martes, 20 de mayo de 2014

IN MEMORIAM José Luis Sánchez Rodríguez

Nos resistimos a admitir que un día cualquiera la muerte se encargue de poner término a este sueño que es la vida, valga la alteración del texto de nuestro ilustre Calderón.
Aun convencidos del ineludible desenlace final no es extraño escuchar ante el fallecimiento de un familiar o amigo: “Nos hemos quedado de piedra”.
Hoy me han notificado la muerte de José Luis, compañero con quien he convivido profesionalmente durante más de dos décadas.
Los recuerdos se han agolpado en mi memoria. Años y años participando en el mismo equipo de gestión del CEIP “Arquitecto Leoz” en San Fernando (Cádiz).
“Salvador, tienes que asumir la dirección del colegio”, me incitaba en un momento crítico de renovación del Equipo Directivo.
En mis encuentros con antiguos alumnos indefectiblemente me preguntan por José Luis. Dejó huella en el alumnado, que recuerda excursiones, actividades  extralectivas, amén de a su profesor de matemáticas. Años de la E.G.B., en los que en las escuelas permanecían los alumnos hasta los catorce, algunos hasta los dieciséis años. Campechanía, buen humor, sintonía con el alumnado, receptivo con los padres…, pionero en la implantación de la informática en el colegio desde la secretaría, cuando la mayoría de los profesionales éramos analfabetos en las nuevas tecnologías, especialista capaz de subsanar cualquier desperfecto que pudiera interrumpir el ritmo cotidiano, de montar un decorado e instalar todo el equipo megafónico para las ocasiones, cuando alguien como yo, a lo más que llegaba era a pulsar el interruptor.
Su colaboración desinteresada en la celebración del 25º Aniversario de la inauguración del colegio, una vez prematuramente jubilado por  enfermedad, fue notabilísima. Gracias a su disponibilidad y maestría se editó el DVD “25º Aniversario”.
El destino ha determinado que en este trance último que es el paso a la eternidad me hayan precedido los dos compañeros, Paco M. Mainé y José Luis Sánchez, más jóvenes que yo, con los que he compartido tantos años de ilusiones, trabajo, esfuerzo, creatividad, afán de superación y sobre todo amistad.
¡Descansen en paz!

Salvador Egea Solórzano

domingo, 18 de mayo de 2014

"PUENTE LAVAERA"



Un frágil entablado que se apoya en un pilar central, sin la prestancia del mítico puente “San Francisco” o el más próximo “V Centenario” sevillano figura en cabecera de mi web blog y en mis portadas de Facebook y Twitter. Es el puente “Lavaera”.
La imagen forma parte del paisaje “Parque natural de la Bahía Gaditana”. Concretamente, en el entramado de marismas, salva el curso del caño “Carrascón” que da nombre al sendero peatonal que, naciendo en el “Zaporito” y bordeando la corriente marina, concluye en la confluencia con el caño “Sancti Petri”, ya en el puerto pesquero “Gallineras”.
Es un entorno privilegiado que he recorrido en varias ocasiones. Constituye el flanco sudeste  de la “Isla de León”, al límite de los términos municipales de Chiclana y San Fernando (Cádiz). Merece la pena en primavera adentrarse serpenteando las sinuosidades del sendero y contemplar al amanecer o en la atardecida, fauna y flora autóctonas. La brisa salobre, la variedad de sonidos de las distintas especies de aves acuáticas, el susurro del agua borboteante que se desliza en pequeñas cascadas…, sensaciones que atraen y concentran todos  los sentidos.
No es la belleza del paisaje, no obstante, el motivo principal de mi elección. Por expreso deseo de mi hermano, isleño de nacimiento, extremeño de adopción, fallecido en Mérida, sus cenizas fueron esparcidas en las aguas del caño en las proximidades del puente “Lavaera”.
Hay un argumento más simbólico que motivó mi decisión de elegir el puente como imagen que facilita el acceso a mis reflexiones, relatos y comentarios.
Con frecuencia los ríos delimitan fronteras, en todo caso separan territorios. El puente une. Aun destartalado y precario permite que desde “el yo” decidamos  llegar “al otro”. “El yo” es territorio, espacio que define la propia identidad. Lo que hemos ido modelando a lo largo de los años y que aún hoy contemplamos como obra inacabada. El riesgo es que la autocomplacencia nos configure como islas en el inmenso océano.
Es necesario cruzar el puente una y mil veces. “El otro” nos espera en la orilla opuesta. No podemos defraudarlo. La aproximación, la cercanía ha de permitir apreciar el misterio de cada persona. Desde esta cercanía podremos abrazar al otro como hermano.
En una sociedad que fácilmente banaliza lo fundamental e importante y tiende hacia lo superficial y desechable, el puente cumple otra función esencial. Cruzarlo nos permite también acceder a lo más recóndito de nosotros mismos desde el flujo de actividades y acontecimientos cotidianos que se suceden, a menudo, sin ocasión de detener el proceso.
En ello nos jugamos dar sentido coherente y decisivo a nuestra presencia en el mundo.
Una tercera apreciación me sugiere el puente: enlaza el pasado y el futuro. El puente nos conduce desde lo conocido porque lo hemos ido construyendo y vivido hacia la aventura del mañana, de lo aún inexplorado y que suscita en nosotros sentimientos encontrados: esperanza, recelo, ilusión, incertidumbre…
Es preciso arriesgar. No se permite permanecer estático contemplando el curso de la corriente que discurre bajo nuestros pies. En la otra orilla irá concluyendo la historia que se proyectó cuando se iniciaron los primeros pasos hasta culminar en la meta definitiva: los brazos del Padre.
El puente “Lavaera”, vetusto y quebradizo, desvela, cuando accedo a las redes sociales, todo su singular encanto y simbolismo.

