sábado, 16 de febrero de 2013

PROFETA




Repuesto de la sorpresa causada por la noticia de la insólita dimisión del Papa me permito añadir estas breves líneas al cúmulo de comentarios e interpretaciones de plumas, sin duda, mucho más autorizadas que la mía.

He leído, en los pocos días que median entre hoy y el pasado anuncio de la dimisión papal, más de una decena de reflexiones.

La perspectiva de cada autor determina las conclusiones, como es lógico.

Yo, cristiano de a pie, sin ninguna mayor acreditación, pretendo simplemente dejar constancia escrita de mis personales sensaciones.

La información me llegó, sentado delante del ordenador, de la boca de mi hijo, que, residente en Madrid, pasaba unos días de vacaciones en casa.

Recordé que, justamente esa misma mañana, lunes de carnaval, habíamos callejeado en Cádiz la zona por donde discurre el carrusel de coros.

Me llamó la atención, sin darle mayor importancia, los panfletos que bordeaban una de las bateas y que aludían a la dimisión con el ingenio propio de esta tierra gaditana.

No tomé en serio a mi hijo hasta que puso ante mis ojos lo que ya circulaba por la red.

He leído y conservo en casa las encíclicas de Benedicto XVI. En la comunidad parroquial de la que soy miembro, hemos reflexionado conjuntamente y comentado “Caritas in veritate”. En el momento de atender la información de mi hijo acababa de leer el “Mensaje del Papa con ocasión de la Cuaresma”, de modo que me dispuse a redactar una breve glosa ocasional en facebook.

Atraído por la Cristología he leído también los tres libros publicados últimamente por Joseph Ratzinger sobre Jesús de Nazaret.

Estas y otras lecturas han ido configurando en mí una imagen de Benedicto XVI más real y atrayente que aquella con que recibí el anuncio de su promoción al pontificado.

El tránsito del cardenal Ratzinger, guardián de la ortodoxia,  desde la “Prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe” al solio pontificio contrastaba con la personalidad carismática de su antecesor Juan Pablo II.

Algunas alusiones en medios próximos acentuaban este contraste, llegando incluso a caricaturizar el semblante adusto, rígido del Pontífice.

La decisión de Benedicto XVI, libremente ponderada, como él mismo ha afirmado, es un gesto, me atrevería a decir, profético. Diversos comentaristas han destacado la plena coherencia con la concepción del ministerio petrino como servicio a la cristiandad. Refleja, por otra parte, una entrañable actitud cercana, diría que humana, alejada de aquella aureola que, en todo caso, desfiguraría el recuerdo de Pedro, pescador de Galilea.

El denso magisterio, que ha ido desgranando en cada uno de sus discursos y publicaciones, culmina con esta actuación en sintonía con tantas otras actuaciones de los antiguos profetas.

La figura del Papa Ratzinger, desde mi punto de vista, se ha ido engrandeciendo al paso de los años. La sombra que su imagen quebradiza proyecta perdurará más allá del 28 de febrero delimitando un sendero de autenticidad, coherencia, humidad, de intenso amor a la Iglesia, barca que navega por el proceloso mar de las incomprensiones, ambigüedades y pecados, guiada por el Espíritu Santo.

¡Ojalá “no nos fallen las fuerzas” para recorrer nosotros, creyentes, seguidores de Jesús de Nazaret, ese mismo sendero!



Salvador Egea Solórzano


domingo, 10 de febrero de 2013

RETAZOS DE HISTORIA DE UNA SOMBRA





A media mañana, cuando la jornada se mantiene abierta, plena de alternativas, salgo de casa e inicio mi diario paseo matutino formalizando la prescripción facultativa.

Bordeo el reciente bloque de viviendas, aún deshabitadas, que ocupa el solar de la antigua cochera de la  “Compañía de Tranvía Cádiz – San Fernando – La Carraca”, por el amplio acerado que lo delimita.

Arrogante, el sol invade la “Avenida de la Marina” desde el luminoso y centelleante laberinto de esteros y marismas que se perfila al fondo.

