lunes, 13 de agosto de 2012


DESDE EL “ZAPORITO” A “GALLINERAS”
(Un paseo por el sendero del caño “Carrascón”)

La  Isla es un enclave en un entorno natural privilegiado de la bahía gaditana. Soy “cañailla”, apodo gentilicio por el que se identifica popularmente a los nacidos en la ciudad de San Fernando.

Hace algunas décadas, sin embargo, yo hubiera sabido localizar exclusivamente los barrios y calles del llamado “centro histórico”. Nací en la calle “San Rafael” y mi infancia transcurrió entre “Colón” y, sobre todo, la calle “Real” (esquina del Gordo).

Más recientemente y coincidiendo con el progresivo aluvión demográfico experimentado por la ciudad y la sustitución de las antiguas huertas isleñas por populosas barriadas he sido testigo de su extensa transformación urbana.

Por cierto, ¡qué merecido homenaje a los hortelanos isleños es la placa evocadora de todos ellos, nominalmente recordados, en la entrada del “Parque de las Huertas”!

Durante la infancia, en la época estival, a mis hermanos y a mí nos parecía de ensueño los baños veraniegos en “Cañorrera”, adonde nos dirigíamos, siempre acompañados por algún familiar adulto. Vadeábamos la vía férrea y nos instalábamos después de cruzar el antiguo molino de marea.
    
Excursión extraordinaria suponía el baño en la actual playa de “El Castillo” (Camposoto). La distancia recorrida a pie desde el centro urbano no permitía prodigar este lujo. Ir a la playa “Victoria” en Cádiz  constituía, en la popular “carterilla”, un gasto excesivo y superfluo para la ajustada economía de una familia numerosa.

No ha sido sino hasta muy recientemente cuando he descubierto el fascinante flanco sureste de la Isla. El caño “Carrascón” la bordea serpenteando y adentrándose en el entramado de marismas desde el “Zaporito” hasta el muelle de “Gallineras”.

La arterioesclerosis y el parcheado corazón me prohíben realizar lo que, con toda seguridad, hubiera  culminado en otras condiciones físicas: recorrer de una tacada los aproximadamente cinco kilómetros del sendero peatonal que linda con el caño, ya en bicicleta, ya simplemente como una excursión pedestre.

He jalonado el itinerario en varios tramos utilizando los distintos accesos y así he transitado ya en reiteradas ocasiones el sendero. En el recorrido nos cruzamos apasionados del ejercicio físico en su forma más dinámica o más relajada, como es mi caso.

A veces, y según el tramo elegido, pasan los minutos en absoluta soledad y silencio, tan sólo violado por el suave rumor de la corriente marina y ocasionalmente por la sonora cascada de una vetusta compuerta salinera o el disonante graznido de una cigüeñela, gaviota, garza u otras aves marinas.

El silencio es un leal acompañante que facilita la paz y el sosiego. Establecer un diálogo con tan singular compañero, sin dejar por ello de admirar la belleza del paisaje, es una ocupación atrayente y enriquecedora. La mente reflexiona, evoca eventos pasados, analiza acontecimientos recientes, proyecta tareas futuras, bullen sentimientos y emociones.

Últimamente he frecuentado el itinerario comprendido entre el caño “Zaporito” y el puente “Lavaera”. No es un tramo excesivamente largo y se acomoda a mi debilitada resistencia. La zona donde se ubica el molino “Zaporito” ha sido recientemente restaurada y reurbanizada. El sendero “Carrascón” tiene precisamente un primer acceso junto al puente sobre los vanos que facilitan el flujo y reflujo del agua al molino mareal.

En la pleamar he contemplado cómo se desliza sigilosamente un nutrido grupo de piraguas sobre las aguas del caño. Al terminar este primer tramo la perspectiva se ensancha. Nace el caño “Carrascón” dejando a sus espaldas la confluencia de caños con el “Puente Zuazo” al fondo.

Prosigo el paseo por el sendero bordeando el “Carrascón”. Aunque este trayecto  es uno de los más concurridos por su proximidad al casco urbano, yo deambulo ensimismado rumiando sensaciones y recuerdos. El puente “Lavaera” es, de un tiempo a esta parte, cita casi obligada, lugar de peregrinaje, santuario para la eternidad, precisamente por el evento familiar evocado.

