lunes, 1 de octubre de 2012

EL HOMBRE DUPLICADO



Me resistía a aceptar que la narración que había comenzado a leer se limitara simplemente a un relato insólito, original y creativo del autor.
Avanzaba las páginas buscando veladas interpretaciones. En algún momento se fue fraguando en mi mente la hipótesis de que “El hombre duplicado” (1) era una fábula que vendría a configurarse como alegoría o metáfora de la vida.
Precisamente la genética confirma que ni siquiera los gemelos univitelinos tienen idénticas huellas dactilares. En el proceso de generación del tejido epidérmico confluyen factores aleatorios que determinan que cada persona tengamos nuestra identidad dactilar propia.
“El hombre duplicado” no es meramente  un relato biográfico, sobre todo si consideramos el inesperado y alucinante final de la novela.
El desarrollo de la hipótesis orientó mis reflexiones hacia el “síndrome de doble personalidad”, tema recurrente en los estudios psiquiátricos y que en la historia de la literatura ha dado origen a múltiples relatos, con heterogéneos argumentos y enfoques, algunos de ellos llevados a la gran pantalla como obras magistrales cinematográficas.
El “trastorno disociativo”, expresión clínica del síndrome, ha sido objeto de estudio desde las teorías del psicoanálisis de Freud y desde la perspectiva de la psicología de Jung, entre otros autores de renombre.
Es un tema cuyo interés me viene de antiguo. Así que, cuando profundicé algo en él, dilatando el ámbito de mis lecturas, me causó enorme satisfacción encontrar amplia bibliografía.
Una prolija relación de escritores ha desarrollado literariamente el argumento. La trama ha generado asimismo  extensa filmografía (2).
¿Por qué el tema ha suscitado tanta fascinación que ha derivado en tal producción literaria y artística en general?
En este punto me atreví a redimensionar y acotar el alcance del interrogante a un entorno más próximo y conocido, incluyéndome, por supuesto, yo mismo en él.
Intenté descubrir y analizar actitudes y comportamientos que en el hombre vulgar y corriente muestran una disfunción, cuya sintomatología no alcanza límites patológicos, pero que, sin embargo, aparecen como derivaciones de un “yo” que más bien constituye un “otro”. Es la “tragedia” de nuestra limitación radical.
La aspiración humana a lo supremo, “seréis como Dios, en el conocimiento del bien y del mal” (3), que nos relata el mito bíblico, queda truncada con la expulsión del paraíso.
El reconocimiento de nuestra precariedad, la aceptación del “yo” finito, que desde la perspectiva cristiana, implica la reconciliación con el Creador, es el primer paso para la vuelta a la casa del Padre.
Pablo de Tarso refiere su experiencia personal (4): “…no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco (…). Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mi (…)”. En la carta a los gálatas (5) sentencia: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi”.
La lectura de “El hombre duplicado” me ha inducido al empeño y esfuerzo de integración de mi “yo” y mi “otro”. Ha propiciado la evolución hacia la confluencia de ambos vectores de la personalidad, asumiendo, en todo caso, que el proceso no es uniforme y rectilíneo, sino que tiene todas las desviaciones y ambigüedades inherentes a la condición humana.
Tal vez esto último quiso sugerir José Saramago cuando, al final de la novela, tras la muerte en accidente del “duplicado”, surge, con una insospechada y repentina llamada telefónica un segundo “duplicado”.

Salvador Egea Solórzano

(1) José Saramago, “El hombre duplicado”, Círculo de Lectores, (2003), Barcelona.
(2) Relaciono tan sólo algunas de las innumerables obras que, con diversos argumentos, han tratado el tema tanto literaria como cinematográficamente.
Literatura:
E.T.A. Hoffmann, “Las aventuras de la noche de san Solvestre”.
F.M. Dostoievski, “El doble”.
R.L. Stevenson, “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr Hyde”.
O. Wilde, “El retrato de Dorian Gray”.
J. Cortázar, “La noche boca arriba”.
Ítalo Calvino, “El vizconde demediado”.
V. Nabokov, “Desesperación”.
F. Kafka, “El castillo”
Filmografía:
Stellan Rye y Paul Wegener, “El estudiante de Praga”.
Krzysztof Kieslowski, “La doble vida de Verónica”.
Charles Chaplin“Monsieur Verdoux”.
R. L. Stevenson, “El extraño caso del Dr Jekill y Mr Hyde”.
G. Hoblit, “Las dos caras de la verdad”.
(3) Gen 3, 5
(4) Rom 7, 14-25
(5) Gal 2, 20

lunes, 3 de septiembre de 2012

"SÍNDROME POSTVACACIONAL"