Salvador Egea Solórzano






viernes, 9 de mayo de 2014

METÁFORA DE LA VIDA


METÁFORA DE LA VIDA

Bimba está cansada; mejor, Bimba vive cansada. Bimba es mi mascota. Los vecinos que la observan en cualquiera de los cuatro rutinarios recorridos comentan: “Es muy mayor, ¿verdad?” Yo asiento dubitativo: “Debe de tener alrededor de 16 años”. No puedo precisar una edad segura, pues a Bimba la recogimos en una chatarrería, sin pedigrí alguno.
Con contundencia afirmo: “Está bien cuidada. Su cartilla veterinaria, al día. Incluso hace seis años superó la prueba crítica de la piómetra y la filosiosis canina (gusano del corazón)”
Su angustioso jadeo después del mínimo esfuerzo que supone la salida de casa, donde discurre el día encamada en su rincón en un dormivela, la delata.
Han pasado rápidamente los años desde aquel mes de mayo en el que, a instancias de mis hijos, entró por vez primera en casa como regalo por el día de las madres.
Nunca me atrajo la convivencia con una mascota, consciente de la dependencia que ello supondría en un plazo determinado, cuando mis hijos, uno tras otro, fueran abandonando el hogar y remontando el vuelo para iniciar sus aventuras autónomas.
Con regularidad instintiva Bimba me busca a la hora del paseo, así como abandona su rincón y se incorpora pesadamente, acercándose a mi mujer cuando nos sentamos junto a la mesa en la cocina a medio día y al anochecer.
Los roles están definidos y Bimba es consciente de ello.
Nosotros, mi mujer y yo, vislumbramos no muy lejano el día en que Bimba nos deje definitivamente solos. Sin duda la echaremos de menos. Su presencia en casa atrae necesariamente nuestra solicitud. Llegado el momento, supliremos la ausencia. Procuraremos fijar ambos más nuestra atención recíprocamente, ahora que la edad también nos hace más sensibles y dependientes.
Habituado a explorar la trascendencia en cualquier acontecimiento de mi vida, descubro en Bimba la analogía. Sin buscarlos vienen al recuerdo hombres cansados, decepcionados, desilusionados, sin esperanza alguna, sin ansias de vivir…
A veces nos cruzamos con ellos sin percatarnos, porque también nosotros nos sumergimos en la vorágine que nos lleva y nos trae sin pausa.
Extraña que estas situaciones persistan en sociedades avanzadas, saturadas de tecnología y bienestar.
“El número de suicidios en Finlandia en el 2013 se incrementó en un cinco por ciento en comparación con el año anterior” (El Mundo, 20 enero 2014).
Cada ciudadano que decide cercenar bruscamente su vida es un fracaso colectivo.
¿No compartimos una “aldea global”? ¿No constituimos una gran familia en este minúsculo planeta Tierra? ¿Se ha diluido hasta desaparecer por algún resquicio imperceptible la solidaridad entre los seres humanos?
Bimba me abre hoy los ojos para ir más allá de las sombras sin rostros identificables. Bimba me incita a mirar cara a cara a cada persona y penetrar hasta su corazón doliente y acongojado. Es el último servicio de Bimba, metáfora de la vida.

Salvador Egea Solórzano



domingo, 20 de abril de 2014

EN LA NOCHE DE PASCUA

Era como adentrarse en el sepulcro vacío: oscuridad, noche, soledad…
Así iba buscando la experiencia, la cercanía, la tangibilidad de Dios. ¡Qué equivocado estaba! ¡Que desorientado! ¡Cómo se perdían mis pasos!
A veces corría como un joven persiguiendo la ilusión, la esperanza. Otras, cargado con el fardo de tantas “negaciones”, mis pasos eran lentos; mas siempre, siempre, allí descubría sólo los lienzos, bien dispuestos, sí, pero a El no lo encontraba…
¿Cómo iba a descubrirlo si es El quien sale a mi encuentro?
Cuanto más me afanaba, cuanto más confiaba en mis debilitadas fuerzas, más percibía que alejaba el momento del abrazo, más advertía que desviaba mi errante y errado deambular.
Tenía que amar como María la Magdalena y la otra María, tenía que fiarme absolutamente, tenía que entregarme sin reservas, tenía que realizar el itinerario desde Galilea a Jerusalén junto a El (no es cuestión de espacio y tiempo, es cuestión de amor), para, llegado el momento, escuchar dentro de mi: “Alégrate”.
Entonces, sí, apagadas todas las luces exteriores, sordo mi corazón a todo ruido extraño, pude abrazar los pies.
Y ya no tuve miedo. Volveré a Galilea y allí nuevamente lo encontraré junto a mis hermanos. ¡Ha resucitado!