Era una tarde de fuerte viento de levante, coincidente con las horas de la pleamar. La panorámica que ofrecía el último tramo del sendero, abriéndose paso el “Carrascón” hacia la confluencia con el caño “Sancti Petri” y alcanzando el muelle de “Gallineras” era apasionante. 

La punta “Boquerón” y el islote en donde  se asienta el castillo fenicio, restaurado también hace pocos años, es el telón de fondo de esta perspectiva mágica.

¿Cómo es posible que tanta belleza natural hubiera permanecido oculta a mis ojos durante tanto tiempo? ¿Serán numerosos los isleños de todas las edades, oriundos o advenedizos, que ignoren lo que la naturaleza ha prodigado dadivosamente tan cerca para su contemplación?

Repetiré esta experiencia. Cada nuevo discurrir por los distintos tramos del sendero me ha deparado hasta  hoy imágenes inéditas y ha consolidado mi admiración por todo el entramado marismeño de la Isla.

Salvador Egea Solórzano



lunes, 30 de julio de 2012

IN MEMORIAM (A mi hermano)



            Días tras días los recuerdos se agolpan, las imágenes se suceden como secuencias de una película. No existe distancia entre Mérida y La Isla. Los afectos no entienden de kilometraje. Hace unos días nos has dejado. Esperábamos el desenlace de la enfermedad que ha precipitado tu deterioro físico y fallecimiento. ¡Pero nunca es el momento! ¡Sólo eran setenta años cumplidos el pasado diciembre!, me atrevo a decir hoy cuando yo me aproximo al borde de la fatídica década. Has dejado un vacío que no imaginaba fuera tan denso.

No frecuentábamos los encuentros. Tampoco manteníamos una asidua relación telefónica. En todo caso, tú solías tomar la iniciativa. Echaré de menos en la “Bandeja de entrada” los regulares correos con los que mantenías persistente tu presencia.

Ignoro por qué son precisamente los recuerdos tan lejanos de la infancia los que afloran con más obstinación a la vanguardia de mi memoria, como si quisieran desplazar tercamente a los más recientes.

Los itinerarios personales fraguaron muy temprano nuestro distanciamiento físico. Quizás ahí radique precisamente el motivo por el que mi evocación se dirija con insistencia a aquellos años infantiles.

Extremeño de adopción, nunca olvidaste tus raíces “cañaillas”. Residiendo yo en La Isla, eras tú, sin embargo, quien me remitías con frecuencia archivos pps sobre eventos y geografía gaditanos. Al abrirlos hoy recordaré siempre tu presencia.

Dejaste expresamente confirmada tu voluntad de ser incinerado y que tus restos se dispersaran entre las marismas y caños de la Bahía. Así se ha hecho y tu testamento se ha cumplido estrictamente el pasado sábado 28 de julio.

No quiero que estas líneas las interpretes como un panegírico póstumo, pues el recuerdo es el único lugar en donde nunca ha de morir una persona querida.

Tú sigues vivo y tu presencia nos reconforta hasta la llegada del reencuentro definitivo.


¡Descansa en paz!