Tengo “síndrome postvacacional”. Cuando llevo siete años ya cumplidos desde mi última incorporación en septiembre a la función docente en la escuela pública; es decir, siete años de feliz jubilación, la afirmación puede parecer justamente irónica o incluso lesiva e hiriente para tantos compañeros de profesión que, al finalizar agosto, terminan su paréntesis vacacional.
Durante mi vida laboral, en estos primeros días de septiembre, yo solía insinuar en círculos familiares o entre compañeros y amigos, “ahora empiezo mis vacaciones”. A mi mujer siempre le ha parecido, con razón, conociendo exactamente el significado de las expresión, un comentario, al menos, poco acertado, si no de mal gusto.
Cualquier extraño podría suponer, al escucharme, que había encontrado en mi un claro exponente del funcionariado criticado por Larra en “Vuelva usted mañana”, mutando oficina administrativa por escuela pública.
Nada más lejano a la realidad. Lo que yo quería expresar con tan controvertido aserto era precisamente declarar la suerte de ejercer una profesión, a la que entregándome con total dedicación, tantos reconocimientos, afectos y satisfacciones me deparaba por parte de compañeros, padres y alumnado.
Hoy no añoro aquellos años. En la vida no existe retroceso y, por tanto, no tiene sentido esperar que el pasado recupere existencia en el presente.
No recuerdo haber tenido durante mi dilatada vida profesional el tan traído y llevado “síndrome postvacacional”.
Pero, hoy, sí. Pido disculpas a mis compañeros de profesión recién incorporados al nuevo curso escolar. Hoy tengo “síndrome postvacacional”.
Seguramente las ocupaciones, los proyectos y actividades con los que colmo cada uno de mis días me vuelvan muy pronto a la rutina cotidiana.
Sin embargo echaré de menos momentos pasados. Cada vez que conseguimos reunirnos la familia, ya incrementada con yerno y nueras, me queda el rescoldo ¿habrá una próxima vez?, ¿cuándo?
Año tras año va siendo más difícil, por razones laborales, coordinar periodos vacacionales, días en los que nuevamente podamos grabar un instante familiar conjunto.
Y echaré de menos los pasitos inestables, el balanceante e incipiente correteo de mi nieta Lolita por el pasillo de casa, buscando al abuelo, “belo Vadó”, que se esconde en un juego de risas, besos y abrazos.
Añoraré, ¿hasta cuándo…? paseos por Cádiz, Plaza de las Flores, Columela, Palillero, Calle Ancha…, las terrazas de los bares, el chapoteo de mi nieta en la piscina, su tranquilo despertar, incluso su llanto estremecido, las diminutas manzanitas, que tanto apetecía, recién arrancadas del árbol en la pequeña parcela, las olorosas ramitas de jazmín que  alternativamente ofrecía a “mami”, “papi”, “bela Puri, tantos, tantos momentos…, son imágenes impresas en la memoria, indelebles al paso del tiempo.
Echaré de menos este verano. Tengo “síndrome postvacacional”.

