jueves, 16 de mayo de 2013

"CASA PEPE"


Salgo de casa, cruzo la calle donde resido y a escasos cincuenta metros abre acogedora sus puertas a la barriada la cafetería – baguetería “Carona”.
Su emplazamiento, equidistante de los extremos de la avenida, facilita los encuentros habituales de vecinos a lo largo de la jornada.
Los asiduos clientes ignoramos el rótulo del establecimiento. Sólo algún despistado proveedor localizará por “Carona” lo que para todos los residentes de la barriada ha sido y será “Casa Pepe”.
No preguntéis por los apellidos. ¿Qué importancia tienen cuando basta el nombre para identificar a la persona entre todos los moradores del barrio?
Aquí el apelativo con el que nos referimos al personaje es la metonimia del local.
Pepe es un hombre emprendedor, con el impulso y apoyo siempre de su mujer, Isabel. Veterano en la barriada, inició su actividad comercial entre nosotros inaugurando un pequeño local, almacén de ultramarinos. En él encontrábamos los vecinos los desavíos diarios, provisiones pendientes u olvidadas en el listado de compras llevadas a cabo en las grandes y medianas superficies comerciales.
Los intentos por adecuar el negocio a la demanda de los clientes y a las exigencias del mercado colisionaron con la feroz competencia de los centros comerciales. De ahí que audazmente, haciendo gala de su espíritu innovador, Pepe transformó el almacén en la actual cafetería – baguetería.
Fiel a la cita de cada mañana, alrededor de las siete la baraja metálica se avista a media altura. Es la puesta a punto del local. Poco más tarde se abren las puertas de par en par. Van llegando los primeros clientes tempraneros. Vecinos y conocidos que iniciamos la jornada con un desayuno reconfortante y unos “buenos días”, expresados con el más sincero y amistoso de los deseos.
El diseño se repite casi ineludiblemente cada mañana. Aquel es el rincón de las jóvenes y laboriosas peluqueras del local cercano. En la barra apuran el cafelito rostros reconocidos que ojean la prensa diaria, emiten apasionadas opiniones  y sentencias, si la jornada anterior ha habido competición deportiva o simplemente comentan las primeras incidencias mañaneras.
Rafaela, tras la barra, dispone solícita la comanda de cada cliente, que no es necesario verbalizar.
No hay reserva previa. Pero cada uno, salvo raras excepciones, parece tiene asignado un lugar, una mesa de su preferencia. Así la cafetería va completando el aforo y Pepe, con maestría y profesionalidad, va de allá para acá y de acá para allá atendiendo a cada uno.
No puede regentarse un pequeño negocio, sortear trabas administrativas, estar al día en cotizaciones y tasas municipales, satisfacer los variopintos requerimientos de la clientela, con un talante huraño y arisco. Pepe es comunicativo y servicial, afable y cercano, al menos mientras no rivalicemos con él en sus grandes pasiones futboleras: Cádiz C.F. y Real Madrid.
“Casa Pepe”, se transforma en peña madridista, concentra los días de fútbol televisado a los aficionados más fanáticos de la barriada.
En cualquier rincón de la avenida resuena el rugido estruendoso ¡gol!, cuando el balón impacta en la portería del equipo adversario del Real Madrid.
Pero, más allá de este delirio futbolístico, es emotivo contemplar en Pepe su ternura con los niños. Pienso que hasta los gorriones son conscientes de ello y, huidizos, se atreven a adentrarse en el local a recoger las migajas que caen de las mesas o aquellas otras que, intencionadamente, el mismo dueño les oferta.
Recientemente y tras el pertinente proceso administrativo de tan lenta tramitación, Pepe ha habilitado una terraza que ocupa dos antiguas plazas de aparcamientos.
En ella, además de disponer de una zona apropiada los clientes fumadores, encontramos los vecinos el emplazamiento propicio para una conversación relajante a la hora del aperitivo mañanero y el lugar idóneo para la tertulia vespertina o la velada estival.
Expreso el sentimiento general de la clientela al desear larga vida al negocio, lo que implica la satisfacción de todos los que nos acercamos al local y el reconocimiento del buen hacer de su propietario.

San Fernando, 16 de mayo de 2013.