Salvador Egea Solórzano

sábado, 28 de julio de 2012

MEANDROS DE UN RÍO



Primeros años de la década de los cincuenta del siglo pasado. En una sociedad atenazada por el aislamiento y la autarquía la cultura no constituía prioridad para un estamento de la población cuyo objetivo primario era la subsistencia.
Fui  un  privilegiado.  Sin  nadar  en la abundancia, al menos tenía cubiertas las necesidades básicas en una familia numerosa en la que mi padre practicaba ocasionalmente el pluriempleo y mi madre, maestra, ejercía su profesión en un aula habilitada en la misma vivienda familiar y en la que atendía a un alumnado procedente de la barriada.
Yo acudía regularmente a un colegio religioso que mantenía un convenio con la empresa en la que mi padre trabajaba, primero como maestro de aprendices y luego como oficinista, por el cual convenio  los hijos de los empleados recibíamos educación primaria gratuita.
Alguna vez mi inasistencia a la escuela estuvo motivada por no disponer circunstancialmente de un calzado adecuado. Pero este dato constituye la excepción.
Recuerdo  el  ir y  venir recorriendo los trecientos o cuatrocientos metros que mediaban entre la vivienda familiar y el pequeño local en donde por un módico precio intercambiábamos novelas y tebeos. Literatura asequible al hogar en aquellos duros años.
Mi padre fue lector asiduo de novelas. Incluso su ingenio y creatividad le motivó a redactar algunos manuscritos que desgraciadamente se perdieron con el tiempo. Entre ellos incluso llegué a leer “Lucha de pasiones”.
Yo devoraba las aventuras de “El Guerrero del Antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “Hazañas bélicas”, “El Cachorro”… La fantasía infantil se nutría de aquellos cómics, al tiempo que se fomentaba el hábito lector.
Pasado algunos años fueron creaciones, más extensas y clásicas, de autores como Emilio Salgari y Julio Verne las que iniciaron el camino hacia lecturas más propias de la adolescencia y de estudiante de bachillerato y universitario.
Hoy sigo leyendo casi compulsivamente, de modo que hace pocos días comentaba en tono distendido y melodramático que la muerte me encontraría con un libro en las manos.
Un   nefrólogo   amigo,   fallecido  prematuramente,  con quien pasaba periódicamente consulta, y al que debo agradecer su insistencia para que anduviera todos los días como ejercicio físico adecuado a mi edad, reafirmaba su prescripción basada en que ese ejercicio habitual estimula la segregación de endorfina, hormona con efecto sedante y placentero y que consolida el hábito del ejercicio físico.
Algo así debe  ocurrir, me atrevo a sugerir, con el hábito lector.
Lo que antecede  sirve como preámbulo a la respuesta que he ofrecer a la pregunta que últimamente me formulan: ¿Por qué escribes? ¿Por qué crear y diseñar  un blog?
En  mi  caso  asocio   el   placer   de   la   lectura   y   la propensión a dejar constancia escrita de mis reflexiones y pensamientos. No es una ocupación reciente. Si bien la jubilación profesional, no cabe duda, facilita el tiempo, factor imprescindible para hallar el sosiego necesario que posibilita dar forma al discurso escrito.
Quien por naturaleza es introvertido encuentra en la escritura el cauce para expresar todo lo que bulle, se cocina y rumia en su interior. De esta forma no es una explosión espontánea, como un volcán en erupción, lo que aflora al exterior, sino un parlamento meditado, más semejante a los meandros de un río que facilitan la sedimentación.
El autor de una novela o cualquier obra literaria aspira a su publicación. Pero esto lo dejamos a los autores ya consagrados o que ambicionan alcanzar el olimpo de los poetas y narradores. Modestamente yo deseo simplemente dejar un legado impreso en el que mi familia y amigos descubran, tal vez, aspectos inéditos de alguien con quien convivieron o en algún momento se cruzó en sus vidas.
Las nuevas tecnologías facilitan mil correcciones a la redacción del pensamiento escrito y archivar, sin condicionantes de espacio y tiempo, todo lo gestado y generado en lo recóndito de las entrañas.
           