Salvador Egea Solórzano

miércoles, 16 de abril de 2014

ERA UN DÍA MÁS


No me preguntéis cómo llegó. ¿Arriesgó su vida cruzando el estrecho en uno de esos enjambres migratorios que se deslizan o naufragan en frágiles pateras? ¿Tuvo la osadía suicida de saltar la verja de alambres de espinos, cuchillas y mallas que configuran el perímetro fronterizo de Melilla?
No me acerqué a él. ¿Era necesario descubrir su procedencia, su  país de origen, su nombre?
Sólo unos días antes había tenido ocasión de visionar una película documental, cuyos protagonistas relatan su experiencia personal en el itinerario desde el África subsahariana hacia tierras españolas.
Desarraigo, jornadas agotadoras, hambre, sed, desierto, cárcel, enfermedad, violencia, persecuciones y huidas…, riesgos todos ellos asumidos durante meses, normalmente años, para intentar acceder al sueño europeo.
Personalicé en quien tenía ante mis ojos, delante de mí, las historias lacerantes del documental que incisivamente me había impactado.
Sobre la acera una tela de poco más de metro cuadrado. La mercancía se repetía alternativamente entre un “mantero” y otro: surtido de gafas de sol y copias fraudulentas de DVD.
Los transeúntes, habituados a la escena, indiferentes, pasaban de largo.
Permanecía en pie, apoyada fatigosamente la espalda en la fachada de una cualquiera de las viviendas dieciochescas en los aledaños de la ”Plaza de las Flores” gaditana. Mirada cansina.
En un determinado momento, velozmente, cual felino huidizo, tiró de las cuatro esquinas de la tela y toda la mercancía expuesta quedó transformada en un hatillo que engulló el muestrario. Una pareja de la policía local se acercaba, indolente, en su ronda de vigilancia. Pasados unos minutos nuevamente el “escaparate” se mostraba al público, después de, pacientemente, ir disponiendo sobre el lienzo la mercadería.
Antes, dirigió, una y otra vez la atención, inquieto y temeroso, hacia el punto por donde habían desaparecido de la vista los agentes locales.
Era un día más. Simplemente sábado, víspera del “Domingo de Ramos”…


Salvador Egea Solórzano

lunes, 17 de marzo de 2014

TESTAMENTO (1)

“Levantan y enrollan mi vida
como una tienda de pastores.
Como un tejedor devanaba yo mi vida,
y me cortan la trama” Is 38, 12