Asciendo con lentitud la empinada pendiente hacia la arteria principal de la Isla, la “Calle Real”. Como si temiera o presintiera mi desfallecimiento, presta a socorrerme, mi sombra me acompaña a la izquierda.

Hemos arribado a la “Plazuela”, hoy y siempre “Plaza del Carmen”. Avanzamos al mismo ritmo, aunque, a veces, parece que mi compañía juega al despiste o al escondite, cuando algún edificio sobresaliente, a la derecha de la gran avenida, actúa como pantalla opaca a los rayos solares.

La “Plazuela”, como la “Alameda” y “Plaza del Rey” están integradas en la gran remodelación que ha experimentado toda la “Calle Real”, transformándola en  vía semipeatonal, a la espera de ser violada por el tranvía metropolitano.

Ello no es obstáculo para que yo evoque y comente con mi acompañante los lejanos tiempos en que con un simple aro surcaba en la “Plazuela” espacios reservados o conquistados a juegos infantiles.

La vivienda familiar se encontraba entonces tan solo a unos metros, frente a la “Esquina del Gordo”.

En infinidad de ocasiones nos habíamos atrevido a cruzar el punto citado, entonces única alternativa que podía conducirnos a la capital en transporte público y vehículos de motor.

Lo hacíamos para provisionarnos de alimentos con la cartilla de racionamiento de la posguerra en “Ultramarinos El Gordo” o para el intercambio de novelas y la adquisición de algún que otro remedio para necesidades domésticas en “Casa de Amalia”. No llegábamos a adentrarnos en las “callejuelas”.

Hoy mi sombra y yo observamos el trasiego, el ir y venir de gente muy diversa por la ancha avenida.

La joven madre que, acelerada, empuja el cochecito, donde plácidamente duerme su bebé.

El estresado ejecutivo que, asido su portafolios, teme no llegar a tiempo de la urgente gestión.

Los veteranos jubilados, como mi propia sombra y yo, que, a veces ensimismados en intempestivas reflexiones, otras al paso de alguien, tal vez compañero de viejas o recientes aventuras, deambulamos sin prisas, sin agobios y sin ninguna meta obligada.

En ciertos momentos nos hemos cruzado con discapacitados que en sendas sillas de ruedas, ya autopropulsadas, ya impulsadas por expertas manos familiares participan igualmente de la mañanera evasión.

A la puerta de un comercio, dos conocidas chismorrean animadamente los últimos dimes y diretes, quizás truecan las previstas recetas culinarias o, desgraciadamente, comentan el último  infortunio familiar.

Un anónimo transeúnte nos adelanta raudo con el móvil pegado al oído, sin que podamos retener elemento alguno de la conversación mantenida.

Madre e hija han superado nuestro relajado paseo, discutiendo acaloradamente, ignoramos el motivo.

Pocos metros antes de la “Parroquia castrense de San Francisco” un abigarrado grupo de jóvenes estudiantes de la academia próxima aprovechan el descanso en la jornada lectiva para “echar un cigarrillo” o reponer fuerzas con el bocadillo, en animado coloquio.

Una ambulancia con su estridente sirena, vehículos de la policía local o nacional que, en un sentido u otro, patrullan con celo en ejercicio de su función supervisora, un taxi que realiza sus habituales carreras, una furgoneta de reparto descargando su mercancía, un  turismo privado que acaba de abandonar el garaje, son los únicos automóviles que transitan la  renovada calzada.

La necesidad agudiza el ingenio y la creatividad y así, de un tiempo a esta parte, “haciendo la vista gorda” la autoridad local no interfiere en los puestecillos ambulantes de venta de objetos de segunda mano que van proliferando a la altura de la “Alameda”, restringiendo parte del acerado urbano.

Vendedores de la ONCE, en lugares estratégicos, pregonan terminaciones numéricas, al objeto de atraer a los adictos al azar.

Las terrazas de los bares, a pesar de la crisis, siguen ocupadas a diario por aquellos que degustan el desayuno en la calle.

La atención prestada a tantas incidencias y observaciones no evita recordarle a mi sombra aquellos lejanos años en los que diariamente realizábamos el recorrido desde la “Esquina del Gordo” hasta los “Hermanitos” (colegio “La Salle”), donde cursé la enseñanza primaria. Mi sombra no era tan alargada y yo aún vestía pantalones cortos.