Salvador Egea Solórzano

miércoles, 25 de julio de 2012

VENDEDORES DE SUEÑOS




La vida discurre sorprendente y paradójica…, o más bien somos nosotros mismos sorprendentes y paradójicos. No llegamos a conocernos del todo. La transparencia se torna opacidad, a veces,  cuando dirigimos la mirada hacia nuestro interior. Oportuna e inoportunamente descubrimos facetas, aspectos que ignorábamos, tanto de nosotros, como de las personas de nuestro entorno.
En nuestra infancia y juventud almacenamos conocimientos como si nuestro cerebro fuera un baúl sin fondo. Cuando oteamos la vida desde la perspectiva de la madurez los años desvelan nuestra ignorancia.
Sorprendente y paradójico es “El vendedor de sueños. La novela que regala ilusiones” (1). Personajes pintorescos y extravagantes, signados por las tragedias que cada uno de ellos custodia en su interior, deambulan tras los pasos de “El Maestro” en las vidas creadas por Augusto Cury.
Julio César, profesor universitario, suicida decidido y primer discípulo de “El Maestro”, vendedor de sueños.
Bartolomé, vagabundo, borracho, al que la bebida y el síndrome del habla compulsiva le habían hecho merecedor del apodo “Boquita de Miel”.
“Manos de Ángel”, Dimas de Melo, ladronzuelo de poca monta y tartamudo.
Edson, “El Milagrero”, predicador al que su afición a promocionarse lleva a situaciones tragicómicas.
Salomón Salles, afectado de trastorno obsesivo compulsivo.
Mónica, exmodelo internacional en las pasarelas de la moda. Tres intentos frustrados de suicidio, enferma bulímica, que ingiere alimentos compulsivamente.
Jurema Alcántara de Mello, anciana a la que la banda constituida, instintivamente rechaza integrar en el grupo por prejuicios de lastre y decrepitud. Antropóloga, profesora universitaria, máster  en  Harvard. Reconocida internacionalmente.  Autora de cinco libros publicados en diversas lenguas. “Revolucionaria” entre los jóvenes discípulos de “El Maestro”.
Bernabé, “El Alcalde”, borracho de barra de bar, a quien le encanta pronunciar discursos, discutir de política y dar soluciones mágicas a los problemas sociales.
Con ellos, junto a ellos, “El Maestro”: “Yo no soy religioso, ni tampoco teólogo, no soy un filósofo. Soy un caminante que trata de comprender quién es. Soy un caminante que otrora pisoteó a Dios con sus pies, pero después de atravesar un gran desierto descubrió que Él es el artesano de la existencia” (2).
Todos ellos son estereotipos en nuestra sociedad en los que de alguna manera y situaciones nos vemos reflejados. La transformación en “vendedores de sueños” que cada uno de ellos experimenta muestra el camino para la conversión de una sociedad egoísta, consumista, estresante, manipuladora en una comunidad solidaria y fraterna.
Como los personajes de la novela hemos vivido experiencias intensas, a veces traumáticas, que dejan estela, cicatrices, huellas en nuestra historia. ¿Somos capaces de reencontrarnos y resurgir?
Basta soñar, transmutarnos en “vendedores de sueños”. “Sin utopías, nos transformamos en máquinas; sin esperanza, somos esclavos; sin sueños, somos autómatas” (3).
Esta es la convicción de Augusto Cury. Y esta es también mi propia deducción, que emana de mi condición creyente. La utopía cristiana hace que nos empleemos  a fondo en la transformación de este mundo en el Reino que “EL MAESTRO” vino a instaurar en la Tierra. Los cristianos soñamos mientras suplicamos “venga a nosotros tu Reino”.
(1)   Augusto Cury, “El vendedor de sueños. La novela que regala ilusiones”. Planeta, (2010), Barcelona.
(2)   Página 98.
(3)   Página 205.

Salvador Egea Solórzano

sábado, 14 de julio de 2012

“SIN VOCACIÓN SE PUEDE FINGIR, PERO SE NOTA.” (1)



           



He estimado siempre la política como un servicio a la ciudadanía. Prima, por tanto, el interés general sobre cualesquiera otras consideraciones.
      Contrasta,  no obstante este aserto y convencimiento con la pésima valoración que, en general, se manifiesta de la clase política en los reiterados sondeos que periódicamente se publican.
     El libro que acabo de leer (2) aporta alguna clave para entender este fenómeno. Su autor ha sido, al menos mientras ha permanecido en primera línea política, un personaje mediático.
     Tengo  que  reconocer   que,   tanto   su   ideología regionalista, como la imagen que se proyectaba en los medios de comunicación me provocaban algún rechazo.
    Ciertamente no puede tenerse una visión equilibrada y adecuada a la realidad con tan escasos recursos informativos.
     La lectura del libro ha ido paulatinamente orillando tópicos frívolos que configuraban la imagen con la que el personaje era presentado en determinados medios.
      Simultáneamente  su  figura   se   revelaba   con   la honestidad y coherencia, características esenciales del hombre público.
      Coincidimos en el año de nacimiento (1943). Un millar largo de kilómetros separa nuestros respectivos lugares de origen. Él descubrió al nacer valles y montañas en el corazón de Cantabria. Yo navegué transportado por la luz diáfana de la bahía gaditana.
     Generación curtida en la escasez de los años de la postguerra, pero que tal vez por ello valora en su justa medida la cultura de la tenacidad y el esfuerzo.
       Es amplia la relación de miembros de esta generación que, desde orígenes humildes, y con escasos recursos económicos, pero con la sana ambición y el trabajo constante como bagajes decisivos han sabido superar obstáculos y alcanzar cotas reservadas teóricamente a grupos privilegiados.
      Entre  ellos  se  encuentra nuestro personaje: Miguel Ángel Revilla.
    El  libro  evidencia  un político “vocacional” y no “profesional”. Se critica acerbamente a quienes hacen de la política un “modus vivendi” y por ello están abocados al arribismo. Cuando hipotéticamente son extraídos de la función política, por los avatares democráticos, quedan sumidos en la más profunda orfandad y aislamiento.
     Miguel  Ángel  Revilla es un político de convicciones firmes, profundamente enraizadas. Coherente con estos principios. Llegó a la política no en busca de un “status” social y económico, del que ya disponía previamente por su profesión, sino con la finalidad de situar a Cantabria al mismo nivel que el resto de comunidades autónomas y propiciar su modernización.
     A   los   ciudadanos   cántabros   compete   la   valoración   de   estos  postulados  y  la consecución de los objetivos programáticos.
      De  lo  que sí estoy seguro es que sabrán apreciar la integridad ética de la persona, puesta a prueba en circunstancias concretas detalladamente descritas en el libro.
     Terminando ya el relato de su experiencia política el ciudadano Revilla, licenciado en Ciencias Económicas, diplomado en Banca y Bolsa por la Universidad del País Vasco y profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Cantabria, analiza y expone de forma accesible al no erudito la compleja crisis que padecemos y apunta propuestas sugerentes y concretas para una superación justa y con garantía de futuro.
      Políticos de este calibre dignifican la función pública. Constituyen el paradigma que ha de orientar el trabajo de todo gestor de la “res publica” en cualquier nivel administrativo.
(1) p. 248
(2) REVILLA, Miguel Ángel, “Nadie es más que nadie”, Espasa libros S.L.U., (2012), Barcelona, 6ª edición.
14 de julio de 2012
Salvador Egea Solórzano