No recuerdo el día, las circunstancias… Sí permanece hondamente impresa en mi memoria la huella que grabó la lectura del breve texto del profeta Isaías. He querido por ello que introdujera estas líneas.
La belleza literaria de las imágenes me cautivó. Expresan con elocuencia poética el estado anímico del hombre que presiente el final de sus días.
Al término de los capítulos pertenecientes al primer Isaías, el profeta pone en boca de Ezequías, rey de Judá, un poema elegíaco en el que se lamenta y muestra desconcierto ante el anuncio de su próxima muerte.
La intervención del profeta, las lágrimas del rey, la oración y la confianza en Yavé (“Sálvame,  Señor,  y  tocaremos  nuestras  arpas todos los días en la casa del Señor” v 20), hicieron que Ezequías obtuviera quince años más de vida.
Mera coincidencia, pero cuando en diciembre de 2009 el cirujano cardíaco firmó el alta clínica después de la intervención quirúrgica a la que fui sometido y en la que me instalaron tres “bypass”, también él en tono cordial me vaticinó quince años de garantía.
No es que tomase en serio el pronóstico complaciente del galeno, pero sí supuso el infarto que me llevó a la urgencia hospitalaria un aldabonazo que me alertaba de que, a partir de aquel momento, yo entraba en una fase última y definitiva de mi vida. Ignoro, evidentemente durante cuántos años, pero este dato es ya de por sí irrelevante.
Tal vez por ello los versos del poema me impactaron provocativamente.
Desde joven, cuando he tenido ocasión, he utilizado la escritura como forma de comunicación conmigo mismo y con el mundo exterior.
Escribir me facilita avivar recuerdos, expresar más pulidamente los sentimientos que la mayoría de las veces, por desmedido pudor, eludo exteriorizar.
Pero, no soy escritor. Soy un artesano del lenguaje que hilvana palabras como un niño enlaza piezas de un puzzle con la intención de configurar un paisaje, una imagen colorista. En mi caso se trata de un puzzle de experiencias y sentimientos que han ido jalonando diferentes etapas de mi vida.
Alcanzada ya la atalaya del camino en la que se otea el largo trayecto recorrido y se vislumbra más cercana la meta es momento propicio para reflexiones, a modo de balance que,  junto a objetivos más o menos superados o frustrados, incluyen igualmente esperanzas y deseos para el velado futuro.
Sin embargo, no pretendo ahora redactar un memorándum en el que ir desglosando autobiográficamente el relato de mi vida. ¿A quién pudiera interesar? Lo vivido, vivido está, es el pasado que pertenece a la historia, a  mi propia íntima historia y a la historia de todas aquellas personas que han coparticipado conmigo en el gran teatro de la vida.
Me importa el futuro, en tanto en cuanto es un tramo del camino aún por recorrer, así como porque en él son también protagonistas, aun después de que yo haya alcanzado la meta, tantas personas a las que me unen entrañables lazos afectivos.
Porque mi futuro es tan sólo un episodio temporal que se inserta en el más extenso proceso vital de mi mujer, (así lo espero), de mis hijos, mis nietos y de todos los familiares y amigos que me sobrevivirán.
Sin duda, desde una perspectiva inmanente, el futuro, el camino que me resta recorrer, culmina en su lógica meta: la muerte.
En otra ocasión he expresado mis reflexiones y actitud ante el inexorable evento que, antes o después, llama a nuestra puerta.
Desde la fe en Cristo resucitado el creyente goza de una perspectiva reconfortante: la muerte ha dejado de ser la meta definitiva.
Conservo la homilía que el P. Félix González, ss.cc., nos dirigió a familiares y amigos el 17 de agosto de 2012 durante la celebración eucarística en memoria de mi hermano Eugenio, fallecido meses antes.
De ella extraigo el siguiente párrafo: “Suena un tanto extraño emplear la palabra celebración para un acontecimiento que siempre conlleva dolor y ausencia. Pero considerado bajo el prisma de la fe, no hay otra manera de calificarlo. Porque en realidad de la buena, lo que celebramos no es la muerte, sino la resurrección”.
Paulatinamente he ido asimilando y aceptando la inevitabilidad de la muerte hacia la que nos conducen progresivamente el deterioro físico corporal, las limitaciones inherentes a nuestra condición material.
No es ajena a esta actitud la serena confianza que filialmente inspiran las palabras de Jesús en la cruz: “En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
A veces he pensado y deseado que los textos litúrgicos que se leyeran durante la misa “corpore insepulto” fueran los correspondientes a la Eucaristía de “Acción de gracias”, según el ritual romano. Quisiera con ello eliminar todo rastro de tristeza, lágrimas y dolor que siempre nos acompañan en la pérdida de un ser querido.
Pero, bien pensado, la Eucaristía es ya, en sí misma, al margen de los textos litúrgicos leídos, la expresión más sublime de “Acción de gracias” que la comunidad creyente pueda celebrar.
“Acción de gracias” porque en ella se hace presencia Cristo muerto y resucitado (memorial de la muerte y resurrección del Señor). “Acción de gracias”, en este caso también, porque tenemos la firme convicción que “si morimos con Él, viviremos con Él” (2 Tim 2, 11)
En presencia de la muerte, nos recordaba el P. Francisco Piñero, ss.cc., en la homilía durante el funeral de su padre (17 de enero de 2012), se dan tres reacciones naturales: “el escepticismo, la perplejidad, o el reconocimiento de la pobreza humana.
 - El escepticismo es la reacción de aquellos que sólo ven a través de los ojos físicos, se quedan en la constatación de la derrota del cuerpo humano y piensan que más allá de la muerte nos espera “tierra por encima y tierra por debajo”.
- La perplejidad  es la reacción de los que se sublevan contra la percepción racional de la vida humana como una experiencia apasionante pero inútil, y que no saben o bien no pueden dar un paso más allá.
- La constatación de la pobreza es el descubrimiento y la aceptación de la grandeza y de los límites de la existencia humana, pero que, al mismo tiempo, ponemos la mano como un pobre que pide la ayuda de quien nos puede socorrer, comprender; nos puede sacar de la oscuridad y nos puede dar el sentido de lo que ocurre”.
A la luz del texto de la 1ª carta de Pablo a los corintios, continua y afirma: “Jesucristo no ha venido a eliminar el dolor. Tampoco ha venido a explicarlo. Jesucristo ha venido a llenarlo con su presencia”.
Deseo, de todo corazón, que esta comprensión cristiana del “desenlace final”, inunde el espíritu de todos los que celebren mi resurrección a la Vida, privilegiando a los más próximos en el cariño y la amistad.
Mis reflexiones sobre la muerte, enmarcadas en el título “Vivo sin vivir en mí…” suscitaron que algún lector del blog se inquietara afectuosamente por mi estado anímico o enfermedad. En aquel momento agradecí aquella afable preocupación. Pero, no; tanto entonces, como hoy no se trata de enfermedad alguna. Al menos no significativamente más enfermo que lo que supone controlar, mediante la medicación prescrita, los componentes vitales de un septuagenario.
Trato simplemente de dejar abierto el corazón para que en el futuro, que va haciéndose presente cada día, afloren, ya transformadas en realidades tangibles y fehacientes las esperanzas y deseos que hoy anidan como aspiraciones y anhelos en gestación
Tal vez y hasta llegar a la meta del camino, en ese día a día que trueca el futuro en presente, aún sea yo testigo privilegiado, al menos en parte, de esta transformación.
Queda emplazada esta segunda parte para “Testamento (2)”.