Salvador Egea Solórzano

lunes, 20 de agosto de 2012

"LAS AFUERAS DE DIOS"


El mundo de Nazaret-Clara es “un mundo entretejido por anécdotas en las que el lector tendrá que reconocerse o reconocer el reflejo de alguien próximo” (1), se afirma en la contracubierta del libro.
No se trata de un aserto apriorístico, sino más bien producto del profundo conocimiento, por parte del autor, de la sicología humana, que le ha permitido crear personajes de sólida estructura en el conjunto de su obra literaria.
Ciertamente hay situaciones, sobre todo en la primera parte de “Las afueras de Dios” en las que me ha resultado fácil reconocer un paralelismo o incluso, tal vez, una identificación con el personaje central del libro.
El proceso vivido por Nazaret, Clara Ribalta, es el itinerario de búsqueda sincera, a veces iluminada y guiada por una luz diáfana; otras, muchas, perdida en la penumbra o ciega en la oscuridad en la que nos sumergen la duda y la incertidumbre.
De todas formas quien entroniza la autenticidad como rector de conducta termina primero por encontrarse a sí mismo y consiguientemente descubrir la Verdad.
La verdad es que “es imposible amar a los hombres en Dios: hay que amar a Dios en los hombres” (2).
 El evangelista Juan lo explicita meridianamente: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (3).
Es el núcleo del Evangelio, la “Buena Noticia”: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (4). “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (5).
En el fondo, estoy convencido, ateos y teístas, cuando la coherencia y la sinceridad impregnan nuestro devenir cotidiano, sin más adherencias espurias, confluimos en lo esencial. Y lo esencial es el descubrimiento del Amor.
El mundo de Nazaret-Clara, también el nuestro, es “un mundo que dejaría de existir si dejara de existir el amor” (6).
Hay en el relato un párrafo que hubiera suscrito, como experiencia personal, hace cuatro décadas. Lo suscribo hoy literalmente. Transcribo textualmente la cita: “Antes me preguntabas por qué salí del convento, ¿verdad? No fue porque corrigiese el sentido de mi vida, o porque descubriera otro distinto. Simplemente se abrió el que ya tenía, se hizo mayor. Como se hace mayor el panorama que se ofrece al caminante que, al llegar a un alto, como aquella vieja que dijimos, ve ampliarse el paisaje, el mismo que traía, y sin abandonar su camino… No sé si me he explicado bien. No tuve la impresión de traicionarme, ni de traicionar a nadie ni a nada. Mi idea de la divinidad seguía abarcándolo todo, presidiéndolo todo. Se trataba de unas nuevas afueras de Dios, de un encargo nuevo en el que yo no es que me hallase más implicada, sino que lo estaba de otra manera. ¿Me entiendes? En el fondo, todo es abrazo en este mundo. Y en el otro. Eso lo supe entonces: el ser humano abraza a la naturaleza, a Dios, a otro ser humano que lo abraza también…” (7).
Durante la lectura de “Las afueras de Dios” ha habido momentos, reflexiones puestas en boca de Nazaret-Clara por el autor Antonio Gala, que me han implicado singularmente, obligándome a hacer una pausa, a releer el texto.
Con toda seguridad ello es debido a que el autor ha sabido zambullirse en situaciones y experiencias profundamente humanas. Me he visto reflejado nuevamente en ellas: “Si nos creemos ofendidos, es a causa de nuestro miedo, de nuestra inseguridad. Si ofendemos, es porque ignoramos cómo obrar debidamente, y nos dañamos a nosotros mismos. Nadie se halla capacitado para ofendernos con actitudes o palabras: es sólo nuestra inseguridad la que se siente atacada y pone en guardia sus defensas” (8).
Por segunda vez he leído recientemente, en autores distintos, expresiones coincidentes en el fondo, aunque con matices en la formulación. Coincidencia que ratifica la consistencia de la afirmación: “Si la ciencia ha añadido años a la vida, es preciso que se añada vida los años” (9). “Añadir vida a los días cuando no podemos añadir días a la vida” (10).
Cuando Nazaret-Clara afirma “es la belleza dentro de nosotros la que nos deja divisar la de fuera” (11) está emitiendo un mensaje positivo y optimista, no ilusorio, fiel exponente de la realidad.
He dejado ya para el final una última perla desgranada del elenco de reflexiones de la protagonista de la novela, muy en consonancia con la experiencia que vivimos los que rebasamos ya ciertas fronteras: “Los ancianos suelen creer que, una vez amanecido, cuentan con un día más, porque la muerte viene de noche con pasos de paloma” (12).
No sé si el zarpazo definitivo me acechará con “nocturnidad y alevosía”, el primer amago sí lo fue. Pero lo que sí es cierto es que cada amanecer es un tributo de agradecimiento y una oportunidad para “añadir vida a  los años”.