Guardo el recuerdo de la única ocasión en la que, junto a mi amigo y compañero de aula (M.R.T.), recorrí unos metros a lomo de un asno, que él, por encargo paterno, utilizaba tempranero para transportar y vender la leche a contados clientes.

Nos acercamos a la “Plaza Iglesia”. En este punto mi visión se bifurca. Por una parte, continúa la “Calle Real”, hacia “Capitanía” y el “Castillo de San Romualdo”, es decir la veterana entrada a la Isla para todo aquel viajero procedente de Chiclana y Puerto Real, tras cruzar el hoy también peatonal “Puente Zuazo”.

Por otra, la “Calle Rosario” hasta su confluencia con “Colón” y ésta, a su vez, con la “Calle San Rafael”.

No nos atrevemos a seguir avanzando. Este trío de calles y sus recuerdos quedan para otra ocasión. Argumentos hay sobrados, pues en la céntrica “San Rafael” fue donde por vez primera vi la luz del sol y justamente en el entronque “Rosario” y “Colón” residieron mis abuelos paternos. Durante unos años allí nos establecimos, tras el fallecimiento de mi abuelo.

Cuando giré mis pasos, para deshacer el camino recorrido, el sol no había avanzado tanto en su periódica trayectoria diaria como para que mi sombra me abandonara. Juntos, lentamente, desanduvimos el trayecto y regresamos a casa.


                                                               Salvador Egea Solórzano

jueves, 7 de febrero de 2013

"CUANDO SOY DÉBIL, ENTONCES SOY FUERTE"



El apóstol Pablo no deja de sorprenderme o más exactamente es el Espíritu, a través de la mediación de las cartas paulinas, el que, en el momento más inesperado, interpela obstinadamente.

Extraña las innumerables ocasiones en las que he leído textos bíblicos o, con ferviente atención, escuchado homilías y estudiado comentarios exegéticos sin reparar en lo que, en una coyuntura determinada, incide en el corazón como “una espada de doble filo” (Heb 4,12). “El viento sopla donde quiere” (Jn 3,8).

Algo así experimenté el pasado día 1, viernes de la tercera semana del tiempo ordinario, al encontrarme en la “lectura breve” de Laudes, con el texto que encabeza este comentario.

Las paradojas tienen el efecto inmediato de sacudir la mente e incitarnos a reflexionar.

La lapidaria confesión de Pablo me ha acompañado durante estos días, sin borrarse, en ningún momento, del recuerdo.

Leí íntegramente la 2ª carta del apóstol a los corintios, como queriendo enmarcar e interpretar la afirmación de Pablo en el contexto global de la epístola y de la comunidad cristiana destinataria en origen.

Durante su permanencia en Éfeso, ciudad donde presumiblemente escribió la carta, Pablo tuvo conocimiento del intento de desacreditar su autoridad por parte de miembros de la comunidad corintia.

Con firmeza y vehemencia revindica su apostolado, que emana del mismo Señor (2Cor 10,8). Como testimonio de entrega absoluta a la misión confiada relata la serie de tribulaciones que ha experimentado a causa del ministerio. Y es después de todo este discurso cuando Pablo hace expresa mención a gloriarse en sus debilidades, “pues cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10b).

Mi primera reflexión me lleva a asumir la propia debilidad, física, en primer lugar, aunque sea a regañadientes (los años no pasan en balde), pero también, sobre todo, como creyente. Si el testimonio de Pablo condensa su franca convicción de que “la fuerza se realiza en la debilidad” (2Cor 9a), ¿cómo no reconocer tantos “naufragios”, decepciones y errores en el rumbo durante la singladura que me conduce hacia los brazos del Padre?

Pablo alude a “una espina en la carne, un emisario de Satanás que me abofetea” (2Cor 12,7). Yo refiero la miseria humana que, en demasiadas ocasiones, se impone a los altos ideales y sublimes propósitos.

Esta es mi permanente “debilidad”.