Salvador Egea Solórzano

lunes, 3 de marzo de 2014

REVOLTIJO


- La familia se reúne -
  
Pausadamente, como los primeros rayos matutinos disipan la oscuridad de la noche, así fueron llegando, uno tras otro, eludiendo disciplinadamente cualquier atropello. Buscaron en su escalonada presencia que degustásemos individualmente la alegría del reencuentro.
Es ya un inusitado regalo hallarnos reunida toda la familia: ¡cuarenta y ocho volátiles horas!
¡Misterio! ¿Cómo nos vamos a ajustar en espacios milimetrados padres, hijos, yerno, nueras y nietos? Primera opción… ¡bueno, no!, segunda…
El llanto de Candela por aquí, los juegos y risas de Lola por allá…
Pablo pone un poco de “cordura” y descansa placidamente después de un largo trayecto. Ha sido el último en llegar. Aunque el “Alvia” vuele y acorte distancias, son demasiadas horas para tan sólo seis meses entre nosotros.
Las habitaciones son un revoltijo;  ¿quién pone orden? Maletas abiertas, coches capota, cambiador de bebé, trasvase de enseres domésticos que han perdido su ubicación habitual…
El abuelo, sentado en la esquina del sofá, anota improvisadamente, en un momento de calma, las cuatro impresiones que bullen en su cabeza. La abuela es la señora de la cocina.
¿Preparamos la mesa aquí mismo o en salón? Preferimos reservar el salón, aunque sea para no “marearnos” buscando dónde encontrar emplazamiento provisional a tantos bártulos.
Abrimos espacios, hacemos hueco que parecía imposible y nueve adultos nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina.
Lola ya ha comido. Pero ¿quién le quita el gusto de acomodarse en el regazo de su madrina y compartir con ella mínimamente el pastel de carne? Candela prefiere alternativamente los brazos paternos y maternos ¡es la costumbre que crea hábito! Pablo, tranquilo, estrena la trona que tiempo atrás ocupó su prima Lola.
Las aguas vuelven a su cauce y mientras el lavavajillas realiza su función, pequeños y mayores sesteamos reposadamente o simplemente cabeceamos sentados en el sofá un inquieto sueño arrullados por el monótono susurro de la película de la tele y pendientes del despertar de los niños.
Hemos esperado el encuentro familiar para celebrar con cuatro días de retraso el tercer cumpleaños de Lola.
Los abuelos somos madrugadores y cuando empiezan a desfilar los dormilones hemos completado nuestra rutina diaria mañanera: primer café, oración, lectura, hemos “engrasado” la maquinaria que nos permite iniciar las labores domésticas…
Lola es bullanguera, se siente protagonista en la celebración de su aniversario.
“A la tercera va la vencida” y con un poco de ayuda las velitas encendidas dejan de parpadear sobre la tarta.
El desayuno es un momento más en el que nos hallamos reunidos. Las miradas solícitas y cariñosas, los comentarios y carantoñas se dirigen a los tres príncipes de la casa.
El abuelo observa y al tiempo que obtiene algunas instantáneas con su cámara, va grabando toda una película que almacena en los recovecos del recuerdo.
No hay cumpleaños sin regalos y Lola va de sorpresa en sorpresa deshaciendo nerviosa el envoltorio de cada obsequio.
Paco, en Colombia durante la pasada Navidad, entrega también un detalle personal a cada miembro de la familia.
Hay un momento en que las horas comienzan a resultar aviesas. El tiempo se transforma en adversario: juega en nuestra contra. Descubrimos que inexorable se acorta. Vivir con más intensidad el instante, la coyuntura, es el único remedio.
Así lo hacemos hasta que comienza el fatídico trance de la despedida.
Los abuelos quisiéramos disfrutar individualmente de nuestros hijos y nietos. Expresarle a cada uno la inmensidad del cariño que, en la ausencia, vamos acumulando diariamente. Los abuelos quisiéramos tenerlos a todos juntos en casa, como cuando jóvenes, pletóricos de ilusiones y proyectos no pensábamos en nosotros porque teníamos en nuestras manos lo más preciado que pudiéramos desear. Los abuelos quisiéramos todo…, lo posible y lo imposible.
Pero…, la casa vuelve a quedarse vacía. Tan sólo en algún rincón del recuerdo resuenan la inquietud de Candela, la algarabía de Lola, la sonrisa dibujada de Pablo…
Contamos los días para el próximo encuentro. Mientras, nos llena el corazón la súplica, la exigencia de Lola a los padres camino de su casa en Sevilla: “¡No quiero dormir aquí, quiero dormir en casa de los abuelos!”,


Salvador Egea Solórzano

viernes, 14 de febrero de 2014

MIEDOS


Tantos años leyendo o escuchando en las celebraciones litúrgicas las cartas de Pablo para que, sorpresivamente, hace sólo unos días, me sintieran desconcertado por la confesión del apóstol: “Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo” (1Cor 2, 3).
¿Quién, Saulo de Tarso? ¿El arrogante inquisidor de los seguidores del Camino, según testimonia Lucas? (Hch 9, 1-30). ¿El converso discípulo del Resucitado?
¡El incansable mensajero del kerigma cristiano que en la Carta a los Romanos interpela: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?”! (Rom 8, 35).