Salvador Egea Solórzano

martes, 30 de abril de 2013

EFFETÁ



Hace ya algún tiempo me insisten reiteradamente: “Tienes que ir al otorrino”. Con firme presunción, mezcla de cariño y cierta dosis de: “¿ves como tenemos razón?”, mi familia me urge para que verifique la pérdida de capacidad auditiva.

Dejo pasar el tiempo y mi tozudez parece un acicate para animar su afectuoso empecinamiento.

Yo suelo salir al paso sentenciando que soy “sordo selectivo”, tal vez debiera decir “ocasional”, lo que, en determinadas coyunturas, no deja de ser una concesión para justificar algunos “olvidos” más o menos intencionados.

El tiempo y el envejecimiento son factores inexorables y soy consciente de que mi agudeza auditiva decrece, sin haber llegado al extremo de impedir la interrelación personal y la comunicación.

De momento no constituye un problema prioritario, ante otros chequeos facultativos más apremiantes.

Como la degradación sensorial, que acompaña al paso de los años, no suele afectar sólo a uno de los sentidos corporales, también mi agudeza visual se resiente, si bien, en este caso, la atención a la miopía y presbicia ha sido más temprana e inmediata.

Vista y oído son dos ventanas que nos abren al exterior, aunque, a veces, ensimismados en nosotros mismos, nos empeñemos en que permanezcan cerradas.

Así, ciegos y sordos, por decisión propia, a lo que acontece a nuestro alrededor, también nuestra sensibilidad a las circunstancias y problemas extraños decae, como si lo ajeno a nosotros constituyera una película que visionamos, simples espectadores de una realidad que no nos implica en absoluto.

Intento que la degeneración de mis órganos sensoriales no induzca a la insolidaridad y al aislamiento. Jueces, respecto a estas actitudes, dictarán sentencia en el ámbito en el que me desenvuelvo.

Pero cierto es que llega el momento en que todo el bagaje de lo que hemos percibido año tras año y que constituye, en gran medida, nuestra experiencia vital, nos permite relativizar; aventar lo importante de lo accesorio y secundario; conservar lo significativo y sustancial; orillar y olvidar lo accidental.

Es como si la mirada se dirigiera ahora hacia lo recóndito de uno mismo y la sensibilidad auditiva permaneciera atenta al murmullo interior, que no deja de ser caja de resonancia de lo vivido  y de lo que contemplamos en nuestro entorno.

Y es así que la introversión induce a la reflexión y a rumiar sosegadamente unas y otras vivencias dándole a los días un sentido más íntegro y trascendente.

En esta tesitura advienen a mi mente las curaciones del sordomudo en territorio fenicio, escena narrada por el evangelista Marcos (Mc 7,31-37) y del ciego de la piscina de Siloé (Jn 9,1-41).

En ambos casos el sentido profundo del relato va más allá de la simple sanación física. Se trata de, como personas, abrirnos a la trascendencia y reconocer a Jesús, Profeta e Hijo de Dios.

El suspiro e invocación de Jesús: “Effetá”, sólo admite una reacción válida y consecuente: “Creo, Señor”.

Ante el paulatino ocaso inevitable de las propias facultades, no pretendo el proceso de la regeneración física, sino más bien el milagro de que la alegoría del deterioro auditivo y visual sea ocasión propicia de impulsar mayor agudeza para, desde la fe, descubrir el genuino y definitivo sentido de la existencia.



Salvador Egea Solórzano

sábado, 6 de abril de 2013

“BIENAVENTURADA LA QUE HA CREÍDO…” Lc 1, 45




Nunca he estado integrado en el ámbito cofrade. Mis recuerdos me retrotraen a la infancia, callejeando los itinerarios de las veteranas cofradías isleñas: “Estudiantes”, “los Olivos”, “la Columna y Medinaceli”, “la Caridad”, “el Silencio”…, desde “el Cristo” hasta “San Francisco”, “la Pastora”, la “Iglesia Mayor”…

Aquellas imágenes de largas filas de nazarenos que preceden a los “pasos” permanecen grabadas en la memoria con olor a incienso, colorido de túnicas y estandartes y acordes musicales de marchas procesionales. Todo como si no hubieran transcurrido seis décadas.

Junto a la evocación de lo percibido a través de los sentidos, también ocupan un espacio reservado los sentimientos religiosos que la educación recibida y la atmósfera envolvente alentaban.