Constatada esta condición, la afirmación de Pablo me induce a considerar la fuerza con la que el Espíritu anida en nosotros. Sin ella, sería del todo imposible que yo estuviera garabateando estas líneas. La misma fuerza me otorga la confianza de sentirme acogido en buenas manos.

Por ello la sentencia de Pablo supera los delimitados matices del concepto paradoja hasta consolidarse en una acreditada realidad. 

Ciertamente, como con reiteración cantan los salmos, el Señor es mi fuerza, mi luz y mi salvación.

Me reconforta la toma de conciencia  y la convicción profunda de que en el corazón del Padre se diluyen todas nuestras infidelidades y que el reconocimiento de nuestra debilidad e impotencia nos acerca a Aquel que es la roca y salvación.



Salvador Egea Solórzano

martes, 22 de enero de 2013

DESIGNIOS INESCRUTABLES (Ordenación como diácono de mi hijo Paco)






Han transcurrido tan solo unos días. El tiempo suficiente para que los sentimientos y las reflexiones se sedimenten. El pasado sábado, 19 de enero, Paco, uno de mis cuatro hijos, recibió el orden sacramental del diaconado.
D. Juan José Asenjo, Arzobispo hispalense, presidió la celebración que se desarrolló en la parroquia regentada por los religiosos de la Congregación de los Sagrados Corazones en Sevilla.
La diócesis de Málaga, donde mi hijo convive en la comunidad de la parroquia “Virgen del Camino”, en la malagueña barriada de san Andrés, había notificado previamente el acontecimiento en la web diocesana.
La crónica del acto fue redactada cariñosa y completísimamente por Fernando Bueno, ss.cc.
“¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!”. El himno de Pablo (Rom 11, 33) ensalzando la sabiduría de Dios estuvo presente en la mente de cuantos, paso a paso, hemos seguido la evolución vital y el proceso de fe de Paco desde la más temprana infancia hasta el presente y, singularmente, de nosotros, sus padres.
Cierto paralelismo provocó en mi la evocación del fragmento bíblico 1 Sam 16, 1-13.
El Espíritu del Señor se había retirado de Saúl. El Señor envió a Samuel a casa de Jesé en Belén, porque entre sus hijos había elegido al sucesor del rey de Israel. Las apariencias engañaron al anciano profeta al tratar de reconocer al escogido por Yavé. “El hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón“(v7). Unos tras otros fueron desfilando ante Samuel los siete hijos de Jesé. “El Señor no ha elegido a estos” (v10), fue la reacción del profeta.
-          “¿No hay más muchachos?”
-          “Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño” (v11).
Él fue el elegido por el Señor.
Nada nos hacía predecir a mi mujer y a mí la elección. Muchas veces lo hemos comentado: ¿por qué?
Ninguna trayectoria insólita por nuestra parte ha sido fundamento para el libérrimo designio de Dios.
Jesé no esperaba la visita del enviado de Yavé. No podía imaginar que entre sus hijos y, desde una perspectiva humana, el menor de ellos, descartado desde el comienzo del proceso, se encontrara el elegido de Yavé.
No, no esperábamos esta bendición del Cielo. Tan cierto es esto que la declaración de intenciones de nuestro hijo, un día ya lejano, (han transcurrido ocho años), a primera hora de la mañana, durante el desayuno, suscitó en mi una desconcertante sorpresa y hasta incredulidad. Estaba convencido de que se trataba de una broma más, a la que, por otra parte, era muy propenso nuestro hijo.
Pero, no. Estaba ya muy convencido y decidido. Todo el proceso posterior ha sido una reafirmación en el propósito consistente de respuesta fecunda a la elección divina.
El ministerio del diaconado tiene entidad en sí mismo, aunque se considere también una etapa que culmina en la ordenación como presbítero.
Entre las funciones propias del diácono destaca el ministerio de la Palabra. Así lo recordó D. Juan José Asenjo durante la homilía de la celebración. Para ello, es absolutamente ineludible que el diácono reciba la Palabra como el tesoro (Mt 13,44) del que no puede desprenderse y que ha de iluminar su vida irradiando hacia la comunidad cristiana.
Este es, como padres, nuestro deseo, Esta coherencia con la Palabra es lo que siempre hemos intentado vivir y transmitir a nuestros hijos. Esto es lo que vivamente anhelamos.
Nos faltan palabras para expresar nuestro agradecimiento porque el Señor haya dirigido sus ojos hacia nuestra familia y su mirada encontrara la respuesta decidida, valiente y generosa de su elegido Paco.