Verdaderamente quedé algo confuso. La imagen “temblando de miedo” no encajaba en el estereotipo que me había construido de Pablo. Más bien he tenido siempre la percepción de su recia, impetuosa y valiente personalidad, capaz de soportar por la extensión del Reino las más diversas pruebas: “Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado;
tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligro de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer y desnudez” (2Cor 11, 24-27).
El Pablo que recorrió tenaz e incansable, de un extremo a otro, los límites del Imperio es el mismo Pablo que abre su corazón a los corintios con la citada y sincera declaración.
Reflexionando y dirigiendo una mirada introspectiva fui rememorando los “miedos” que, en tantas ocasiones, en mi vida han paralizado proyectos, ralentizando “sine die” propósitos, relajando actitudes comprometidas…
Podía identificarme totalmente con el icono de Pablo en su presentación a los corintios. Pero…
Es evidente que el miedo de Pablo no fue paralizante.
En mi caso, atrás quedaron los temores infantiles, los desasosiegos adolescentes e incluso las aprensiones y desconfianzas de la madurez.
El incierto o tal vez vislumbrado futuro que estamos dejando a la generación que hemos engendrado es lo que me desvela e intranquiliza.
Se repite reiteradamente que es la primera vez que una generación posterior vivirá peor que la precedente.
Lo estamos experimentando ya. Trabajo precario, por lo general, cuando se ha logrado evadir la pesada losa del paro crónico. Recortes en prestaciones sociales, sanidad, educación… Condiciones leoninas para obtener una pensión digna.
Los análisis e informes socioeconómicos confirman cómo se acrecienta la brecha entre los extremos de las clases sociales, diluyéndose la hasta ahora clase media. Se denuncia el incremento alarmante y desgarrador del número de familias, ciudadanos que malviven por debajo del umbral de la pobreza.
Cuando estas perspectivas dejan de ser exclusivamente titulares en las portadas de los rotativos y medios audiovisuales y las descubrimos en el ámbito próximo en el que convivimos allegados, vecinos, conocidos y amigos, la ansiedad se adueña fácilmente de nosotros al reconocer rostros con nombres y apellidos.
Tal vez sea porque llevaba tiempo preocupado por esta realidad social de un presente y un futuro degradado por lo que tan incisivamente me impactó la confesión de Pablo.
El miedo de Pablo no fue paralizante, me repito a mi mismo. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer? He aquí la pregunta clave.
Atrapados estamos en una tupida tela de araña tejida por fuerzas que nos sobrepasan y a las que nos resulta difícil, ahora sí, señalar con nombres y apellidos: macroeconomía, capitalismo salvaje, ingeniería financiera…
Ya ni el poder político escapa al desmedido control y ambición de los anónimos fantasmas que dictan directrices que acatan sumisamente los gobiernos y que nos aprisionan con sus tentáculos.
He leído que la crisis terminará cuando esos depredadores e insaciables monstruos oligárquicos lleguen a la convicción de que una mayor depauperación de la sociedad pondría en riesgo sus ilimitados beneficios económicos.
Vuelvo mis ojos a Pablo porque, a pesar del declarado miedo, su actitud es paradigmática. La vida de Pablo certifica que el miedo no puede, ni debe ser obstáculo para avanzar en la tarea de transformación de la sociedad.
En el empeño Pablo culminó su vida truncada violentamente.
Probablemente no veamos cumplidos todos nuestros más apremiantes anhelos. No obstante la utopía ha de tener la atracción suficiente para polarizar nuestras energías en una lenta, aunque definitiva instauración de una sociedad más justa, equilibrada y fraternalmente solidaria.

                                                                                         Salvador Egea Solórzano   

jueves, 16 de enero de 2014

LLEGÓ CANDELA


         
Calificamos y clasificamos ya en la primera infancia, aunque no acertemos a verbalizar nuestras valoraciones. Es un elemento más en el proceso de aprendizaje.
Desde la incipiente experiencia infantil nuestro vocabulario se enriquece con un sin número de categorías que referimos a objetos y personas: necesario, prescindible; útil, inadecuado; lucrativo, ruinoso; fascinante, repelente…
Nuestro cerebro se configura y estructura de tal modo que, llegado el momento, catalogamos, encasillamos y jerarquizamos, a menudo, instintivamente.
¡Cuántas veces sobre todo jóvenes y adultos  hemos rectificado, impulsados por la evidencia,  apreciaciones con que etiquetamos fácilmente sin más análisis previo!
Los años y la  vida ayudan a relativizar juicios apriorísticos y estimaciones basadas en criterios nada objetivos.
Observar cuidadosamente y ser capaz de tamizar criterios aparentemente indiscutibles nos ayuda a ser más comprensivos y, a la postre, hasta más humanos.
Estas cavilaciones afloraban en mi mente mientras mis ojos cautivos contemplaban a la recién nacida nieta Candela.
¿Qué tendrían que ver tales elucubraciones pseudofilosóficas con el primer regalo que recibía en la pasada Navidad?
Candela llegó a los brazos de quienes la esperábamos expectantes el 15 de diciembre pasado a las 5:05 h. Abundante cabellera negra y unos ojos que se abrieron pronto a la vida la singularizaban respecto a su hermana.
El 24 de febrero de 2011 nació Lola. En unos días cumplirá tres años. Los kilómetros que nos distancian no han impedido que haya podido seguir su evolución desde bebé hasta la fantasiosa, mimosa y vivaracha princesa (perdón, no quiere que la llamen princesa) que gozosamente me sorprende cada vez que llega la ocasión de estrecharla en un abrazo.
Entre Lola y Candela, Pablo. Madrileño, “Pichi”, como cariñosamente he escuchado decir al padre. Nacido el 26 de agosto, tan sólo unos meses se anticipó a Candela. Tenía prisa por integrarse en la familia.
¡Qué rápidamente se ha incrementado la prole! ¡En qué poco tiempo he llegado a abuelo de tres nietos!
Ahora que cada mañana al despertar los atraigo a mi recuerdo soy incapaz de sentenciar quien de los tres es el primero.
He aquí una de esas categorías que me rechinan como si sólo rememorarla produjera la repulsa de la jerarquización y clasificaciones a las que me refería al principio de estas líneas.
Con razonamiento cronológico intentarán convencerme, aludiendo a la evidencia, que hay una jerarquía: Lola, Pablo, Candela.
Pero a mis años y en calidad de abuelo justifico mi rechazo a cualquier orden, rango y escalafón.
Ya mi cerebro está desestructurado, ya no concibo ni entiendo tantas declaraciones y asertos categóricos, ya prefiero quedarme con el corazón abierto: sensaciones, sentimientos, emociones…
¿En función de qué criterios voy a jerarquizar lo que mi corazón experimenta como irrepetible e injerarquizable?
Lola será siempre Lola, Pablo será siempre Pablo, Candela será siempre Candela.  Mi corazón no entiende de rangos ni jerarquías.
“Hipertrofia del ventrículo izquierdo” han dictaminado los galenos hace ya muchos años. Yo creo que si los modernos artilugios de diagnósticos (T.A.C., Resonancia Magnética) fueran más eficientes escudriñadores descubrirían que desde hace tres años es mi corazón entero el que está hipertrofiado, pues cada uno de mis nietos llena por completo la cavidad cardíaca. Y en ella Lola, Pablo y Candela intuyen un personal e intransferible ¡te quiero!