Hace muchos años que no había vuelto a realizar los recorridos de la infancia. Algún resorte interior me ha impulsado en esta ocasión a contemplar una salida procesional.

Había de antiguo cierta reticencia por mi parte hacia esta expresión religiosa popular. Mi análisis se quedaba en lo más superficial del acontecimiento, incluso prejuzgando actitudes y sentimientos personales, sin alcanzar elementos más objetivos y profundos que descubrieran la autenticidad de la experiencia religiosa de los integrantes de las hermandades.

A este distanciamiento, tal vez, contribuyera lo que públicamente se ha criticado, a veces desde el mismo mundo cofrade, aludiendo a “actitudes poco respetuosas del público hacia las cofradías” (“Diario de Cádiz”, jueves, 28 de marzo de 2013).

He leído en la prensa escrita y escuchado durante los días pasados en los medios televisivos, opiniones divergentes sobre esta manifestación de religiosidad popular. En algún caso se ha llegado incluso a la caricatura despreciativa e hiriente, sin medir adecuadamente el alcance de las opiniones vertidas, que parecen buscar el aplauso fácil de una audiencia predispuesta.

En mi caso los años han ido flexibilizando actitudes rígidas y dogmáticas, a medida que he ido saliendo de mi mismo, acercándome al otro en disposición receptiva e integradora.

La experiencia de fe no es unívoca y en lo recóndito de cada creyente está la clave que certifica la autenticidad de su creencia y conducta, asumiendo como básica referencia el evangelio de Jesús.

Admiro y quedo anonadado personalmente ante la firme convicción religiosa expresada en la manifestación de fe del grupo de gente sencilla que procesiona tras los “pasos”.
Es posible que haya que depurar algunos elementos que contrastan con la sencillez evangélica y potenciar, en el intervalo anual, otras actividades de orden formativo y catequético. En ello  están comprometidos, año tras años, las juntas directivas de las hermandades.

Pero hoy prefiero destacar, en estas reflexiones, el testimonio de fe, que sin alardes de ningún tipo, he recibido del pueblo llano. También estas vivencias transmitidas con la sola presencia es una catequesis para quienes con mirada limpia y transparente, con ojos de fe, nos hemos acercado a contemplar los desfiles procesionales.



Salvador Egea Solórzano

martes, 19 de marzo de 2013

UTOPÍA



Después de una extensa vida profesional la gran oportunidad que ofrece la jubilación, cuando se alcanza con un nivel adecuado de lucidez e inquietudes intelectuales, es la posibilidad  de organizar y distribuir el tiempo entre aquellas actividades que se han ido relegando o a las que no se les ha dedicado la atención requerida.

Entre mis ocupaciones diarias destaca singularmente la lectura.

Algún agente comercial, de entre los que periódicamente me ofrecen novedades editoriales, ha elogiado la prolija biblioteca doméstica, completada paulatinamente y que aún se va incrementando.

Conociendo mi afición y la temática preferida no es extraño recibir, aprovechando cualquier oportunidad, el obsequio de un libro. Tal es el caso de Klaled Hosseini, “Cometas en el cielo”.

Concluida la lectura, seleccioné la novela Ana Tortajada, “El grito silenciado”, cuyo argumento se desarrolla en el mismo periodo cronológico y escenario geográfico que la anteriormente citada: Afganistán, últimas dos décadas del siglo XX.

Los kilómetros marcan la distancia y alejan geográficamente pueblos y naciones. Pero no tienen la posibilidad de transmutar y camuflar las pasiones humanas. Y así lo que se vive y experimenta en un remoto lugar de la Tierra, tenemos la posibilidad de encontrarlo, con los matices pertinentes, tal vez, muy cerca de nosotros.

Por  otra parte la globalización periodística y la navegación por la red informática permiten observar, a veces sincrónicamente, los acontecimientos más aislados.

La amistad traicionada y la opresión y discriminación sexista no tienen fronteras.

Es cierto que el sistema de castas y la imposición de la interpretación coránica del régimen talibán conllevan la institucionalización de la injusticia, la vejación y la tiranía. Pero, lamentablemente, no es ocasional, sino estructural, encontrar en nuestra culta, refinada y democrática Europa, una organización económico-social que dilata las diferencias en el nivel del bienestar social entre los pueblos y ciudadanos.