Salvador Egea Solórzano

viernes, 11 de enero de 2013

"SÉ DE QUIÉN ME HE FIADO"






Un miércoles más, como viene siendo habitual desde que en septiembre pasado se inició el curso escolar, nos acomodamos en el coche mi mujer y yo rumbo a Sevilla. Los horarios laborales de mi hija y yerno determinaron en su momento que el miércoles fuera el día señalado para, como abuelos, ejercer de solícitos canguros de nuestra nieta.

En los trayectos medianos y largos tenemos la costumbre de invocar la protección del Cielo al comienzo del viaje recitando un Padrenuestro… Desde hace algún tiempo ampliamos el periodo de oración con la breve audición del contenido propio del día en www.rezandovoy.org.

En esta ocasión sugerí a mi mujer posponer la citada audición, mientras escuchábamos algunos boleros del grupo musical “Café Quijano”, del que recientemente me habían regalado la última producción.

No obstante, antes de llegar al peaje de la autopista habíamos ya escuchado el relato evangélico y el comentario que lo esclarece y facilita la reflexión personal.

Tantas veces he leído la segunda carta de Pablo a Timoteo que, este miércoles, dudé porqué me impactó especialmente la cita paulina: “Sé de quién me he fiado”  (2Tim 1,12).

Tal vez la sensibilidad de los años ya cumplidos, que con demasiada insistencia hace que dirija una reiterada y retrospectiva mirada al pasado, fuera el detonante de este aldabonazo a mi conciencia.

Realmente ¿de quién o de qué me fiado a lo largo de mi vida?, ¿en quién o en qué he depositado mi confianza en la búsqueda de esa seguridad que todos ansiamos?, ¿tiene sentido cristiano la búsqueda de seguridades? Fueron interrogantes que afloraron a mi mente en un flash instantáneo.

Como nunca anteriormente detuve mis cavilaciones rumiando la confesión de Pablo a su discípulo, compañero y amigo Timoteo. En el contexto biográfico del apóstol ¡cómo sintetizan tan pocas palabras toda la experiencia de quien recorrió los caminos del Imperio entregado radicalmente a la evangelización! y en sus propias palabras “…Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajos y agobio, sin dormir muchas veces, con hambre y sed, a menudo sin comer, con frío y sin ropa” (2Cor 11, 26 s.).

Iluminado por este extremo testimonio valoré en un fulgurante destello decisiones y actitudes de mi vida. ¡Qué pobreza y raquitismo! ¡He consignado mi confianza en tantas seguridades efímeras!

Siempre es momento propicio para reorientar el presente, proyecté decidido. Nunca tiene sentido idolatrar el dinero, el poder, la ambición, el ansia posesiva, el consumismo desaforado…, menos aún ante el escaparate de indigencia y desamparo en el que, en nuestro entorno próximo, se encuentran tantas familias y hermanos.

La afirmación de Pablo incluye implícitamente una absoluta y radical voluntad de seguimiento de Cristo, una disposición plena para hacer efectiva la instauración del Reino, una total confianza en que nunca se sentirá defraudado.

Desde mi fe, tantas veces titubeante y mediocre, quisiera expresar con sincera y profunda convicción la misma expresión de Pablo. Pero las palabras desgraciadamente se traban en mi mente. A lo más, balbuceo un inseguro deseo y vacilante propósito.

Para el amor del Padre que sale al encuentro del hijo con los brazos abiertos, sé que es una disposición suficiente. Por ello, aun con todas las inseguridades y contradicciones, y  como queriendo reafirmar cada término, confiado, me atrevo hoy a confesar y escribir: “Sé de quién me fiado”.