martes, 26 de junio de 2012

“SI EL SEÑOR NO CONSTRUYE LA CASA…” s. 127




Han pasado ocho días desde que Luis y Cristina sellaron su enlace matrimonial. Familiares, amigos, compañeros de trabajo, miembros de la comunidad parroquial de san Víctor – Madrid fuimos testigos de su compromiso de fidelidad y amor.
Durante estos días, en múltiples ocasiones he rememorado los sucesivos instantes de la celebración sacramental, pero sobre todo he evocado las emociones tan intensamente vividas.
“Hay momentos que las palabras no alcanzan para decir lo que se siente”, expresaron Luis y Cristina al iniciar su acción de gracias. No obstante, pienso que, al concluir la secuencia en la que mostraron su ferviente gratitud por tantos motivos, acertaron plenamente al describir y condensar en pocas palabras aquello que, en definitiva, les ha conducido a iniciar un proyecto de vida en común,
Cristina declaraba: “Te doy gracias, Señor, por Luis. Por haber puesto en mi vida el mejor compañero de camino. Gracias por su alegría, por su voz, por su paciencia y comprensión, por saber esperarme siempre, por su capacidad de perdón, por el respeto y la libertad mutua que nos profesamos, porque a su lado cada día me siento más especial y feliz”.
Asimismo Luis proclamaba: “Gracias, Señor, por Cristina, por su forma de quererme. Por su generosidad, por desprenderse de sí misma, buscando siempre mi felicidad. Gracias porque ella sólo sabe vivir ilusionada, y no se conforma con cualquier cosa, ayudándome así a aspirar siempre a lo mejor. Gracias porque ella le da un sentido nuevo a las cosas y porque sólo con ella es con quien quiero compartir mis días”.
En estas líneas de recíproco agradecimiento resuena el eco del Deuteronomio 10, 14-16 (primera lectura): “Mas sólo de tus padres se prendó Yahvé, los amó y eligió a su descendencia, a vosotros dos”.
También Pablo (1Tes 5, 24) destaca el designio de Dios (segunda lectura) que guía nuestros pasos: “El que os llama es fiel…”
“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto…” (Jn 15, 16), sentencia contundente Jesús.
Así pues, desde nuestra condición creyente, reconocemos que estamos en manos del Padre, que amorosamente nos acompaña.
Hace ya algún tiempo  y asumiendo esta perspectiva se cruzaron los itinerarios de Luis y Cristina. Pero también allí, al borde del camino, nos encontrábamos los padres, me hallaba yo como padre de Luis.
Sin duda es la mayor satisfacción que podemos experimentar los progenitores contemplar que los hijos enriquecen la vida con los ideales y valores que desde la infancia hemos pretendido inculcarles.
Reconozco esos ideales y valores en Luis. Pero los descubro igualmente en Cristina y por ello la satisfacción se acrecienta e intensifica.
La celebración sacramental se ha vivido, durante noventa minutos de ensueño, como auténtica expresión de fe por la comunidad que los arropaba, pero ante todo por Luis y Cristina. Ellos han cimentado el futuro de su “casa” sobre roca firme y el Arquitecto que diseña y construye la “casa” no los defraudará.
Personalmente me siento agraciado porque el cruce de caminos haya deparado el enlace de Cristina y Luis y puedo reafirmar, como expresé en la celebración, con enorme alegría, que la familia se incrementa, porque Cristina hoy es también mi hija.
Que la ternura, la ilusión, el cariño, el amor que sellan vuestra alianza permanezcan siempre en vosotros como imagen del amor que Dios dispensa a todos sus elegidos.