La regeneración, que razonablemente exigimos para todas las instituciones y situaciones que zahieren la dignidad humana, también tiene entre nosotros su ámbito de referencia.

Sin olvidar que toda rehabilitación de la sociedad ha de comenzar en el propio individuo, los poderes públicos han de considerar escrupulosamente en su labor legislativa y ejecutiva el objetivo para el que han sido nominados: el equitativo bienestar de todos los ciudadanos.

¿Podremos algún día con la sana ambición y el esfuerzo colectivo aproximar la utopía bíblica en la que “habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor” (Is 11,6)?





            Salvador Egea Solórzano

viernes, 1 de marzo de 2013

¿SOY YO EL GUARDIÁN DE MI HERMANO?



Leo la prensa escrita y virtual de manera selectiva. Con frecuencia no paso del titular, si exceptúo artículos de opinión y crónica de algún acontecimiento o suceso relevante.

Sin embargo un dato, deslizado en la información facilitada por el INE (Instituto Nacional de Estadística) fijó mi atención y, desde aquel momento, ha estado martilleando mi cerebro.


Saturados de prospecciones estadísticas y sondeos, cuyos resultados suelen condicionar o dirigir la acción de las instituciones públicas y privadas que los programan y proyectan, no es extraño que nos acerquemos a estos datos con fría actitud matemática, informes despersonalizados que obnubilan rostros concretos y tragedias con nombres y apellidos.

Intenté precisamente, en un ejercicio imaginativo, recrear situaciones reales, personalizar esos dígitos y porcentajes.

Esbocé circunstancias, coyunturas que podrían haber abocado a estos trágicos desenlaces.

De las sombras surgieron  fantasmas infaustos y siniestros, todos ellos etiquetados, con diferentes modulaciones, como fracasos personales.

El proyecto generado con ilusión y esperanza yace roto: paro crónico, desahucios, frustraciones, depresiones, violencia de género…, manifestaciones distintas de impotencia y agotamiento.

Cada suicidio es, sin duda, una tragedia personal, expresión amarga de propósitos abortados.

Estadísticamente “la subida es pequeña”, analiza asépticamente el informe del INI. Me indigna esta frívola conclusión. Un único suicidio es ya de por sí un gran fraude a la vida que hemos recibido gratuitamente como don.

Cuestiono que todo quede reducido al ámbito privado. Me interpelo por la parte de responsabilidad colectiva que encubren estas decisiones personales.

Aflora a mi mente: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9), grito aciago, expresión de la más absoluta insolidaridad.

Con certeza tendremos que esforzarnos en restaurar nuestro endurecido corazón de piedra, pero hemos de afanarnos sin tregua por transformar estructuras, normas, resoluciones, establecidas y dictadas para mantener un “status” de ficticia armonía en detrimento siempre de los más desfavorecidos de la sociedad.



Salvador Egea Solórzano


sábado, 16 de febrero de 2013

PROFETA




Repuesto de la sorpresa causada por la noticia de la insólita dimisión del Papa me permito añadir estas breves líneas al cúmulo de comentarios e interpretaciones de plumas, sin duda, mucho más autorizadas que la mía.

He leído, en los pocos días que median entre hoy y el pasado anuncio de la dimisión papal, más de una decena de reflexiones.

La perspectiva de cada autor determina las conclusiones, como es lógico.

Yo, cristiano de a pie, sin ninguna mayor acreditación, pretendo simplemente dejar constancia escrita de mis personales sensaciones.

La información me llegó, sentado delante del ordenador, de la boca de mi hijo, que, residente en Madrid, pasaba unos días de vacaciones en casa.

Recordé que, justamente esa misma mañana, lunes de carnaval, habíamos callejeado en Cádiz la zona por donde discurre el carrusel de coros.

Me llamó la atención, sin darle mayor importancia, los panfletos que bordeaban una de las bateas y que aludían a la dimisión con el ingenio propio de esta tierra gaditana.

No tomé en serio a mi hijo hasta que puso ante mis ojos lo que ya circulaba por la red.