Salvador Egea Solórzano


jueves, 27 de diciembre de 2012

“O ORIENS, SPLENDOR LUCIS AETERNAE…”




Me ha cautivado, en alguna ocasión, la contemplación de la alucinante belleza del firmamento estrellado. La inmensidad del cosmos y la pequeñez del hombre se dan la mano en el insondable misterio del universo.

No es extraño que la astrología haya fascinado tanto desde lo remoto de los tiempos y que las luminarias más representativas sean veneradas como divinidades en la antigüedad en la creencia mítica de su ineludible influencia en el comportamiento y destino de la humanidad.
El sol, fuente de luz y vida, la luna, reina de la noche, formaban parte de la tríada mesopotámica integrada también por la diosa Venus.
Una estrella guió a los magos de oriente, según el relato bíblico (Mt 2,1-12), en su búsqueda del Rey de los judíos. El oráculo de Balaán ante Balac, rey de Israel, es considerado por la tradición cristiana como vaticinio del evento evangélico mencionado: “Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel” (Num 24,17).
No son las únicas alusiones en la Biblia a las estrellas, pero, a diferencia de otras civilizaciones, el texto bíblico las considera, en todo momento, criaturas de Dios. El salmista lo reconoce expresamente: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado…” (s 8,4).
Su función está bien definida en el relato de la creación: “puestas en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla” (Gen 1,17s). “El Señor puso el sol para alumbrar el día, las leyes de la luna y las estrellas para alumbrar la noche” (Jer 31,35).
El dominio de Dios sobre las criaturas celestes se pone también de manifiesto cuando con su actuación, por orden divina, deciden la victoria de Israel contra los enemigos (Jos 10,13; Jue 5,20).
La alianza de Dios con Abrahán incluye la promesa de que su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo (Gen 15,5).
En nuestra cultura las estrellas son una imagen frecuente. Numerosos estados y entidades profanas y religiosas las incluyen, junto al sol y la luna, como elementos en sus banderas y simbología en general.
También el lenguaje es expresión de la atracción que ejercen las estrellas. Así hablamos de “tener buena o mala estrella” y nos referimos a personajes más o menos ilustres o mediáticos como “estrellas”.
Cuando invocamos a María, “Stella maris”, la reconocemos implícitamente referencia y guía en la singladura del mar proceloso por el que navegamos en esta vida.
Inmersos en el tiempo litúrgico que discurre en estos días de Navidad resuena aún el eco de la antífona: “O Oriens, splendor lucis aeternae, et sol justitiae: veni, et illumina sedentes in tenebris, et umbra mortis”, “Oh Sol naciente, Esplendor de la luz eterna, Sol de justicia: ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y yacen en sombra de muerte”.
En una manifiesta mención al fulgor que emana de Belén, Benedicto XVI en el reciente mensaje navideño sentencia: “Si la luz de Dios se apaga, se extingue la dignidad del hombre”.
Todas estas cavilaciones afloran a mi mente cuando, habiendo celebrado la Natividad hace unos días, nos acercamos a la festividad de la manifestación del recién nacido a todos los pueblos en la Epifanía del Señor.
Cristo es la luz (Jn 1,9). Es la “estrella” que ilumina el camino, orienta nuestros pasos y nos lleva al Padre (Jn 14,6).
Declaro haber recibido, desde la remota infancia, el don de vislumbrar y paulatinamente descubrir esta “estrella” que, como a los magos de oriente, me ha seducido y conducido a Belén.
En el trayecto ha habido momentos, ocasiones en los que, obnubilados los ojos, los pies han errado el camino. Pero, como les sucedió a los magos, la “estrella”, reiniciada la andadura, surge nuevamente para guiar los pasos hacia el encuentro definitivo (Mt 2,9).
Con esta convicción, esperanza e ilusión me dispongo a celebrar la Epifanía de Jesús, al comienzo del año nuevo.
¡Que sea 2013, para todos, año de reconciliación, año en el que los deseos de paz, justicia, solidaridad… se hagan realidad! Algo así, al menos en su espíritu, si no literalmente, como el año sabático decretado en el Deuteronomio (Dt 15, 1-18) para el pueblo de Israel. ¡Feliz año 2013!




jueves, 13 de diciembre de 2012

"ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA"



El llanto desgarrado es expresión de la conmoción del recién nacido al abandonar traumáticamente el acogedor seno materno, donde plácidamente ha permanecido durante el periodo de gestación. Sin embargo, es evidentemente un paso decisivo, absolutamente ineludible, en la secuencia de la autonomía personal.