Salvador Egea Solórzano


(1) Antonio Gala, “Las afueras de Dios”, Planeta, 2ª edición, (1999), Barcelona; Contracubierta.
(2) En la  solapa del libro.
(3) 1Jn 4, 20
(4) 1Jn 4, 8
(5) 1Jn 4,16b
(6)  Contracubierta
(7)  pág. 263
(8) pág. 272
(9) pág. 249
(10) Anne-Dauphine Julliand, “Llenaré tus días de vida”, Círculo de Lectores.
(11) pág. 23
(12) pág. 22

lunes, 13 de agosto de 2012


DESDE EL “ZAPORITO” A “GALLINERAS”
(Un paseo por el sendero del caño “Carrascón”)

La  Isla es un enclave en un entorno natural privilegiado de la bahía gaditana. Soy “cañailla”, apodo gentilicio por el que se identifica popularmente a los nacidos en la ciudad de San Fernando.

Hace algunas décadas, sin embargo, yo hubiera sabido localizar exclusivamente los barrios y calles del llamado “centro histórico”. Nací en la calle “San Rafael” y mi infancia transcurrió entre “Colón” y, sobre todo, la calle “Real” (esquina del Gordo).

Más recientemente y coincidiendo con el progresivo aluvión demográfico experimentado por la ciudad y la sustitución de las antiguas huertas isleñas por populosas barriadas he sido testigo de su extensa transformación urbana.

Por cierto, ¡qué merecido homenaje a los hortelanos isleños es la placa evocadora de todos ellos, nominalmente recordados, en la entrada del “Parque de las Huertas”!

Durante la infancia, en la época estival, a mis hermanos y a mí nos parecía de ensueño los baños veraniegos en “Cañorrera”, adonde nos dirigíamos, siempre acompañados por algún familiar adulto. Vadeábamos la vía férrea y nos instalábamos después de cruzar el antiguo molino de marea.
    
Excursión extraordinaria suponía el baño en la actual playa de “El Castillo” (Camposoto). La distancia recorrida a pie desde el centro urbano no permitía prodigar este lujo. Ir a la playa “Victoria” en Cádiz  constituía, en la popular “carterilla”, un gasto excesivo y superfluo para la ajustada economía de una familia numerosa.

No ha sido sino hasta muy recientemente cuando he descubierto el fascinante flanco sureste de la Isla. El caño “Carrascón” la bordea serpenteando y adentrándose en el entramado de marismas desde el “Zaporito” hasta el muelle de “Gallineras”.

La arterioesclerosis y el parcheado corazón me prohíben realizar lo que, con toda seguridad, hubiera  culminado en otras condiciones físicas: recorrer de una tacada los aproximadamente cinco kilómetros del sendero peatonal que linda con el caño, ya en bicicleta, ya simplemente como una excursión pedestre.

He jalonado el itinerario en varios tramos utilizando los distintos accesos y así he transitado ya en reiteradas ocasiones el sendero. En el recorrido nos cruzamos apasionados del ejercicio físico en su forma más dinámica o más relajada, como es mi caso.

A veces, y según el tramo elegido, pasan los minutos en absoluta soledad y silencio, tan sólo violado por el suave rumor de la corriente marina y ocasionalmente por la sonora cascada de una vetusta compuerta salinera o el disonante graznido de una cigüeñela, gaviota, garza u otras aves marinas.

El silencio es un leal acompañante que facilita la paz y el sosiego. Establecer un diálogo con tan singular compañero, sin dejar por ello de admirar la belleza del paisaje, es una ocupación atrayente y enriquecedora. La mente reflexiona, evoca eventos pasados, analiza acontecimientos recientes, proyecta tareas futuras, bullen sentimientos y emociones.

