Vino el memorial de la Cena del Señor: “Este es mi Cuerpo (…), esta es mi Sangre…”, pero ello implica el compromiso firme de servicio a los hermanos: “Tomad aquello que sois, Cuerpo de Cristo; sed aquello que tomáis, Cuerpo de Cristo (San Agustín).
¡Qué enorme responsabilidad! Por eso he rezado mucho, he rogado al Padre que otorgue fortaleza a mi hijo para que no le defraude nunca, como tampoco a aquellos a quienes, como presbítero, ha de atender y servir.
“Sed aquello que tomáis” es despojarse de uno mismo, a imitación de Aquel que tomó la condición de esclavo (Filp 2, 6-7) y hacerse uno, con quienes está llamado a ser servidor. En palabras del Papa Francisco, tan reiteradamente comentadas, “ir a las periferias existenciales”.
“Sed aquello que tomáis” es revelarse tan diáfano y transparente que cuando enfocamos la mirada hacia el presbítero hallamos la imagen de Cristo.
“Sed aquello que tomáis” es asumir plenamente el testimonio de Pablo: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo” (1Cor 12, 27) y, por consiguiente, descubrir en cada hermano el Cristo de la fe: “lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).
“Sed aquello que tomáis” es adentrarse como pastor en medio del rebaño, acogiendo con pasión afectuosa cada una de las ovejas del redil. “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15-19) es la cita elegida en la invitación a la ordenación sacerdotal, perteneciente al evangelio leído durante la celebración. “Olor a ovejas”, reclama el Papa Francisco de todos los pastores y ha recordado mi hijo en las palabras de agradecimiento al finalizar la Eucaristía.
Fortaleza, servicio, transparencia, coherencia, actitud que evite la distorsión entre la Palabra proclamada,  Cuerpo y Sangre en la Eucaristía, y la Palabra vivida.
La segunda reflexión expresa, de algún modo, los sentimientos que me embargaban en aquellos momentos.
La única ofrenda es el Hijo que el Padre ha entregado por nuestra salvación.
Pero en lo más profundo de mi desgastado corazón yo tenía la sensación paternal de que lo que presentaba, aquello de lo que me desprendía, alegóricamente, como Abrahán (Gen 22, 1-19) y ponía en las manos del Padre era mi propio hijo Paco.
No quiero ser presuntuoso al evocar la figura del Padre de los creyentes. La fe de Abrahán es un estímulo y una meta de la que me considero muy alejado.
Sin embargo durante aquellos pasos que me acercaban al altar tuve ocasión de rememorar, como  un destello instantáneo, todas las experiencias vividas, años y años: infancia, adolescencia, juventud, madurez, de una relación única y entrañable paternofilial.
Y yo deducía, invocando mis propias vivencias, cómo el Señor va guiando nuestros pasos, abriendo caminos, cuando, a veces, nos perdemos en la oscuridad y parece que ha desaparecido el horizonte.
Sé que la consagración sacerdotal y absoluta entrega al ministerio nunca cercenan disponibilidades y afectos enraizados en el ámbito familiar, aunque siempre podamos sentir la lejanía física; al contrario, ensanchan el corazón, multiplican la ternura y el cariño, de modo que en el reparto, todos saciados, llegamos a recoger “doce cestos llenos de sobras” (Mt 14, 20).
Doy gracias a Dios en mi nombre, en el de mi mujer y resto de la familia porque el Señor ha dirigido su mirada y sorprendente y gratuitamente ha posado sus ojos sobre mi hijo. ¡Que, en todo momento, el mismo Espíritu del Señor que vino sobre David (1Sam 16, 13) esté sobre mi hijo Paco desde “aquel día en adelante”!