Tras esta original experiencia serán múltiples las pequeñas o grandes frustraciones que acompañarán el proceso evolutivo del niño y adolescente hacia la madurez. Cualquier persona adulta completaría un prolijo elenco de desilusiones, reveses y desengaños si se dispusiera a rememorar su historia personal.

Cada uno de nosotros construye su vida jalonando objetivos, que unas veces conseguimos y otras redefinimos después de constatar que nos hemos estrellado en el intento por alcanzarlos. Analizamos y evaluamos las razones que impidieron lograr las metas propuestas y, si en nosotros permanece el ansia de superación, damos un nuevo impulso a nuestra vida.

Cuando se otea, desde una perspectiva ya avanzada los años transcurridos, muchos criterios y axiomas se han relativizado en el camino, quedando firmes sólo aquellos valores y convicciones que fundamentan nuestra existencia y le otorgan sentido definitivo.

Viví ilusionada e intensamente el advenimiento de la democracia en nuestro país, como tantos conciudadanos, con la esperanza de la regeneración política, económica y social. Desde los inicios de la transición soy afiliado sindical, como expresión del compromiso personal en la transformación de las estructuras hacia una sociedad más equitativa y justa.

He soñado reiteradamente con la utopía de un mundo en el que la fraternidad, la justicia, la equidad, la solidaridad… se hacían realidad.

Hoy, al despertar, siento cierta decepción. No me desalienta la política. Me siento, en gran medida, defraudado porque las reglas del marco político se nos imponen siempre en detrimento y perjuicio de los más desfavorecidos de la sociedad.

Aflora a mi memoria el dictamen del filósofo Ortega y Gasset, tras los vaivenes de la recién proclamada II República: “No es esto, no es esto”.

Corrupción, fraudes de grandes sociedades y fortunas a la hacienda pública, compensaciones millonarias a los gestores que han inducido la crisis en la que estamos sumidos, a costa precisamente de los recortes económicos y la calidad de vida de las clases sociales depauperadas, concentración de las riquezas en oligopolios multinacionales que manipulan, coaccionan y condicionan el poder político en la toma de decisiones…, siempre atentos a sus intereses corporativos.

Todo ello dibuja un escenario en el que cunde el desengaño y tal como confirman, una y otra vez, los sondeos demoscópicos causa desafección hacia la clase política, hasta considerarla uno de los grandes problemas en opinión de los encuestados.

Ante tan sombrío panorama busco el resorte que me inmunice contra la frustración y el desaliento.

“Esperar  contra toda esperanza” (Rom 4,18)), exhorta Pablo de Tarso a los creyentes de Roma, aludiendo a la figura paradigmática del patriarca Abrahán. La incitación del Apóstol es especialmente relevante en estas semanas de Adviento. Junto al salmista recito: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (s 121,2), “Mejor es refugiarse en el Señor que confiar en magnates” (s 118,9), “Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador…” (s 18,3).

La esperanza sólida y estable, fundada sobre Roca, en el advenimiento del Reino, esperanza que es también compromiso en el presente con el proyecto de instauración evangélica, disipa toda sombra de abatimiento y pesimismo.

En definitiva el cristiano es el hombre de la esperanza y esta esperanza comprometida y comprometedora nos alienta, pese a las situaciones de arbitrariedad, atropellos y desafueros, a no desfallecer en el empeño.

Este es mi testimonio cuando, desde mi atalaya, contemplo preocupado, aunque esperanzado,  la devastadora política que carcome los cimientos del estado de bienestar, sumiendo a numerosas familias  en la carencia de los más elementales derechos personales. 
¡Ojalá  el clamor cristiano del Adviento “Maranatha”, al tiempo que fortalezca nuestra esperanza, transforme las conciencias y actitudes de los que ostentan el poder y rigen los destinos del mundo!



Salvador Egea Solórzano