He leído y conservo en casa las encíclicas de Benedicto XVI. En la comunidad parroquial de la que soy miembro, hemos reflexionado conjuntamente y comentado “Caritas in veritate”. En el momento de atender la información de mi hijo acababa de leer el “Mensaje del Papa con ocasión de la Cuaresma”, de modo que me dispuse a redactar una breve glosa ocasional en facebook.

Atraído por la Cristología he leído también los tres libros publicados últimamente por Joseph Ratzinger sobre Jesús de Nazaret.

Estas y otras lecturas han ido configurando en mí una imagen de Benedicto XVI más real y atrayente que aquella con que recibí el anuncio de su promoción al pontificado.

El tránsito del cardenal Ratzinger, guardián de la ortodoxia,  desde la “Prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe” al solio pontificio contrastaba con la personalidad carismática de su antecesor Juan Pablo II.

Algunas alusiones en medios próximos acentuaban este contraste, llegando incluso a caricaturizar el semblante adusto, rígido del Pontífice.

La decisión de Benedicto XVI, libremente ponderada, como él mismo ha afirmado, es un gesto, me atrevería a decir, profético. Diversos comentaristas han destacado la plena coherencia con la concepción del ministerio petrino como servicio a la cristiandad. Refleja, por otra parte, una entrañable actitud cercana, diría que humana, alejada de aquella aureola que, en todo caso, desfiguraría el recuerdo de Pedro, pescador de Galilea.

El denso magisterio, que ha ido desgranando en cada uno de sus discursos y publicaciones, culmina con esta actuación en sintonía con tantas otras actuaciones de los antiguos profetas.

La figura del Papa Ratzinger, desde mi punto de vista, se ha ido engrandeciendo al paso de los años. La sombra que su imagen quebradiza proyecta perdurará más allá del 28 de febrero delimitando un sendero de autenticidad, coherencia, humidad, de intenso amor a la Iglesia, barca que navega por el proceloso mar de las incomprensiones, ambigüedades y pecados, guiada por el Espíritu Santo.

¡Ojalá “no nos fallen las fuerzas” para recorrer nosotros, creyentes, seguidores de Jesús de Nazaret, ese mismo sendero!



Salvador Egea Solórzano


domingo, 10 de febrero de 2013

RETAZOS DE HISTORIA DE UNA SOMBRA





A media mañana, cuando la jornada se mantiene abierta, plena de alternativas, salgo de casa e inicio mi diario paseo matutino formalizando la prescripción facultativa.

Bordeo el reciente bloque de viviendas, aún deshabitadas, que ocupa el solar de la antigua cochera de la  “Compañía de Tranvía Cádiz – San Fernando – La Carraca”, por el amplio acerado que lo delimita.

Arrogante, el sol invade la “Avenida de la Marina” desde el luminoso y centelleante laberinto de esteros y marismas que se perfila al fondo.

Asciendo con lentitud la empinada pendiente hacia la arteria principal de la Isla, la “Calle Real”. Como si temiera o presintiera mi desfallecimiento, presta a socorrerme, mi sombra me acompaña a la izquierda.

Hemos arribado a la “Plazuela”, hoy y siempre “Plaza del Carmen”. Avanzamos al mismo ritmo, aunque, a veces, parece que mi compañía juega al despiste o al escondite, cuando algún edificio sobresaliente, a la derecha de la gran avenida, actúa como pantalla opaca a los rayos solares.

La “Plazuela”, como la “Alameda” y “Plaza del Rey” están integradas en la gran remodelación que ha experimentado toda la “Calle Real”, transformándola en  vía semipeatonal, a la espera de ser violada por el tranvía metropolitano.

Ello no es obstáculo para que yo evoque y comente con mi acompañante los lejanos tiempos en que con un simple aro surcaba en la “Plazuela” espacios reservados o conquistados a juegos infantiles.

La vivienda familiar se encontraba entonces tan solo a unos metros, frente a la “Esquina del Gordo”.

En infinidad de ocasiones nos habíamos atrevido a cruzar el punto citado, entonces única alternativa que podía conducirnos a la capital en transporte público y vehículos de motor.

Lo hacíamos para provisionarnos de alimentos con la cartilla de racionamiento de la posguerra en “Ultramarinos El Gordo” o para el intercambio de novelas y la adquisición de algún que otro remedio para necesidades domésticas en “Casa de Amalia”. No llegábamos a adentrarnos en las “callejuelas”.