Salvador Egea Solórzano



            

sábado, 7 de diciembre de 2013

TÚ Y YO SOMOS DOCE

Son recuerdos permanentes, huellas indelebles, ¿cómo puede esfumarse la memoria del primer encuentro, de aquellos momentos en los que juntos fuimos tejiendo el proyecto del que hoy, con la mirada retrospectiva, nos sentimos legítima y honradamente satisfechos?
El destino, el azar, nosotros siempre hemos entendido que la mano providente del Padre, fue determinando el camino hacia la ocasión del acercamiento.
Seguimos convencidos de que nuestras vidas, errantes hasta entonces, estaban convocadas hacia una fructífera confluencia.
Nuestro proyecto, como todo diseño juvenil, se fraguó pletórico de ilusiones y sueños: Tú y yo, dos vidas que decidimos iniciar la aventura...
“Los sueños, sueños son”, sentencia nuestro clásico Calderón por boca de Segismundo.
En nuestro caso, los sueños se han visto superados por la realidad, como si al despertar y abrir los ojos cada mañana fuéramos descubriendo el regalo diario del amanecer, de los hijos que, sin darnos cuenta, o tal vez sí, se han hecho hombres, de las respectivas parejas que han enriquecido la familia, de los nietos que hoy colman nuestro renqueante corazón de felicidad.
Y muy pronto, sólo dentro de unos días, Candela. Ambos la esperamos como Navidad que adelanta unas horas. Pues, nacida del amor, es también, de alguna forma, imagen del Amor que ha estado siempre presente en nuestras vidas.
¿Quién nos lo iba a decir hace treinta y siete años, cuando en la Nochebuena de 1976 nos comprometimos ante el altar, testigo de tantos eventos familiares posteriores, a caminar juntos de por vida?
“Ciencia exacta” es la expresión con que se alude a las Matemáticas, dada la indefectible seguridad que determinan sus postulados y axiomas lógicos.
Pero al contemplar todo el proceso que nos ha traído al momento presente hoy quiero reconocer que “las cuentas no me cuadran”.
He aprendido con los años que, en determinadas circunstancias, debo prescindir de la lógica.
¿No hay un pequeño resquicio que permita, por una sola vez al menos, violar la pétrea estructura del razonamiento matemático? ¿Todo en la vida es silogismo deductivo?
¡No!, a mí hoy  no me “salen las cuentas”.
Con el aplomo que permite y facilita nuestra propia experiencia y sin ánimo de irritar a los académicos matemáticos, afirmo rotundo: ¡Puri, tú y yo somos doce!


Salvador Egea Solórzano

domingo, 17 de noviembre de 2013

¡YA ERA HORA!