Salvador Egea Solórzano

domingo, 15 de septiembre de 2013

VUELAN

Vuelan las horas, vuelan los días…, los acontecimientos se precipitan en vorágine permanente. Lo dejó sentenciado el poeta: “Nuestras vidas son los ríos…” Así han ido cayendo las hojas del calendario durante este verano que termina, preludio e imagen de un otoño en el que se desnudan las higueras de mi pequeña parcela.
En la antesala del estío, el 19 de junio, me adentré en la década de los 70. Recordé la sapiencia del salmista: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan” (s. 90,10).
Sentado, cobijado en el porche, percibiendo la atmósfera relajante del atardecer, cuando la calima cede paso al crepúsculo, presidido por la luna, los sentidos se abren a múltiples sensaciones: el olor del césped recién cortado y regado, el silencio envolvente, interrumpido, a veces, por el chirrido del grillo que pretende atraer a sus hembras, los pálidos colores de la anochecida…
Y la imaginación vuela y la mente elabora sueños y el corazón palpita al ritmo de mil y una nostalgias…
Las fuerzas ya me abandonaron hace unos años cuando el chasquido fustigante del infarto me acercó al umbral de lo desconocido y me abrió los ojos a la relatividad de tantos absolutos con los que he ido jalonando los años.
Atrás ha quedado aquel primer periodo de jubilación en el que, novato jardinero y hortelano, cosechaba ilusionado, en estos días, el fruto del trabajo realizado.
Debilitada la fuerza física, la lectura ha sido mi refugio. Ha absorbido largas horas estivales y así por mis manos han pasado estos meses páginas y páginas casi monotemáticas:
Bonhoeffer, Dietrich, “El precio de la gracia. El seguimiento”
Castillo, J.M., “La humanización de Dios. Ensayo de Cristología. 2010”
Etxebarría, Lucía, “Lo verdadero es un momento de lo falso”
Francisco. Papa, “Lumen fidei”
González, Félix, “Jesús su vida oculta”
Küng, Hans, “Verdad controvertida. Memorias”
Picaza, Xabier. “Hijo de hombre. Historia de Jesús Galileo”
Leer me recuerda al caminante que ambiciona el horizonte que nunca alcanza por sus pies. Y así, este verano, un libro me ha llevado a otro y este a otro: Picaza, Bonhoeffer, Küng… y finalmente J.M. Castillo.
Es sorprendente que cuando he considerado haber recorrido el trayecto que colma mi ansia de conocimiento sobre un tema determinado, se amplía la perspectiva descubriendo nuevos horizontes, nuevos interrogantes, nuevas posibilidades y respuestas.
Bonhoeffer interpeló reiteradamente mi fe cristiana. He seleccionado dos citas:
“Sólo puede buscar a Dios quien ya le conoce." (p.133)
“Asemejarse a la forma de Jesucristo no es un ideal que se nos haya encomendado, consistente en conseguir cualquier parecido con Cristo. No somos nosotros quienes nos convertimos en imágenes; es la imagen de Dios, la persona misma de Cristo, la que quiere configurarse en nosotros (GaI 4,19). Es su propia forma la que quiere hacer brotar en nosotros. (…) Ahora quien atenta contra el hombre más pequeño atenta contra Cristo, que ha tomado una forma humana y ha restaurado en él la imagen de Dios”. (p.232)

J.M. Castillo ilustró la óptica desde la que había de iniciar el recorrido de la Cristología, al abogar por una Cristología “ascendente”, desde el hombre Jesús, en contraste con la Cristología “descendente”, tradicional, que toma como punto de partida la encarnación del Hijo de Dios.
Quiero destacar el resumen conclusivo del capítulo 2:
“Se puede decir que mientras la cristología no tenga la libertad y el coraje de afrontar seriamente los tres presupuestos que, durante siglos, se han dado por asuntos resueltos, no saldrá del callejón sin salida en que está metida. Quiero decir: si seguimos dando por supuesto que nosotros sabemos quién es Dios y, a partir de eso, pretendemos saber quién es Jesús, por ese camino nunca sabremos ni quién es Dios, ni quién es Jesús. Por otra parte, si damos por supuesto que Jesús es el único Salvador y, por tanto, el único camino de salvación, tampoco por ese camino podremos ponernos a dialogar en serio con los hombres y mujeres que tienen otras creencias religiosas. Finalmente, si damos por supuesto que, para salvarnos y acercarnos a Dios, el mismo Dios quiso y necesitó el sufrimiento y la muerte de Jesús, no nos será posible hablar en serio y cara a cara del Dios que quiere que seamos felices, que gocemos de todo lo bello y bueno que hay en la vida. (p. 73)
Muy ilustrativo es asimismo el párrafo que cito:
Hemos montado un cristianismo en el que ya no es Jesús el que nos dice cómo es la religión, sino que es la religión la que nos dice cómo es Jesús. Y entonces, lo que ha ocurrido es que la religión de toda la vida es el filtro, la rejilla hermenéutica, que nos interpreta a Jesús y que nos explica cómo hemos de entender a Jesús. De lo cual ha resultado que la religión ha deformado a Jesús. Y lo ha deformado hasta el extremo de que nos ha incapacitado para entender a Jesús, su persona, su vida y su mensaje. Un Jesús filtrado por la religión es un Jesús que pierde su originalidad, su significado y sobre todo sus exigencias. (p. 278)
Esta pasión por la lectura no ha impedido verme y considerarme afectado y sensibilizado por sucesivos acontecimientos familiares: la enfermedad de mi cuñado y la prolongada estancia hospitalaria de mi sobrina nieta, los intensos momentos en los que apreciaba la cercanía de mi nieta Lola, mientras veíamos en la tablet, una y otra vez, las aventuras de “la abeja Maya” o competíamos en alocadas carreras por el pasillo al grito imperativo de: ¡Preparado, listo, ya! He disfrutado con mis hijos sus breves días de descanso veraniego. He esperado ansioso e ilusionado el nacimiento de mi nieto Pablo y la boda de mi hija Irene, la ordenación presbiteral de mi hijo Paco…
La vida es un enmarañado acontecer de sucesos, a veces gratificantes, en ocasiones dolorosos y lamentablemente penosos. Junto a la incorporación como funcionario al ayuntamiento de Madrid de mi hijo Luis, he tenido que deplorar la reciente anexión de mi hijo Salvador al largo y deprimente listado de solicitantes de empleo en el INEM.
Me he excedido en el relato de mis vivencias, lecturas y reflexiones y vuelvo al comienzo de estas líneas con la cita del salmo 90: “Mil años en tu presencia son un ayer que pasó; una vela nocturna” (s. 90,4).
Las palabras del apóstol Pedro (2 Pe 3,8) reafirman la relatividad de tantos afanes y obsesiones que se incrustan en nuestro cotidiano devenir: “Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”.
Bellamente expresó Joan Manuel Serrat la leyenda del caminante en “Cantares”:
 “Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos.
caminos sobre la mar” (…).


Salvador Egea Solórzano