 San Fernando, 24 de junio de 2012
Salvador Egea Solórzano

http://www.youtube.com/watch?v=2Xn36KBYNeE&feature=plcp



sábado, 9 de junio de 2012



"¡TE QUIERO!"

 Estas  líneas no pretenden ser una crónica. Tal objetivo ya se materializó con más objetividad que la que yo pudiera exigirme. Fernando Bueno, ss.cc. y Fernando Cordero, ss.cc. cumplieron perfectamente la función de reporteros. A mí me corresponde simplemente rememorar la experiencia vivida y dejar aflorar los sentimientos y emociones personales.
El pasado 2 de junio en la Parroquia “Virgen del Camino” de Málaga mi hijo Paco ratificó su consagración absoluta a Dios “en cuyo servicio quiero vivir y morir” en el acto de la Profesión Perpetua como miembro de la “Congregación religiosa de los Sagrados Corazones”.
Una nutrida presencia de hermanos y hermanas de la Congregación procedentes de Barcelona, Madrid, Sevilla, San Fernando, Málaga…, así como familiares y amigos arropamos a Paco en aquel momento decisivo de su vida.
Las emotivas y cariñosas palabras que Enrique Losada, Superior Provincial de la Congregación, le dirigió directamente en la homilía de la celebración eucarística hicieron reiteradas referencias a la carta en que Paco expresaba su voluntad de consagrarse a Dios en la vida religiosa. Muy acertadamente Enrique comentó los textos bíblicos que previamente Paco había seleccionado para la ocasión.
En Isaías 43, 1-7 Yahvé se dirige a Israel: “No temas (…) te he llamado por tu nombre, tú eres mío”. La  carta de Pablo (2Cor. 4, 5-10) evocó la imagen del alfarero tan querida y significativa para mi hijo: “El tesoro lo llevamos en vasijas de barro”. Procuró Enrique que todos los presentes fuéramos conscientes de la sutil diferencia que el breve diálogo entre Jesús y Pedro (Jn 21, 15-19) establece entre los verbos “amar” y “querer”. Su alocución  sensibilizó más aún si cabe mi corazón, pero, sobre todo, motivó que evocase las incontables ocasiones en las que cualquier padre se dirige a los hijos con la expresión de Pedro: “¡te quiero!”.
Como padres, antes de que los ojos de Paco se abrieran a la luz, ya mi mujer y yo habíamos verbalizado innumerables veces nuestros sentimientos con un expectante ¡te quiero!
Imposible imaginar que treinta años después, al darnos la paz en la Eucaristía, mi hijo y yo nos fundiéramos en un intenso abrazo en el que espontáneamente las únicas palabras que, entrecortadas por la emoción, brotaron fueron ¡te quiero!
En el texto de Juan “querer”, alegaba Enrique, expresa la voluntad de “amar” en correspondencia al amor desbordante, inmenso del que ha  entregado su vida como ofrenda día a día y en la Cruz.
En mi interior, como un destello instantáneo, fui desglosando todo lo que la expresión “¡te quiero!” condesaba en aquel momento:
Quiero que la fe siga siendo el faro que ilumine tu existencia. Quiero que la coherencia guíe siempre tus pasos en la búsqueda de la autenticidad y la Verdad. Quiero que tu fina sensibilidad, mencionada en las palabras de Enrique, oriente, en todo momento, tu vida hacia el compromiso solidario. Quiero que en tus hermanos de Congregación encuentres la familia que voluntariamente has renunciado crear por el Reino. Quiero que tu inmersión en múltiples actividades deje tiempo y espacio para la reflexión que margine el activismo. Quiero que, como arcilla moldeable, dejes que el Alfarero conforme tu figura a su imagen y semejanza. Quiero que, al servicio del evangelio, desbroces senderos que lleven al Camino, Verdad y Vida. Quiero que tu vida tenga la fecundidad que Jesús promete a quienes todo lo abandonan por su nombre. Quiero que la fuerza, la energía, la vitalidad, el dinamismo, que hoy te significan, sean expresión del Espíritu que en ti permanece. Quiero…, quiero…, quiero…, en definitiva y una vez más, hijo, ¡te quiero!
Salvador Egea Solórzano