Hoy mi sombra y yo observamos el trasiego, el ir y venir de gente muy diversa por la ancha avenida.

La joven madre que, acelerada, empuja el cochecito, donde plácidamente duerme su bebé.

El estresado ejecutivo que, asido su portafolios, teme no llegar a tiempo de la urgente gestión.

Los veteranos jubilados, como mi propia sombra y yo, que, a veces ensimismados en intempestivas reflexiones, otras al paso de alguien, tal vez compañero de viejas o recientes aventuras, deambulamos sin prisas, sin agobios y sin ninguna meta obligada.

En ciertos momentos nos hemos cruzado con discapacitados que en sendas sillas de ruedas, ya autopropulsadas, ya impulsadas por expertas manos familiares participan igualmente de la mañanera evasión.

A la puerta de un comercio, dos conocidas chismorrean animadamente los últimos dimes y diretes, quizás truecan las previstas recetas culinarias o, desgraciadamente, comentan el último  infortunio familiar.

Un anónimo transeúnte nos adelanta raudo con el móvil pegado al oído, sin que podamos retener elemento alguno de la conversación mantenida.

Madre e hija han superado nuestro relajado paseo, discutiendo acaloradamente, ignoramos el motivo.

Pocos metros antes de la “Parroquia castrense de San Francisco” un abigarrado grupo de jóvenes estudiantes de la academia próxima aprovechan el descanso en la jornada lectiva para “echar un cigarrillo” o reponer fuerzas con el bocadillo, en animado coloquio.

Una ambulancia con su estridente sirena, vehículos de la policía local o nacional que, en un sentido u otro, patrullan con celo en ejercicio de su función supervisora, un taxi que realiza sus habituales carreras, una furgoneta de reparto descargando su mercancía, un  turismo privado que acaba de abandonar el garaje, son los únicos automóviles que transitan la  renovada calzada.

La necesidad agudiza el ingenio y la creatividad y así, de un tiempo a esta parte, “haciendo la vista gorda” la autoridad local no interfiere en los puestecillos ambulantes de venta de objetos de segunda mano que van proliferando a la altura de la “Alameda”, restringiendo parte del acerado urbano.

Vendedores de la ONCE, en lugares estratégicos, pregonan terminaciones numéricas, al objeto de atraer a los adictos al azar.

Las terrazas de los bares, a pesar de la crisis, siguen ocupadas a diario por aquellos que degustan el desayuno en la calle.

La atención prestada a tantas incidencias y observaciones no evita recordarle a mi sombra aquellos lejanos años en los que diariamente realizábamos el recorrido desde la “Esquina del Gordo” hasta los “Hermanitos” (colegio “La Salle”), donde cursé la enseñanza primaria. Mi sombra no era tan alargada y yo aún vestía pantalones cortos.

Guardo el recuerdo de la única ocasión en la que, junto a mi amigo y compañero de aula (M.R.T.), recorrí unos metros a lomo de un asno, que él, por encargo paterno, utilizaba tempranero para transportar y vender la leche a contados clientes.

Nos acercamos a la “Plaza Iglesia”. En este punto mi visión se bifurca. Por una parte, continúa la “Calle Real”, hacia “Capitanía” y el “Castillo de San Romualdo”, es decir la veterana entrada a la Isla para todo aquel viajero procedente de Chiclana y Puerto Real, tras cruzar el hoy también peatonal “Puente Zuazo”.

Por otra, la “Calle Rosario” hasta su confluencia con “Colón” y ésta, a su vez, con la “Calle San Rafael”.

No nos atrevemos a seguir avanzando. Este trío de calles y sus recuerdos quedan para otra ocasión. Argumentos hay sobrados, pues en la céntrica “San Rafael” fue donde por vez primera vi la luz del sol y justamente en el entronque “Rosario” y “Colón” residieron mis abuelos paternos. Durante unos años allí nos establecimos, tras el fallecimiento de mi abuelo.

Cuando giré mis pasos, para deshacer el camino recorrido, el sol no había avanzado tanto en su periódica trayectoria diaria como para que mi sombra me abandonara. Juntos, lentamente, desanduvimos el trayecto y regresamos a casa.


                                                               Salvador Egea Solórzano