Últimamente he frecuentado el itinerario comprendido entre el caño “Zaporito” y el puente “Lavaera”. No es un tramo excesivamente largo y se acomoda a mi debilitada resistencia. La zona donde se ubica el molino “Zaporito” ha sido recientemente restaurada y reurbanizada. El sendero “Carrascón” tiene precisamente un primer acceso junto al puente sobre los vanos que facilitan el flujo y reflujo del agua al molino mareal.

En la pleamar he contemplado cómo se desliza sigilosamente un nutrido grupo de piraguas sobre las aguas del caño. Al terminar este primer tramo la perspectiva se ensancha. Nace el caño “Carrascón” dejando a sus espaldas la confluencia de caños con el “Puente Zuazo” al fondo.

Prosigo el paseo por el sendero bordeando el “Carrascón”. Aunque este trayecto  es uno de los más concurridos por su proximidad al casco urbano, yo deambulo ensimismado rumiando sensaciones y recuerdos. El puente “Lavaera” es, de un tiempo a esta parte, cita casi obligada, lugar de peregrinaje, santuario para la eternidad, precisamente por el evento familiar evocado.

Era una tarde de fuerte viento de levante, coincidente con las horas de la pleamar. La panorámica que ofrecía el último tramo del sendero, abriéndose paso el “Carrascón” hacia la confluencia con el caño “Sancti Petri” y alcanzando el muelle de “Gallineras” era apasionante. 

La punta “Boquerón” y el islote en donde  se asienta el castillo fenicio, restaurado también hace pocos años, es el telón de fondo de esta perspectiva mágica.

¿Cómo es posible que tanta belleza natural hubiera permanecido oculta a mis ojos durante tanto tiempo? ¿Serán numerosos los isleños de todas las edades, oriundos o advenedizos, que ignoren lo que la naturaleza ha prodigado dadivosamente tan cerca para su contemplación?

Repetiré esta experiencia. Cada nuevo discurrir por los distintos tramos del sendero me ha deparado hasta  hoy imágenes inéditas y ha consolidado mi admiración por todo el entramado marismeño de la Isla.

Salvador Egea Solórzano



lunes, 30 de julio de 2012

IN MEMORIAM (A mi hermano)



            Días tras días los recuerdos se agolpan, las imágenes se suceden como secuencias de una película. No existe distancia entre Mérida y La Isla. Los afectos no entienden de kilometraje. Hace unos días nos has dejado. Esperábamos el desenlace de la enfermedad que ha precipitado tu deterioro físico y fallecimiento. ¡Pero nunca es el momento! ¡Sólo eran setenta años cumplidos el pasado diciembre!, me atrevo a decir hoy cuando yo me aproximo al borde de la fatídica década. Has dejado un vacío que no imaginaba fuera tan denso.

No frecuentábamos los encuentros. Tampoco manteníamos una asidua relación telefónica. En todo caso, tú solías tomar la iniciativa. Echaré de menos en la “Bandeja de entrada” los regulares correos con los que mantenías persistente tu presencia.

Ignoro por qué son precisamente los recuerdos tan lejanos de la infancia los que afloran con más obstinación a la vanguardia de mi memoria, como si quisieran desplazar tercamente a los más recientes.

Los itinerarios personales fraguaron muy temprano nuestro distanciamiento físico. Quizás ahí radique precisamente el motivo por el que mi evocación se dirija con insistencia a aquellos años infantiles.

Extremeño de adopción, nunca olvidaste tus raíces “cañaillas”. Residiendo yo en La Isla, eras tú, sin embargo, quien me remitías con frecuencia archivos pps sobre eventos y geografía gaditanos. Al abrirlos hoy recordaré siempre tu presencia.

Dejaste expresamente confirmada tu voluntad de ser incinerado y que tus restos se dispersaran entre las marismas y caños de la Bahía. Así se ha hecho y tu testamento se ha cumplido estrictamente el pasado sábado 28 de julio.

No quiero que estas líneas las interpretes como un panegírico póstumo, pues el recuerdo es el único lugar en donde nunca ha de morir una persona querida.