miércoles, 25 de abril de 2012


“AÑADIR VIDA A LOS DÍAS…”

Me fascinan la creatividad y el ingenio en cualquiera de sus expresiones técnicas o artísticas. En literatura admiro la capacidad para generar argumentos que el novelista desglosa capítulo a capítulo y el poeta vierte en los versos del poema.
No soy, sin embargo, propenso a la lectura del género novela. Prefiero el ensayo, las tesis, frutos de la investigación, el análisis, la reflexión y el estudio.
Admito mi desinterés e indolencia para adentrarme en el mundo de lo irreal y fantasioso.
A veces, no obstante, hago una excepción.
El último libro recién leído me ha conquistado desde las primeras páginas, como ha cautivado a los lectores del país de origen, según testimonio en la sobrecubierta y que lo han erigido en auténtico best-seller.
Tal vez sea porque no se trata de un relato anovelado. Todo es real, sorprendente y dolorosamente real, sin concesión alguna a la imaginación y la fantasía.
El título de la versión castellana “Llenaré tus días de vida” me ha parecido más expresivo y elocuente que el original “Deux petis pas sur le sable mouillé”.
La narración directa, autobiográfica de la novel escritora Anne-Dauphine Julliand incide, penetra y se asienta en el corazón del lector más crítico y exigente.
En este caso no hay argumento que desglosar. Es la vida misma la que va discurriendo día a día en las páginas del libro.
Leucodistrofia metacromática, enfermedad grave degenerativa que afecta a la mielina de las neuronas, que progresivamente carcome el sistema nervioso y cuyo desenlace es la muerte prematura de quien la desarrolla y padece.
¡Qué entereza y que enorme lección de superación es la que admiramos en esta madre que relata su experiencia como testigo del proceso que ineludiblemente conduce a su pequeña princesa Thaïs hacia un final trágicamente determinado!
¡Cómo enaltecer su coraje, capaz de transformar cualquier asomo de desaliento en actitudes positivas al descubrir que también la recién nacida Azylis es portadora de la enfermedad!
“Añadir vida a los días cuando no podemos añadir días a la vida”. He hurtado esta expresión del texto porque expresa y simboliza con absoluta exactitud todo lo que Anne-Dauphine, como madre, ha ido explicitando cotidianamente en relación con sus hijas.
Pero, al mismo tiempo, he caído en la cuenta que tan pocas palabras marcan y delimitan el objetivo que hemos de perseguir quienes ya hemos ido superando etapas y presentimos que no es posible soñar sin despertar.
Los días no pueden desprenderse de la vida como hojas caducas y estériles. Sin embargo la fecundidad no se manifiesta necesariamente en la multiplicidad de actividades cuando éstas languidecen en pura rutina.
Anne-Dauphine Julliand hizo fecundas sus largas horas junto a Thaïs. No hay ningún secreto. “Lo que es insostenible es el vacío del amor. Cuando se ama y se es amado, todo es soportable. Hasta el dolor. Hasta el sufrimiento”.
“Thaïs está privada de todo. No se mueve, no habla, no oye, no canta, no ríe, no ve. Ni siquiera llora. Pero ama. Sólo hace eso, con todas sus fuerzas”.
“Añadir vida a los días” es amar y ésta es la reflexión que extraigo de la lectura del libro. Poco importan ya los meses y los días que tengan los años que resten por vivir. “No podemos añadir días a la vida”. Pero si me es posible vivir intensamente cada día, amar intensamente y así “añadir vida a los días”.

Salvador Egea Solórzano