¡Ya era hora! Últimamente mis hijos aguardan, ignoro si con ansiada expectación o cierta dosis de frivolidad cariñosa, mi comentario sobre cualquier evento familiar. El inicio del otoño ha sido prolijo en este tipo de acontecimientos. Uno de ellos, la boda de mi hija Irene y Manuel.
Yo me voy a permitir también una cuota de ligereza en esta glosa dejando a la sabia interpretación del lector el significado de la exclamación con que encabezo el artículo. ¿Ya era hora que escribiera el comentario o que mi hija pasase por la vicaría?
Doy algunas pistas. Manuel y mi hija contrajeron matrimonio canónico el pasado 19 de octubre en la parroquia de “El  Buen Pastor” de San Fernando. Ha transcurrido un mes desde tan feliz y emotiva celebración presidida por mi hijo Paco, recién ordenado presbítero.
Ni mi bolígrafo se había quedado sin tinta, ni el ordenador había sido infectado por algún virus pernicioso que afectara a su sistema operativo. Mi blog (http://salvadoregea.blogspot.com.es/) siguió activo, admitiendo entradas.
¡Qué de tiempo he tardado en decidirme a escribir sobre la boda de Irene y Manuel! ¡Ya era hora!
Por otra parte, Irene y Manuel llevan conviviendo alrededor de un lustro. Han sido pioneros en hacerme abuelo. Mi adorada nieta Lola cumplirá muy pronto tres años. Próximamente ambos pondrán nuevamente en mis brazos el fruto de su entrega y cariño recíprocos: mi nieta Candela.
Tengo que dejar bien claro en este momento que desde que Irene y Manuel confirmaron mutuamente su propósito de proyecto común de vida, a partir de entonces, constituyeron tanto para mi mujer como para mi, un matrimonio en el que Dios ha estado presente. Esto no fue un simple e ingenuo anhelo, sino una realidad consumada.
Manuel comenzó a formar parte de nuestra familia. Yerno es el término del que la R.A.E. se sirve en su diccionario para definir la relación, aunque nosotros apreciamos más, en estos casos, los tan significativos y expresivos hijo e hija.
Pues bien, el enlace matrimonial ha tardado cinco años en ratificarse. ¡Ya era hora!
Como padrino viví intensamente la celebración religiosa, consciente de la importante función de testigo privilegiado del sacramento que unía indisolublemente a los contrayentes ante Dios y la Iglesia. Unión de la que mi nieta Lola era ya presencia viva y gratificante.
Mi nieta, muy despierta, suele afirmar que ella también se casó el 19 de octubre. Tal vez sea porque, en algún instante, se sintió protagonista portando las alianzas y las arras…, o quizás porque, como su madre, se recreó vestida de “princesa”.
En una celebración tan familiar, en el pleno sentido de la palabra, pues, como quedó escrito, estuvo presidida por el hermano de la novia, hay momentos reservados para la oración espontánea y la expresión libre de sentimientos.
Transcribo dos párrafos del sentido y emotivo texto que Irene leyó al final de la celebración.
El primero termina con una lacónica respuesta de Manuel que especialmente me cautivó y que yo hubiera suscrito en mi juventud en circunstancia análoga. También en algún momento de la relación previa al matrimonio se me sugirió que aparcáramos durante cierto tiempo nuestro proyecto. Mi suegra se encontraba en situación de extrema dependencia y mi mujer consideraba que no era oportuno seguir adelante.
He aquí el párrafo, leído por Irene: “Aquel verano que comenzamos, yo tenía un lío muy grande en mi interior. El iba y venía y me rondaba como envuelve el aire de Sevilla, cálido y más tranquilo. Yo que por aquel entonces ya me encontraba agustísimo con él, le respondí un día como el viento de levante gaditano:
- Vamos a cortar aquí. Que sepas que yo estoy muy “liá”, y que esto a lo mejor sólo dura dos días.
 Él me contestó muy tranquilo:
- Quiero esos dos días.”
Confieso que escuchar, por primera vez, la reacción de Manuel me impactó y emocionó, pues no pudo condensar más brevemente los sentimientos de cariño y entrega absoluta hacia mi hija. Lo viene confirmando tantas veces y de mil formas diferentes, pasados esos dos días…
Luego, como narra mi hija, vino lo del infarto. Pero eso ya es continuación de la historia que dejo en sus manos, aún a riesgo de alargar estas líneas.

“Al poco, mi padre se puso muy malito. Varias anginas de pecho una detrás de otra que terminaron con tres by-pass en el Puerta del Mar. Mi padre, siempre que se pone malo, malo de verdad, lo hace en Navidades (esta era la tercera ocasión). Yo estaba muy triste, preocupada, nerviosa... ¿Os acordáis aquel invierno en que se desbordó el Guadalete de 
lo que llovía y llovía? Pues Manolo se hacía casi a diario Sevilla-Cádiz, Cádiz-Sevilla y trabajando al día siguiente sólo por acompañarme.
Llegó el día de la operación de mi padre. Entrando a quirófano, otra angina de pecho. No es lo que los cirujanos desean. Está la cosa chunga. Por fin termina la operación. Ha salido bien. Yo cruzo la Avenida y corro a la playa. No quería que mi madre me viera llorar. Manolo me persigue (como siempre, esta vez por detrás) y yo me echo a llorar en sus brazos y entonces me pongo a hablar como un "sacamuelas" que es lo que hago cuando estoy muy nerviosa. "Y esto y lo otro... y ahora vienen la Navidades... y yo sé lo importante que es para ti tu familia... y que Mónica esté acompañada en estas fechas...Y tu ahora vete... que allí también haces falta y bla bla bla"
Él me cogió la mano, me la apretó fuerte y me dijo: "Irene, no te hagas más líos. Yo estaré donde tenga que estar... Y donde tengo que estar es contigo".
Y así seguimos, juntos, cogidos de la mano. Con la certeza de que siempre va a ser así”.
Mi reseña o comentario debería terminar aquí. Quedarnos con el lento rumiar las palabras de mi hija. ¡Es tanto lo que expresan también entre líneas…!
“La certeza de que siempre va a ser así”  es la disposición firme a no poner límites de ningún tipo, conscientes de que caminar juntos, “cogidos de la mano”  es la única forma de superar dificultades y desencuentros.
Yo también tengo “la certeza” que día a día, Irene y Manuel, sabréis vivir y  transmitir a mis nietas todo aquello con lo que “juntos”, mi mujer y yo, hemos intentando colmar nuestras vidas.


Salvador Egea Solórzano