Tú sigues vivo y tu presencia nos reconforta hasta la llegada del reencuentro definitivo.


¡Descansa en paz!

Salvador Egea Solórzano

sábado, 28 de julio de 2012

MEANDROS DE UN RÍO



Primeros años de la década de los cincuenta del siglo pasado. En una sociedad atenazada por el aislamiento y la autarquía la cultura no constituía prioridad para un estamento de la población cuyo objetivo primario era la subsistencia.
Fui  un  privilegiado.  Sin  nadar  en la abundancia, al menos tenía cubiertas las necesidades básicas en una familia numerosa en la que mi padre practicaba ocasionalmente el pluriempleo y mi madre, maestra, ejercía su profesión en un aula habilitada en la misma vivienda familiar y en la que atendía a un alumnado procedente de la barriada.
Yo acudía regularmente a un colegio religioso que mantenía un convenio con la empresa en la que mi padre trabajaba, primero como maestro de aprendices y luego como oficinista, por el cual convenio  los hijos de los empleados recibíamos educación primaria gratuita.
Alguna vez mi inasistencia a la escuela estuvo motivada por no disponer circunstancialmente de un calzado adecuado. Pero este dato constituye la excepción.
Recuerdo  el  ir y  venir recorriendo los trecientos o cuatrocientos metros que mediaban entre la vivienda familiar y el pequeño local en donde por un módico precio intercambiábamos novelas y tebeos. Literatura asequible al hogar en aquellos duros años.
Mi padre fue lector asiduo de novelas. Incluso su ingenio y creatividad le motivó a redactar algunos manuscritos que desgraciadamente se perdieron con el tiempo. Entre ellos incluso llegué a leer “Lucha de pasiones”.
Yo devoraba las aventuras de “El Guerrero del Antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “Hazañas bélicas”, “El Cachorro”… La fantasía infantil se nutría de aquellos cómics, al tiempo que se fomentaba el hábito lector.
Pasado algunos años fueron creaciones, más extensas y clásicas, de autores como Emilio Salgari y Julio Verne las que iniciaron el camino hacia lecturas más propias de la adolescencia y de estudiante de bachillerato y universitario.
Hoy sigo leyendo casi compulsivamente, de modo que hace pocos días comentaba en tono distendido y melodramático que la muerte me encontraría con un libro en las manos.
Un   nefrólogo   amigo,   fallecido  prematuramente,  con quien pasaba periódicamente consulta, y al que debo agradecer su insistencia para que anduviera todos los días como ejercicio físico adecuado a mi edad, reafirmaba su prescripción basada en que ese ejercicio habitual estimula la segregación de endorfina, hormona con efecto sedante y placentero y que consolida el hábito del ejercicio físico.
Algo así debe  ocurrir, me atrevo a sugerir, con el hábito lector.
Lo que antecede  sirve como preámbulo a la respuesta que he ofrecer a la pregunta que últimamente me formulan: ¿Por qué escribes? ¿Por qué crear y diseñar  un blog?
En  mi  caso  asocio   el   placer   de   la   lectura   y   la propensión a dejar constancia escrita de mis reflexiones y pensamientos. No es una ocupación reciente. Si bien la jubilación profesional, no cabe duda, facilita el tiempo, factor imprescindible para hallar el sosiego necesario que posibilita dar forma al discurso escrito.
Quien por naturaleza es introvertido encuentra en la escritura el cauce para expresar todo lo que bulle, se cocina y rumia en su interior. De esta forma no es una explosión espontánea, como un volcán en erupción, lo que aflora al exterior, sino un parlamento meditado, más semejante a los meandros de un río que facilitan la sedimentación.
El autor de una novela o cualquier obra literaria aspira a su publicación. Pero esto lo dejamos a los autores ya consagrados o que ambicionan alcanzar el olimpo de los poetas y narradores. Modestamente yo deseo simplemente dejar un legado impreso en el que mi familia y amigos descubran, tal vez, aspectos inéditos de alguien con quien convivieron o en algún momento se cruzó en sus vidas.
Las nuevas tecnologías facilitan mil correcciones a la redacción del pensamiento escrito y archivar, sin condicionantes de espacio y tiempo, todo lo gestado y generado en lo recóndito de las entrañas.
           
Salvador Egea Solórzano

miércoles, 25 de julio de 2012

VENDEDORES DE SUEÑOS




La vida discurre sorprendente y paradójica…, o más bien somos nosotros mismos sorprendentes y paradójicos. No llegamos a conocernos del todo. La transparencia se torna opacidad, a veces,  cuando dirigimos la mirada hacia nuestro interior. Oportuna e inoportunamente descubrimos facetas, aspectos que ignorábamos, tanto de nosotros, como de las personas de nuestro entorno.
En nuestra infancia y juventud almacenamos conocimientos como si nuestro cerebro fuera un baúl sin fondo. Cuando oteamos la vida desde la perspectiva de la madurez los años desvelan nuestra ignorancia.
Sorprendente y paradójico es “El vendedor de sueños. La novela que regala ilusiones” (1). Personajes pintorescos y extravagantes, signados por las tragedias que cada uno de ellos custodia en su interior, deambulan tras los pasos de “El Maestro” en las vidas creadas por Augusto Cury.
Julio César, profesor universitario, suicida decidido y primer discípulo de “El Maestro”, vendedor de sueños.
Bartolomé, vagabundo, borracho, al que la bebida y el síndrome del habla compulsiva le habían hecho merecedor del apodo “Boquita de Miel”.
“Manos de Ángel”, Dimas de Melo, ladronzuelo de poca monta y tartamudo.
Edson, “El Milagrero”, predicador al que su afición a promocionarse lleva a situaciones tragicómicas.
Salomón Salles, afectado de trastorno obsesivo compulsivo.
Mónica, exmodelo internacional en las pasarelas de la moda. Tres intentos frustrados de suicidio, enferma bulímica, que ingiere alimentos compulsivamente.
Jurema Alcántara de Mello, anciana a la que la banda constituida, instintivamente rechaza integrar en el grupo por prejuicios de lastre y decrepitud. Antropóloga, profesora universitaria, máster  en  Harvard. Reconocida internacionalmente.  Autora de cinco libros publicados en diversas lenguas. “Revolucionaria” entre los jóvenes discípulos de “El Maestro”.
Bernabé, “El Alcalde”, borracho de barra de bar, a quien le encanta pronunciar discursos, discutir de política y dar soluciones mágicas a los problemas sociales.
Con ellos, junto a ellos, “El Maestro”: “Yo no soy religioso, ni tampoco teólogo, no soy un filósofo. Soy un caminante que trata de comprender quién es. Soy un caminante que otrora pisoteó a Dios con sus pies, pero después de atravesar un gran desierto descubrió que Él es el artesano de la existencia” (2).
Todos ellos son estereotipos en nuestra sociedad en los que de alguna manera y situaciones nos vemos reflejados. La transformación en “vendedores de sueños” que cada uno de ellos experimenta muestra el camino para la conversión de una sociedad egoísta, consumista, estresante, manipuladora en una comunidad solidaria y fraterna.
Como los personajes de la novela hemos vivido experiencias intensas, a veces traumáticas, que dejan estela, cicatrices, huellas en nuestra historia. ¿Somos capaces de reencontrarnos y resurgir?
Basta soñar, transmutarnos en “vendedores de sueños”. “Sin utopías, nos transformamos en máquinas; sin esperanza, somos esclavos; sin sueños, somos autómatas” (3).
Esta es la convicción de Augusto Cury. Y esta es también mi propia deducción, que emana de mi condición creyente. La utopía cristiana hace que nos empleemos  a fondo en la transformación de este mundo en el Reino que “EL MAESTRO” vino a instaurar en la Tierra. Los cristianos soñamos mientras suplicamos “venga a nosotros tu Reino”.
(1)   Augusto Cury, “El vendedor de sueños. La novela que regala ilusiones”. Planeta, (2010), Barcelona.
(2)   Página 98.
(3)   Página 205.

Salvador Egea Solórzano